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Secretos de los cementerios

Sabado, 19 de agosto de 2023 a las 18:45

Es de no creer, ¿bailar en el cementerio?, se preguntaba doña Trinidad. ¿A quién se le ocurre semejante desatino?, se respondía, asimismo. 

La vecina Gertrudis que escuchaba atenta contestó: “Y sí, se baila, se juega, se come y bueno todo lo que en la vida se hace, señora Trinidad, si hasta algunos viven allí, aunque no lo crea”. 

-Pero es sacrilegio, falta de respeto a Dios y a los muertos- afirmó Trinidad con énfasis. 

Le retrucó doña Gertrudis: “Pero parece que les gusta nikó, porque se pasan los días frente a las tumbas de sus muertos sin problema alguno. Le digo doña Trinidad, muchos narran que en determinado momento bailan con sus finados como si fuera cosa natural, Dios nos guarde”. 

Estas costumbres vienen de lejanas épocas y tierras aún más distantes. Los cementerios de la ciudad de Corrientes no fueron ajenos a estos espectáculos. Hoy se consideran prácticas demoníacas, pero hasta ayer nomás los cementerios de la San Francisco, la Merced, la Matriz más otros clandestinos, no solo servían para las fiestas a que aludimos, sino para otros menesteres. Asombrosas actividades a no dudarlo: citas amorosas por ejemplo o refugio seguro para tener relaciones pecaminosas. Eso sí coraje había que tener, ¿no? 

A comienzos de 1800 un joven alcoholizado metido a guapo en el cementerio de la San Francisco, vio bailar ante sí a una bella mujer con una fina cofia de seda. Se la hurtó en su embriaguez y marchó a su casa con el fruto de su rapiña, guardándola en su ropero. Al día siguiente, al despertar, este joven de buena familia del casco histórico, observó con horror que sobre la mesa de noche había un cráneo con pelos. Lo observaba con el hueco vacío de los ojos, mientras la puerta abierta del ropero exhibía la pieza de seda fruto de su delito. Desde ese entonces este joven no pudo dormir tranquilo, arrepentido de su acto. A pesar de que acompañado de sacerdotes fue obligado a restituir el cráneo y la cofia a su lugar, más recibir azotes de sus padres, obligándose a rezar por el alma de la muerta cuya tumba profanara, durante mucho tiempo su cerebro nunca fue el mismo. Veía en las noches bailar ante él a la bella mujer riendo a carcajadas, el gritaba desesperado pidiendo perdón. Murió en el hospicio bailando solo. 

En cementerios clandestinos dentro de la ciudad, destinado a suicidas, prostitutas, pobres o esclavos, se necesitó mucho esfuerzo para desterrar el hábito que trajeron los conquistadores. El de utilizar los huesos de los cadáveres para decorar con los cráneos los patios de algunas iglesias. 

Horrible espectáculo por cierto, pero que existió, existió. 

Los que concurren a esos lugares son testigos de presencias extrañas. Sombras tenebrosas que en movimientos vertiginosos buscan sus cráneos. Los curas afirman que se 

debe a que la tierra en que yacen no es tierra consagrada. 

La costumbre de reuniones y otros festejos, como sigue existiendo en los antiguos cementerios europeos, se trasladó a Corrientes. 

La vida social en el camposanto o cementerio, es el sitio obligado de tertulias y reuniones. Recordemos que la iglesia en sí era un cementerio dentro y alrededor de ella. San Roque nos muestra su templo histórico nacional con las tumbas en el piso y las paredes; San Ana es otro ejemplo y no descarto las demás, como la Catedral y otros santuarios. Albergan añosos moradores en sus paredes y subsuelo, que cuando se abren las puertas entre los vivos y los muertos salen a hacer de las suyas. 

En tiempos de guerras y pestes en la ciudad de Corrientes, muchas familias y perseguidos buscaban en los cementerios el asilo o paz de Dios. Dentro de las iglesias y los cercos de los cementerios, los muertos encontraban el albergue espiritual y los vivos la protección material. Como el caso de la familia del militar Martínez que vivió durante la primera parte de la guerra protegidos en la iglesia de San Francisco. 

Sin dejar de anotar en sus memorias que en la Paz de Dios o asilo, no dejaban de ver en el cementerio los fantasmas de los muertos ambulando. 

