n Vocación fortalecida, apoyada por padres de generación radial. Cuando los discos de pastas de 78 rpm desplegaban todo su repertorio, donde el tango y el jazz compartían con la música clásica los primeros escarceos de la radio primeriza, pasando por la galena.
Eran épocas de pioneros, de Gardel, de Caruso, de Julio De Caro, de Melba, de Louis Armstrong haciendo sus primeras armas con el grupo del trompetista Kid Ory “El Rey”, como era llamado.
Mucho más acá, ya superada la década del 40, la radio, el nuevo y apasionante entretenimiento en pleno apogeo, vivía sus mejores días junto con el cine, eran los atractivos para esparcimiento e informarse por excelencia.
Mis padres, viendo la locura que desató en mí la radio, trataron de estimularme, y humildemente me aportaban todo el material de lectura de entonces: Revistas “Radiofilm”, “Antena”, “Radiolandia,” “Mundo Radial”, “Sintonía”, etc., cuando esas revistas hablaban de las profesiones y no de los “chismes de la farándula.”
Mientras haciendo tiempo a las tareas de primaria, me las ingeniaba para construir como podía, réplicas de micrófonos, e imaginar transmisiones que las creaba con una imaginación a toda prueba.
Hasta que un día, mi padre, en su pobreza, compró una flamante radio. Era de fuerte madera lustrada que le daba fortaleza para un sonido de gran pureza. Se trataba de una flamante radio Philco con 8 estaciones presintonizadas, independiente del libre dial con el cual buscábamos otras.
Las emisoras prefijadas eran comandadas por ocho teclas, que al hundirlas daba paso a cada una de ellas. Una belleza. Seguramente constituyó el día más feliz de mi niñez, porque a partir de entonces la radio fue real, de alcance excepcional, con la cual podríamos compartir toda la música, todas las historias, todos los sueños contenidos que a esa edad no me la contaban, la oía con toda su voz.
Escuchamos todos los momentos de la historia del mundo, las bombas sobre el Japón, posteriormente Corea, Vietnam y tantas otras desarrolladas por el hombre.
La llegada del hombre a la luna, fueron transmitidos los diálogos de la nave Columbia partiendo desde Centro Espacial Kennedy, a través de la Radio norteamericana, la WRUL “La Voz de América. Las muertes de Julio Sosa”,“El Varón del Tango”, muy próxima al atentado de Dallas a Jhon Fitzgerald Kennedy, y casi pegadito la de Robert.
Las audiciones de Preguntas y Respuestas, como “Odol Pregunta” que luego fue televisado, “La Justa del Saber”. Me conocía todas las voces, como Augusto Bonardo, Jorge “Cacho” Fontana, Jorge D’Agostino, que pasaron por el ciclo.
Pero después todas las buenas voces de la radio que en su despegue animaron: Juan Carlos Correa Córdoba, Jaime Font Saravia, Eduardo Rudy, actor y locutor, Adalberto Campos, el actor Pedro Maratea que también ponía voces para textos muy significativos.
También hicieron micrófono, la actriz y locutora Patricia Castell, “Beba” Vignola, “Isabelita” Marconi, la propia “Blakie” Efrom haciendo periodismo o ejecutando jazz en piano. Otra fuera de serie que conocí personalmente fue Magdalena Ruíz Guiñazú, fina, inteligente, volcada totalmente al periodismo sin ataduras.
Paralelamente, a medida que iba creciendo en edad y conocimientos, todas mis lecturas estaban dirigidas al mundo de la radio. En esa Radio Philco tuve el honor de escuchar la actuación en vivo, cuando en esa década gloriosa de la radiofonía, visitó Argentina la Orquesta del cubano Dámaso Pérez Prado, autor de sus celebrados: “Qué rico el mambo”, “Mambo N°5”, “Mambo N°8”, “El ruletero”, “Concierto para bongó”, y posteriormente “Patricia mía”, y tantos otros.
Lo que traté de la radio era viajar in-mente, y tratar de conocer su mettier, comprendiendo que solo el conocimiento es capaz de alimentar ciclos. Solamente leyendo, experimentando, produciendo textos, uno es capaz de volar frente a un micrófono con temas determinados, porque para decir nada no tiene sentido alguno.
Hoy está muy en boga, así como el trabajo si bien lo necesitamos, el ocio puede más hasta de olvidarnos a pensar. No soporto la nada. Por ejemplo, está comprobado que la difusión musical es mucho más certera, cuando se la acompaña de información porque es el mensaje que perdura.
Si algo me enseñó la radiofonía, ha sido el saludable respeto por un medio que amo, a quien le guardo admiración..
Rescato a Antonio Carrizo, valoro a los conductores del memorable programa de LR1 Radio El Mundo, “El Glostora Tango Club”: Agustín Viloria, Rafael Díaz Gallardo y Lucía Marcó. Miguel Angel Merellano, voces y pensamientos con sentido profundo. Trato de ensimismarme en temas que es el qué de una emisión radial, la música, sus protagonistas, elaborando contenidos con sentido y conocimiento.
No se trata de ser “intelectualoide”, sino de ser creíbles, porque el oyente, el pasivo receptor, se merece eso y mucho más. Todo lo que se haga es poco.
Yo, en mi niñez, me anotaba en un cuaderno, horarios, duraciones de ciclos, días de frecuencia, emisoras de las cuales aferrarme para que en un santiamén, tenga para mí todo el espectáculo que la radio representaba.
O, entonces, el sagrado auditorio donde nuestros oídos dejaban micrófonos abiertos para alimentarnos con producciones en que todo estaba calculado, porque realmente en la profesión bien entendida se improvisa si se quiere dar un vuelo liberador que le sume dinamismo, pero sobre un libro o textos. Es decir sobre una “carta de navegación”, sabiendo a ciencia cierta a dónde nos lleva la propuesta producida.
El orden es fundamental, porque quien está oyendo se merece eso y mucho más; prolijos, que ayude y ordene el pensamiento.
Siguiendo esa fuerza iniciática de esa portentosa Radio Philco, con emisoras presintonizadas que me hacían las delicias, y mi forma desenvuelta de la conversación amena y cálida, sincera sobre todo, la vida y perseverancia hicieron que me conectara y charlara con muchos profesionales que he admirado, disfrutarlos frente a frente en amena charla o notas.
Miguel Angel Merellano, el calificado comunicador del celebrado ciclo “Generación espontánea”, alguna vez dijo sobre la calidad que nos debemos: “Todo lo que se produce a través de la Radio y la televisión produce o destruye cultura: una buena programación musical, por ejemplo, favorece a la “formación” del ciclo, mientras que una mala lo prostituye, produce la “sordera” del público que termina por convencerse de que esos cantorcitos de moda hacen música”.
Vaya ironía que bien vale la pena, y lo planteo porque si algo me enseñó la radiofonía, ha sido el saludable respeto por un medio que amo, a quien le aguardo admiración.
LA FRASE
Oír para razonar. Nutrirnos de informaciones. Desarrollar sentido común.