n Ha sido siempre el ave con su capacidad de canto, que representa a quienes copiaban su singular belleza, y han tenido la virtud para ser ídolos. Los más notorios fueron “El Gorrión de París”, la pequeña pero portentosa Edith Piaff. O bien, José Lomio que con su seudónimo de Ángel Vargas copaba Buenos Aires parangonando el “vuelo” de la francesa: “El Ruiseñor de las calles porteñas”, como el público lo había bautizado para distinguirlo, se ganó el corazón de todos.
Un especialista, Rogelio Alaniz, cuenta que un crítico definió a Ángel Vargas como: “Una voz suave y querendona”. Abona también, para resumirlo mejor, lo dicho por el poeta uruguayo Horacio Ferrer: “Debe ser muy difícil cantar tan sencillo como él”.
Es una virtud que muy pocos contados lo poseen, sencillo por entero, él y su canto, sin vueltas de llegada, fácil, simple, pero a la vez qué arte para transmitirla.
Ángel Vargas nació en Barracas para luego fijar domicilio en Parque Patricios. De muy joven ayudaba con los pesos desempeñándose como “chatero”. Es decir, conductor de Chata, carro de gran porte tirado por caballos, especialmente para cargas de gran volumen, generalmente de seis ruedas o cuatro.
Siempre cantó con voz de barrio, con pequeños grupos de bandoneón y guitarra. Como si fuera calcado, asumió actuaciones en los boliches que se apiñaban en el Mercado de Abasto, al igual que Gardel al principio.
Cuenta la abundante historia de Ángel Vargas, que cantó con Landó-Matino. Estuvo con el Cuarteto de Armando Conzani, luego muy breves actuaciones con Ángel D’Agostino, para pasar con José Luis Padula con quien grabó sus primeros registros.
En 1934 regresa con Ángel D’Agostino actuando en el Cine Florida; recorren ambos lugares importantes como “Selet Buen Orden”, “El Carioca”, y otras siempre calificadas y de buen nivel, rematando en “El Chantecler” de Paraná.
Era poseedor de una bonhomía que tranquilizaba al verlo, mucho más al escucharlo, con una voz pequeña, quejumbrosa, de modulación simple pero sentida, entrañable, inolvidable, sentenciosa muy a lo Corsini.
Finalmente, Ángel Vargas termina siendo solista delegando la dirección de la orquesta a Eduardo Del Piano. En la polifacética vida artística argentina, en particular el tango, dada sus cualidades ejerció con éxito, no solo como cantante, sino como compositor y letrista. Podemos recordarlo “En la milonga”, “Lucio Paredes”, “De alto rango”, “Canto como yo sé”, “Glorias del ayer”, “Tango a Gardel”, “El espejo de tus ojos”, “Porque me siento feliz”.
Recordemos que el 13 de noviembre de 1940, graba su primer disco con el binomio más exitoso, Vargas-D’Agostino: “Muchacho”, y “No aflojés”. Pero sin duda, una vez constituido esa yunta pura sangre, los éxitos fueron muchísimos y la gente se inclinaba por esa sucesión de títulos que los hicieron merecidamente populares.
“Tres esquinas” de Cadícamo, “Me llaman tango” de De Caro, “Un tango argentino” de Santiago, “El cornetín del tranvía” de Acuña y Tagini, “De pura cepa” de Firpo, “Todos te quieren” de Felipelli, “Yo soy de Parque Patricios” de Lucero, “A quién le puede importar” de Cadícamo, y tantos otros que siempre pagó con creces la apuesta.
Dice al respecto uno de esos que de tanto andar y escuchar sabe, que otra generación opinaba que lo que entonaba Ángel Vargas “era quizá arte menor”, ante los monstruos de los grandes poetas. Ello, dado la simplicidad de las letras que entonaba, sin percatarse que eran obras que llegaban al corazón.
Sin embargo, siempre el chasco es el mismo. Subestimar tiene esas sorpresas que dejan mal parado a uno cuando no tuvo la oportunidad de “mamar” esos tangos primeros.
Qué monstruos ni monstruos, tal vez es mucho mayor de lo que suponíamos. Es grande porque aún hoy llega a la gente, su vigencia ha sido para siempre, quien lo escucha lo vive sin haberlo vivido. De pronto tiene todo el paisaje resumido en un tango, en una poesía, simple pero de grandeza que conmueve aún hoy.
Recuerdan que Ángel Vargas tenía una magia muy especial y D’Agostino el marco propicio como una alfombra roja dispuesta a que el cantor llore su pena, y la melodía arranque la última lágrima.
El repertorio que frecuentaba Vargas-D’Agostino, tenía mucho de hombre de pueblo, acostumbrado a los amigos, a la charla pausada, al quehacer del barrio tan grato y afectuoso.
Su canto era de cuestión diaria. Estaba en forma constante con la calle, sus voces, sus sueños. Dicen los especialistas que tal vez Gardel y Ángel Vargas, hayan sido los agraciados que más prefería la gente de a pie. La ama de casa. El obrero. El amigo de fierro que se juega una y otra vez, no para ganar dinero, sino para aquerenciarse en el corazón de la gente, dicharachera y cálida.
Hay un tango que inundaba de humanidad el repertorio del “Ruiseñor de las calles porteñas”, y que era pedido en coro.
“¡1920! ¿Dónde están / mis amigos queridos de entonces? / ¡A pan y agua! / Este tango nos unía / en aquellas noches inolvidables / de Armenonville. / Es mi triste evocación / urge el tiempo que se fue; / cuántos años han pasado. / ¡Dónde está la que amé, / ¿dónde está la que olvidé? / El recuerdo me entristece / y anochece en mi corazón”.
Cierran los impecables versos de la obra de Enríque Cadícamo con música de Juan Carlos Cobián, justamente el tango “A pan y agua”, estrenado en 1919:
“Café La Paloma, por tu veredón / en las noches brumosas / se pasean las sombras / de Tito, Arolas y Bardi…/ Desde el pasado remoto, / desde el recuerdo, / llegan las notas del pintoresco trío / de aquellos bohemios del tango…/ ¡A pan y agua..! ¡Cuántos viejos amigos / escucharán tus notas / soñando con volver / una noche de aquellas…/ ¡1920..!”.
El “Ruiseñor” bate la pena de unos versos con dolor, porque en la memoria sigue cantando Ángel Vargas, como decía el especialista: “con voz suave y querendona.”