Andrea Goldín presentó en la Feria del Libro de Corrientes “Neurociencia en la escuela. Guía amigable y sin blabla para entender cómo funciona el cerebro durante el aprendizaje”. Andrea es curiosa por la vida y sus mecanismos secretos, estudió Ciencias Biológicas y se doctoró en Ciencias Fisiológicas en la UBA; es investigadora del Conicet y es creadora de Mate Marote, un proyecto “orientado a estimular las capacidades cognitivas de chicos en edad escolar a través de juegos de computadora diseñados especialmente”.
Además de aprender en la escuela, se aprende de la vida. La vida es aprender todo el tiempo. ¿De eso se trata?
Sí, eso creo. Tan simple como eso. ¿Qué es aprender? Bueno, aprender desde las neurociencias es dejar una huella, una marca en el cerebro. Cuando aprendemos algo, en realidad, eso que aprendemos tiene sentido si lo podemos usar el día de mañana, ¿no? Si no, qué sé yo si lo aprendimos o no lo aprendimos, es filosófica tal vez la discusión. Y para poder usar (ese conocimiento) el día de mañana, tiene que quedar guardado en algún lado. Y ese lugar donde guardamos ese aprendizaje es nuestro cerebro. Entonces ahí es donde se empiezan a entretejer estas cuestiones. Y aprendemos de todo. Como decías, aprendemos obviamente en la escuela, pero también aprendemos en la feria del libro; aprendemos jugando en una plaza, en una fiesta con amigos; aprendemos de una discusión con alguien. Siempre estamos aprendiendo en el sentido de que nuestro cerebro va cambiando en función de esas experiencias que tuvimos y nos permite enfrentarnos distinto a otras situaciones en el futuro.
Y en este proceso de cambio, ¿qué rol van cumpliendo las emociones?
Todo. En general, al cerebro se lo relaciona con la cosa racional, con el pensar. Y la verdad es que somos mucho más emocionales y racionales que racionales solamente. Todo lo que nos atraviesa, toda la información, una vez que entra a nuestro cerebro, está teñida por nuestras emociones, por nuestras emociones actuales, pasadas, y por las futuras. Entonces ahí hay una suerte de mito. De pensar a la neurociencia como una cosa rígida, racional, cuadrada, que no tiene en cuenta cómo somos y cómo sentimos, cómo nos emocionamos y es todo lo contrario de eso.
Por lo tanto, no hay un límite entre lo racional y lo emocional.
Hay límites que podemos establecer experimentalmente, pero en la vida cotidiana no, es imposible discernir. Uno no puede concebir un aprendizaje, o una idea no se puede plasmar, una palabra no puede salir de nuestra boca o no puede darnos vuelta en la cabeza si las pensamos, si no hay una emoción detrás, están completamente mezcladas.
Una de las cuestiones que me pareció interesante es el rol del docente también en esto de activar o no activar, posibilitar o no posibilitar. ¿Es solamente el alumno en su situación de aprendizaje, o también depende del buen docente, que éste docente pueda activar esas ganas de aprender?
El docente es clave, prioritario y primordial. A mí me gusta pensar que, cuando aprendemos y cuando enseñamos, el que aprende y el que enseña es nuestro cerebro. Pero eso no quiere decir que seamos cerebros con patas. Somos cerebros, tenemos cerebros que están dentro de nuestro cuerpo, que nosotros con nuestro cuerpo estamos adentro de una familia, de un barrio, de una sociedad, de una cultura, que van a ir interactuando de una forma extremadamente compleja para ir formando ese ser que somos con ese cerebro que tenemos y que interactuamos justamente con el mundo. Y parte crucial dentro de la educación formal de ese diálogo y de esa interacción es sin dudas el docente, el formador. Y no sólo entender, y estoy relacionándolo también con lo que decías al principio, no solo pensar en el docente como el educador, como el que tiene el título de maestro o de profesor. La verdad es que los docentes somos todos cuando estamos hablando con nuestros hijos, con nuestros sobrinos, cuando le vendemos algo a alguien y cómo lo tratamos, cómo nos cruzamos con alguien por la calle. En esas situaciones estamos enseñando y aprendiendo todo el tiempo, docentes de nosotros mismos. Entonces, es también interesante pensar y entender todo en contexto. Nosotros no podríamos ser quienes somos, no podríamos haber aprendido lo que aprendimos, ni haber no aprendido lo que no aprendimos, si no hubiéramos tenido la historia de vida en los lugares donde nos desarrollamos.
¿Cómo es el vínculo entre pedagogía y neurociencias? ¿Es un vínculo reciente?
