En el pueblo de Concepción Yaguareté Corá, doña Cirila, desde la mañana hasta la tarde, debajo de un frondoso ibirapitá, hilaba la lana que sus pocas ovejas le daban en cada esquila. A su lado esperaba el pastoril telar de madera rústica que su madre había recibido de la suya, según cuentan los pocos parientes vivos que de vez en cuando la visitan.
Sin apellidos rimbombantes, apenas Aguirre, y sin otro patrimonio que la lonja de terreno que ocupaba sin papeles al costado de una laguna desde tiempos inmemoriales, vivía de manera sencilla. El vetusto alambrado, caído en algunos tramos, le recordaba la ausencia de la mano del hombre; esa misma mano que, años atrás, había prometido repararlo antes de partir a Buenos Aires en busca de mejor destino.
—La vamos a mandar a buscar —había dicho junto a sus dos hijos mayores.
Desde entonces, Cirila miraba con nostalgia el horizonte, esperando una carta o algún aviso que le hablara de ellos.
Tenía premoniciones, como su abuela Robustiana, la curandera de la zona.
—Están muertos —afirmaba mirando el infinito que le regalaba la laguna en los atardeceres.
Con sus manos tejía una o dos frazadas que le proporcionaban ingresos escasos, pero ingresos al fin. Vivía de su pequeña huerta, de la carne de las aves que atrapaba en cimbras artesanales hechas con maderas blandas y paja brava, y de la leche de su pequeño rebaño. En invierno, por lo general, todos los animales dormían dentro del rancho.
Un día, recorriendo su terreno, visitó como de costumbre el pequeño cementerio familiar. Varias tumbas limpias de yuyos arrancados con sus propias manos exhibían cruces de madera atadas con tientos. Allí descansaban sus ancestros, llegando hasta la bisabuela Robustiana.
El sol brillaba de una manera extraña aquella jornada, como si arrojara turbulencias invisibles. El clima era templado. De pronto, Cirila sintió un sueño incontenible. Los bostezos se sucedieron uno tras otro. Lentamente se le aflojaron las piernas y terminó sentándose sobre la tumba de Robustiana, que por rareza del destino siempre tenía el pasto fresco, como si una fuente secreta la alimentara desde abajo.
Finalmente se acostó sobre aquel mullido lugar sagrado y quedó dormida al instante.
¿Soñó o vivió aquello? Nunca lo supo.
Una mano le acariciaba la cabeza, apoyada sobre el regazo de la difunta. Robustiana le hablaba con una voz dulce y melodiosa que aumentaba el éxtasis del momento.
—Cirila querida, te has quedado sola. Tus hijos y tu marido murieron allá lejos y sus huesos fueron a parar a osarios públicos. No concretaron sus sueños. Todo lo contrario: murieron prácticamente de hambre. Nada de lo que imaginaron se cumplió. Mil veces se arrepintieron de haberte dejado sola en este lugar espléndido. Como no pude corporizarme, te atraje hacia mi reposo. Mi alma está pegada a mis huesos; es mi otro yo. Todos lo tenemos. Deberás seguir mis enseñanzas y la fortuna te ayudará a vivir un poco mejor. ¿Me escuchás? Si es así, mové la cabeza.
Cirila, profundamente dormida, asintió.
—En los atardeceres de luna creciente apareceré ante vos y te enseñaré algunas cosas que aprendí de antiguos chamanes y curanderos. Debés prometerme que las usarás para hacer el bien. Mové la cabeza si aceptás.
La mujer volvió a asentir.
Desde entonces comenzó un singular aprendizaje. La figura de un aguará guazú de ojos penetrantes se convirtió en la maestra de doña Cirila. Los pocos transeúntes que circulaban por el camino de arena observaban sorprendidos a la anciana conversando con aquel animal durante las tardes de luna creciente.
De aquellas lecciones aprendió a curar muchas enfermedades mediante hierbas de la región. Si surgía alguna duda o contingencia, se dirigía inmediatamente a la tumba de Robustiana. Allí se acostaba, el sueño la vencía y la consulta se realizaba entre el alma de la bisabuela y la nieta.
Pronto corrió la voz por el pueblo: Cirila se había vuelto santa o bruja.
El sacerdote y el comisario fueron a visitarla.
Curiosamente, la noche anterior ambos habían tenido sueños extraños. Una anciana luminosa les explicaba que todo aquello era para bien. Incluso al comisario, que andaba con problemas de salud, le anticipó que encontraría alivio gracias a la sospechosa ndayé. También les indicó que debían llevarle regalos: ropa y alimentos.
El más terco fue el sacerdote. Sin embargo, cuando conoció a la encartada sintió una paz que jamás había experimentado.
—Perdóneme por haber pensado mal —le dijo.
La reunión fue cordial. Sin embargo, ambos deseaban conocer a la misteriosa mentora.
—Voy a consultarle y mañana les respondo —contestó Cirila—. Debo tener permiso de mi maestra.
—¿No puede ser ahora?
—Si me acompañan esta tarde, que es luna creciente, veremos.
El sol se acostaba lentamente en el oeste y sus reflejos tardaban en apagarse sobre la laguna. Entonces, desde el pequeño cementerio familiar, apareció el aguará guazú.
La visión provocó cierto resquemor entre los presentes, pero Cirila los tranquilizó.
El animal saludó en perfecto guaraní. Se presentó y explicó que provenía de un mundo paralelo, de un portal diferente. Aseguró que todas sus acciones habían sido buenas y que ninguna maldad anidaba en su alma inmortal.
De paso, indicó al comisario el remedio para su enfermedad renal y advirtió al sacerdote que debía dejar de frecuentar cierta casa de una determinada vecina.
Las caras de las autoridades cambiaron de color como un arco iris.
Desde entonces hubo paz en beneficio del pueblo y de toda la región. Muchas personas se curaron de males que la ciencia no alcanzaba a comprender, pero que existían.
Cirila recibió la mayor dicha de su vida una tarde en que el aguará guazú llegó acompañado por tres ejemplares más pequeños.
—Cirila, los encontré lejos, pero los encontré después de un largo éxtasis. Vienen a visitarte y a pedirte perdón. Son tu marido y tus dos hijos.
La mujer rompió en llanto y abrazó a los animales. Entonces los espíritus se corporizaron ante ella.
El encuentro fue contemplado por varios vecinos que se habían reunido cerca de la casa de aquella mujer que tanto bien había hecho por la zona.
Los años terminaron llevando a Cirila al mundo de los suyos.
En su tumba venerada nunca faltan flores de gente agradecida. Está terminantemente prohibido molestar a los aguará guazú. Más vale que ni se te ocurra hacerlo; podrías terminar colgado del ibirapitá que se inclina cansado bajo el peso de los años que lleva encima.
Dicen los que saben que los huesos conservan el alma de los muertos, según enseñaba San Germán, hasta que estas vuelvan a poblar otro cuerpo por orden de los ángeles.