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Malo, el tesoro

Moglia Ediciones. Del libro “Aparecidos, tesoros y leyendas”.

Domingo, 08 de noviembre de 2026 a las 00:00

En casi el centro de la provincia de Corrientes, recostada en las cercanías del Iberá, supo albergar la ciudad de Mercedes estancias jesuíticas. Esos hombres de negro de San Ignacio de Loyola navegaban con chatas y maestría el espejo de agua de grandes secretos, aguas brillantes por la luna y las estrellas, entre las que descuella el sol.

Era una ruta perfecta para eludir los puertos aduaneros correntinos. Incluso llegaban hasta la desembocadura del curso de agua en el Paraná, donde Lamela fundaría Santa Rita de Casia, en la Esquina del Río Corriente. Era contrabando. “El Rey tiene mucha plata”, aducían. “¿Para qué quiere más alcabalas y almojarifazgo?” (impuestos sobre ventas y aduanas).

Una de esas estancias se encuentra aún en la Tercera Sección del departamento. Se llama Ana, simplemente Ana. Después de años de explotación por parte de hermanos y terceros, la pobre Ana, heredera única, por ser mujer no podía administrar, según los leguleyos de aquel tiempo antiguo, brumoso como su ambición.

Los aviesos hicieron fortuna con el pastoreo de ganado que venía de cualquier lugar, sumado al propio o, mejor dicho, al ajeno administrado por ellos.

Era un primor el lugar en que los socios se reunían para repartir las ganancias, depositando una parte en un escondite pedregoso poblado de reptiles, una especie de casa de piedra ubicada a unos kilómetros del casco de la estancia.

Dentro de la pieza, como el suelo se mueve fruto de la naturaleza misma, las piedras afloran a la superficie formando mesadas o lomas, parecidas a túmulos funerarios. Por esa circunstancia imprevista y la pésima suerte de los tres fulleros, la pared de la construcción —presumiblemente jesuítica, con mano de obra esclava indígena— se rajó, dejando un espacio por el cual los ofidios, sierpes venenosas enloquecidas por el temporal de rayos y truenos de una luctuosa noche, aprovecharon para meterse en el refugio.

No fue casualidad, entiendo que los avariciosos reunidos ni siquiera pudieran salir a calmar sus montados, que, espantados por la tempestad, huyeron dejando a pie a sus amos.

Las velas tintineaban en el reducido espacio. Los fulleros arrastraban una losa de roca para tapar el pozo donde un tesoro de monedas, joyas y utensilios de oro y plata esperaba su tiempo de aflorar a la superficie.

Uno de ellos, que calzaba alpargatas, percibió el frío deslizamiento de una víbora. Movió el pie y pateó al animal, produciendo un efecto indeseado: el cuello del otro, que sostenía la antorcha, recibió la mordedura fatal.

La otra antorcha, en manos del tercero, iluminó el suelo. Sus ojos, su rostro, su espíritu y su corazón quedaron petrificados de terror. Estaban encerrados en un nido infernal de serpientes.

Estas, asustadas por el fuego, se pusieron más que furiosas. En vano los facones lanzaban cortes al aire. La velocidad de los ofidios era tal que, por cada estoque, recibían una mordedura. Como si se hubieran puesto de acuerdo, los desdichados no tuvieron tiempo para más. Varias se ensañaron con ellos, enfurecidas por el centellear de las chispas, los rayos, el agua y el viento.

El que más sobrevivió solo pudo escribir con sangre sobre la roca:

—Tesor...

Ante la desaparición de los sujetos y la aparición de los montados enloquecidos en el casco de la estancia, el único empleado concurrió a todo galope a la comisaría rural para dar cuenta de lo sucedido.

La partida salió de inmediato. El indio Pelozo, viejo rastreador, fue incorporado a la tropa sin admitir discusión. Conocedor hábil del terreno, no le fue difícil hallar las huellas. Ni siquiera la tormenta y las lluvias podían con él.