En realidad es más o menos reciente el término de neurociencia educacional, ya tiene un par de décadas, pero sí es reciente que no hace demasiado tiempo investigadores de neurociencias y de ciencias cognitivas se empezaron a dar cuenta de que estaba bueno salir del laboratorio y salir de nuestra situación experimental e ir a ver cómo se puede ayudar a construir un mundo mejor, a poner un granito de arena para aportar en el proceso de aprendizaje y de enseñanza. En ese sentido es bastante novedoso, pero la realidad es que desde que somos y estamos en el mundo, siempre somos seres que enseñamos, somos seres que aprendemos y cuando aprendemos y cuando enseñamos el que está aprendiendo o el que está enseñando es nuestro cerebro, de nuevo, no aislado sino en este contexto y desde siempre se han buscado técnicas, estrategias y formas de que las personas puedan aprender mejor y que podamos aprender mejor y eso es la pedagogía entonces te diría que las dos cosas.
En esto de la pedagogía hay algo que planteás en el libro que me parece muy interesante que se llama la maldición del conocimiento.
Sí, somos seres que enseñamos, que aprendemos, pero a veces el más experto o aquel que tiene más experticia en un determinado tema, sobre todo se da en la universidad, no sabe enseñar. Los mejores profesionales no siempre son los mejores docentes. Y es un tema que siempre se habla. “¿Che, pero puede ser que sea tan buen profesional y a la hora de dar clase no se ve eso?” se dice.
Comentanos algo de la maldición del conocimiento.
Me encanta, me parece fascinante eso porque me ha pasado en mi propia vida, digo, tener docentes en el colegio o en la universidad que eran tremendos profesionales y que no les entendías nada y eso entre otras cosas, tiene que ver con la distancia que hay entre lo que uno sabe, cuando sabe mucho y el que está aprendiendo.
Hablás en tu libro de la plasticidad en el proceso del aprendizaje. ¿De qué se trata?
Sí, la plasticidad es una palabra medio rara, pero en realidad lo que quiere decir es que nuestro cerebro cambia como respuesta a las situaciones que les pasan, a las experiencias. Esto que hablábamos al principio, de la huella que va quedando por las experiencias conscientes e inconscientes, buscadas y no buscadas. Ese cambio, esa capacidad que tiene el cerebro de cambiar como resultado de la experiencia se llama plasticidad. Imaginemos una bolita de plastilina que vamos tocando e ir modificando un poco sin que deje de ser una bolita de plastilina, pero que empiece a tener esas huellas que va dejando la experiencia.
Es decir que es importante saber cómo funciona el cerebro.
Para mí es importante en general saber de qué se trata, cómo es que funciona nuestro cerebro, nuestra mente, porque conocer cómo funciona te permite o te podría permitir hacer pequeños cambios para que funcione mejor. Para que funcione mejor para cada uno, para lo que sea que cada uno necesite empezar a conocer y a entender, esto que me pasa tiene una explicación.
Actualmente estamos atravesados por esas situaciones de dejar todo para último momento. ¿Qué es la procrastinación y qué tiene que ver esto con la neurociencia?
Somos todos hijos del rigor, aunque nos encante lo que estamos haciendo, siempre encontramos algo mejor para hacer, porque en general, si nos encanta algo es porque es desafiante, y si es desafiante es un poco difícil. Y a nuestro cerebro le gustan los desafíos, necesita los desafíos, pero también se cansa de los desafíos y nos gusta quedarnos tranquilos, nos gusta hacernos un mimo y que algo nos salga bien, no nos gusta equivocarnos todo el tiempo. Sabemos, incluso desde la educación, que el error es clave y es importantísimo para aprender, pero a nadie le gusta estar equivocándose todo el tiempo, de hecho, en general, no nos gusta equivocarnos ni una vez. La procrastinación tiene un poco de raíz en eso. Entender que a mi cerebro le gustan los desafíos, los necesita, pero a la vez le gustan hasta ahí, les pone un freno. Entonces, no vamos a dejar de procrastinar, lo que sí podemos hacer, si bien no doy recetas, porque no hay recetas en neurociencia, pero trato de contar algunas cuestiones que se pueden aplicar, que se pueden usar.
Bueno: sabiendo que tenés este problema, sabiendo que nuestro cerebro funciona así, que tenemos esta falencia, que esté claro qué podemos hacer, y cómo podemos ayudarlo a mejorar, es ponernos metas en distintos momentos.
¿Y la relación con las redes sociales por ejemplo?