No podemos dejar de resaltar otra costumbre terrible, que los pobladores de la ciudad de Corrientes la tenían como natural. Los muertos excomulgados como los suicidas, los ejecutados, especialmente los ahorcados, colgaban de los árboles. 

Era poco común que, en guerras civiles entre los correntinos, se violaran los recintos sagrados de iglesias y cementerios. Lugares que oficiaban de asilo de la Paz de Dios, como también lugares seguros de depósito de valores, ropas, muebles, a veces enterrados, otros atados a los árboles existentes. El miedo ancestral a los muertos representaba un freno al hurto, solo que fueron más las veces que el hurto 

triunfó sobre el miedo. Como el caso del cementerio de la Recoleta, de la ciudad de Asunción. También lo fueron los cementerios correntinos ya clausurados en San Francisco, Merced, Matriz y Catedral (entierros dentro de ella) por tropas paraguayas; y durante la invasión del 25 de mayo de 1865 por Paunero. A la Catedral no llegaron los pauneristas, por eso se sostiene que pudieron ser los paraguayos en desbandada los autores de ese sacrilegio. 

Los soldados que intervinieron en los latrocinios, expresaban que sombras oscuras los persiguieron durante mucho tiempo, maldiciendo sus actos. 

La baja sociedad o los plebeyos como eran nombrados, para evitar decirles “negros de mierda”, acostumbraban a bailar en los cementerios. Muchas familias patricias correntinas, -aferradas a la religión católica que condenaba estas prácticas como los juegos o la prohibición de mimos, juglares, portadores de máscaras, músicos populares, charlatanes-, concurrían precisamente embozados a participar de estas verdaderas orgías desatadas con la furia del alcohol. Muchos padres ausentes de la alta sociedad que descuidaban a sus jóvenes esposas, resultaron ser padres felices de bastardos que llevaron con orgullo su linaje. La sanción de estos festejos era la excomunión, nunca tuvo efectos reales, nadie les hacía caso a los predicadores. En Corrientes hasta hace muy poco, el cementerio era fiesta especialmente en los días de finados. Concurrían costureras con sus productos, escribanos, y comerciantes de comidas y bebidas. 

Después de anoticiarse de todo esto doña Trinidad, devota a ultranza, dejando a doña Gertrudis con sus tareas, acudió a su madre que se mecía en un sillón fumando o pitando su cigarro, acompañada de sus más de cien años a cuestas, -ya no recordaba en qué año nació, allá por el siglo diecinueve-, para preguntarle sobre esos hechos que ella no conocía. 

La madre, con la paciencia de los tiempos idos le respondió: “Hija era tan aburrida la vida de las mujeres devotas de la ciudad de Corrientes, que nos escapábamos a la fiesta del cementerio de la Cruz de los Milagros, que entonces era como el campo, y bailábamos de lo lindo, veíamos aparecidos y espíritus, pero no nos hacían daños”. 

Trinidad no podía creer lo que oía. 

La madre ajena a los horarios agregó con una sonrisa cómplice: “Vos naciste después de uno de esos encuentros en el cementerio porque tu padre, que Dios lo tenga en el cielo, venía tan borracho a casa como señorito patricio que era, que nunca se acordaba si tuvo relaciones conmigo o no. 

Así que hija agradece a las fiestas del cementerio, que me permitieron ser feliz escondida tras la máscara que oculta la identidad. Solo el placer del momento tenía nombre”. 

Gertrudis, que había escuchado la conversación desde la otra habitación, lanzó una carcajada que rebotó por las paredes, repiqueteando por el patio y las habitaciones. Trinidad dejó caer su abolengo lentamente hasta que tocó el suelo. Su apellido distinguido fue diluyéndose como la tinta cuando el papel se moja. Se convirtió de pronto en hija de nadie, solo del placer y felicidad de su madre. 

Desde entonces aprendió a reír y gozar de muchas cosas que antes despreciaba. Su estatura social andaba recorriendo las baldosas, mientras miraba a sus hijos arrogantes jactarse de hidalguías que evidentemente no las tenían. 

Mientras elucubraba esto un desfile de sombras, con máscaras, tamboriles, luces de colores pasaban ante ella a pura carcajada. Uno de los integrantes de la chirigota era su padre, lo único que aspiraba era no ser hija de un espíritu materializado en la ocasión.

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