Lentamente se acercaron a la casa de piedra. La gente del lugar temía aproximarse porque juraba que estaba maldita. Ahora tendrían más razones para pensarlo.

Con un viejo tronco hallado al costado —posiblemente poste de algún alambrado desaparecido— forzaron la puerta, que tenía una pesada tranca. Costó. Golpe a golpe derrumbaron el obstáculo hasta que cedió uno de los aferres.

El olor a cadáver en estado de putrefacción salió dando vueltas, provocando arcadas en varios milicos.

—Estos se desconocieron y se mataron.

Dijo con suficiencia el comisario.

—No, chamigo. Muy pronto para la podredumbre. Algo más kó debe haber. Hay muchas moscas. Comieron mucho. La humedad de hace dos días casi...

Al ingresar observaron varias víboras reptar hacia la grieta. Otras salieron por la puerta. Algunas fueron ejecutadas en el lugar; las demás lograron escapar.

Los cadáveres reflejaban el pavor, como es habitual en muertes de este tipo.

Embolsaron los cuerpos utilizando angarillas de palos —palanquines— para su traslado. Levantaron las armas y buscaron otros objetos. Nada.

El único que advirtió la señal de sangre fue el indio. Pensó para sus adentros: “Es muy raro”. Pero callado era mejor.

De pronto advirtió sombras alrededor del lugar. No les dio importancia. No creía en esas cosas y, además, tenía su payé protector de San La Muerte.

Trasladaron todo a la comisaría. Pelozo fue liberado de sus funciones sin recibir un solo mango.

Para no mostrar interés, volvió tranquilo a su casa.

Dos días después regresó al lugar. Llevó nafta y, antes de entrar, roció el interior y prendió fuego. Las víboras que habían hecho allí su nido rajaron; otras murieron calcinadas.

Observó el horizonte por si había algún observador. Nada. El viento corría en sentido contrario al casco.

Ingresó con los ojos bien abiertos, botas altas, rebenque y puñal.

Observó la piedra donde había hallado rastros de movimientos. Su tacto era preciso: se corría.

Lentamente, con ayuda del caballo y un lazo de por medio, la sirgó. Poco a poco la piedra se movió.

Dentro del pozo había una valija de cuero.

Allí estaba el tesoro.

Disfrutó del hallazgo. Se sentía dichoso.

—Quién me viera...

Como quien no quiere la cosa, colocó lo hallado en una bolsa. Agregó pastos y cazó unos pájaros, encimándolos encima.

Volvió a colocar la piedra, pero su instinto le decía que unos ojos terribles lo observaban. Eran las sombras que había percibido antes: tres, como los tres muertos.

Nadie se acercaba al lugar. Era maldito.

Al trotecito regresó a su rancho. Al lado de la letrina hizo un pozo, sacó algunas monedas y joyas, las enterró y plantó encima un árbol de la zona.

No podía dormir. Nunca le había ocurrido.

Sus sueños eran terribles.

Los tres muertos se le aparecían reclamando el tesoro.

—¡Váyanse al infierno, malditos! —gritaba mientras dormía.

Vendió una moneda en un boliche lejano y se compró pilchas. No hacía ostentación.

Una joya se la compró el usurero de Mercedes sin hacer preguntas.

No pasaron treinta días cuando el indio se descompuso. No sabía qué le ocurría.

Quedó acostado.

Las tres sombras lo visitaron en plena vigilia.

Lo habían emponzoñado con veneno de yarará.

—¿Creíste que te íbamos a dejar vivo, indio? Al menos nos hubieras hecho una misa. Ni te acordaste. Esperamos, pero nada. Así que vendrás con nosotros, con la diferencia de que tu cuerpo se va a incinerar.

Los espíritus quemaron su rancho.

No quedaron más que los huesos calcinados del indio.

El tesoro, bien gracias, permaneció al lado de la letrina.

La estancia Ana, más sola que nunca, allá lejos en Mercedes, sigue con tres sombras que rondan por los pasillos como custodios de aquella riqueza mal habida. Sus tonos van del rojo al negro, sin límite alguno.

 

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