Nosotros siempre hemos procrastinado, digo, los humanos. Pero la verdad es que las redes sociales, internet y el correo electrónico nos ayuda mucho más a procrastinar. Entonces algo que se puede hacer es, dejarlo bloqueado, poner una contraseña, no permitirse acceder a esos ayudadores de la procrastinación demasiado seguido, darnos cuenta de que estamos haciendo eso. Para mí parte del tema es justamente una vez que entendés cómo funciona, por lo menos ser conscientes de eso.
¿El aprendizaje necesita de orden y disciplina? ¡Qué palabras!
Y la verdad que sí, pero también necesita desafío. Y ese desafío no suele venir solo. Tiene que ser difícil, pero no imposible. Tiene que ser desafiante, pero no frustrante. Antes hablábamos del rol clave del docente, vamos a necesitar a alguien que nos ayude, que en ese andamiaje, alguien que nos acompañe, que nos vaya presentando esos desafíos, que sean desafíos que no sean frustrantes pero que no dejen de ser desafíos y también vamos a necesitar de esas empujoncitos y de esas ayudas cuando nos empieza a no salir y empezamos a tener ganas de tirar todo a la miércoles e irnos a hacer algo que nos dé más satisfacción.
Vos hablás del andamiaje donde el rol del docente puede ser muy importante. Vos no hablás de recetas, hablás de neurotips. ¿Cuáles son los neurotips que tenemos que tener en cuenta, por ejemplo, para una presentación exitosa?
Para acompañar a ese cerebro, a ese cuerpo, a esas emociones, que puedan estar presentes y atentos en esa ponencia. Tenemos que no ser aburridos. Y ahí hay un problema, porque lo que es aburrido para uno no es aburrido para otro. Y uno cuando está en una ponencia, tiene un montón de gente que tiene distintos deseos y distintas ganas. En general algo que suele funcionar es ir cambiando la estrategia, o sea que no sea una cosa monótona. Primero que no sea monótona la voz, ir y venir, subir y bajar, digamos hacer entonaciones. Nosotros los argentinos, los latinoamericanos en general somos muy gestuales, bueno, no cortar eso obviamente después tratar de ponerse en el lugar de la audiencia, que si la audiencia es muy diversa a veces es difícil debemos tener en cuenta que cuando uno está explicando algo en general uno lo entiende más que el que está escuchando y entonces tratar de pensar cómo está pensando el que está escuchando para acompañarlo en ese proceso lo mejor posible. Y otro tema es acompañar su atención. La atención es un constructo muy complejo y tiene muchas formas de ser clasificada.
A mí una que me gusta es la que tiene que ver con la orientación, con llevar la atención de un lugar a otro y que una parte de esa orientación de la atención es exógena, o sea, es llamada por claves externas que no son nuestra voluntad. Es un movimiento, estamos en un bar y de golpe estamos charlando con alguien es re interesante, prenden la tele y aunque sea una porquería lo que esté en la tele no podemos dejar de mirarlo un rato por lo menos y cuando traemos de vuelta la vista cada tanto se nos vuelve a ir, ¿no? Esa es la orientación exógena de la atención. Viste que se habla mucho del déficit de atención y en realidad no es un déficit, es que no podemos hacer foco, todo nos llama la atención, entonces desde ese lugar hacer algo.
¿Cómo hacemos con alguien que va a estar atento al mensajito de texto por ejemplo?
Hay que estar, por un lado, llamándole esa atención de modo exógeno. Está bueno ir cambiando las estrategias e ir y poner animaciones en las diapositivas si es que usamos o incluir juegos o actividades que los hagan traer su atención hacia lo que uno está tratando de contar y que después se queden con esa atención puesta ahí porque les interesó eso es algo bastante clave.
Y otra cosa que también solemos hacer un poco mal es que ponemos mucha información en las diapositivas antes de decirla. O ponemos mucho texto o ponemos texto que vamos a decir después pero no ponemos imágenes, que ponemos muchas imágenes juntas y en general nuestros ojos van a ir a la diapositiva. En fin, está bueno entender eso para poder ir acompañando al espectador, que a mí me gusta más pensarlo como un interventor, poder ir acompañándolo y no mostrar un texto sin decirlo, porque sí o sí van a estar leyéndolo, entonces acompañarlo, no mostrar una imagen si no explicamos qué es lo que queremos decir de esa imagen. En ese sentido está bueno poner animaciones, pero tampoco poner un montón de animaciones, porque eso lo que va a hacer es que todo el tiempo estén llevando su atención hacia esas diapositivas y no nos presten atención a nosotros, qué es lo que queremos decir.