De todas las narraciones que he escrito y publicado, es la primera vez que me ocurre que alguien reacciona mal con una leyenda que escribo. No se dé por aludida porque respeto las creencias de todos, muchas personas no creen en espíritus, “es su libre albedrio” dice un libro llamado Biblia, pero son devotos católicos, de allí mi tremenda duda, ¿Cómo definen al espíritu santo? O de las citas innumerables de las Sagradas Escrituras según ellos respecto a los nigromantes, San la Muerte, “los que me sigan no andarán en tinieblas, por qué buscáis entre los muertos a quien está entre los vivos”, dijo Jesús.
Trataré de ser lo más objetivo posible. Hay personas que porque sus ángeles de la guarda los protegen no perciben o no ven espíritus rondar, pero que rondan, rondan.
Algunos espíritus son buenos, otros malignos. Los primeros puede ocurrir que no se expresen a los que tienen el alma oscura, los segundos por el mismo motivo no se meten con los suyos en este lado del portal, la vida física, no son tontos.
En Paso de los Libres (Corrientes), existe en la ciudad hasta hoy una casa por calle Coronel López. Me dijeron con seguridad que la antigua construcción desapareció totalmente y que no existía ningún aparecido. Me mintieron, comprobados los hechos esa casa mantiene un garaje extraño y tan antiguo como el pueblo mismo.
En ella, la casa habitaba una familia conocida de la ciudad, uno de sus miembros antiguamente supo ser mi pariente, ahora no lo es por dos razones: porque rompí vínculos con la familia que me ligaba y la otra porque él, mucho más joven ya viajó al mundo de los muertos. Estuve en esa casa en cierta ocasión.
En ella hacia fines del siglo XX quedaron habitándola una señora mayor madre de mi pariente, y la hija que trabajaba en el Juzgado Federal de la localidad, era escribana fue si mal no recuerdo mi alumna.
Según afirman en la década de 1990 a esta muchacha se le atribuían relaciones con un señor casado compañero de trabajo, es la primera hipótesis, por la que el crimen que luego narro se habría desatado.
El hombre estuvo –según dicen– detenido y luego liberado.
La mujer a la que me refiero salió a tomar algo un día en una confitería de la calle Colón, al advertir que unas miradas poco piadosas la observaban decidió regresar a su casa, de paso dejó a su amiga en la suya para dirigirse a su destino. Abrió el garaje –aún existe– cuando se colaron los asesinos, quiénes los enviaron no lo sabemos pero hay diversas hipótesis. Unos afirman que la esposa del presunto amante fue la que contrató a los sicarios del Brasil, otros que la muchacha no entregó cierto sobre a un funcionario; algunos que un vecino dueño de una tienda de vieja data por razones de disputas del inmueble (límites) fue el autor intelectual. En realidad nunca se descubrió, al menos no encontré rastros de ello en ningún lugar.
Continúo.
Una vez dentro del garaje, los asesinos la atacaron con una cuchillo, la tajearon tratando de obligarla a hablar, qué respondió nunca se sabrá, en la tarea de la tortura, los gritos de la víctima acallados por el ruido fenomenal de una pista bailable cercana, donde dicen que estaban los criminales libando abundantemente. La madre, que se hallaba en otra dependencia escuchó algo, fue su perdición porque al ver la escena dantesca de su hija como protagonista recibió un disparo que la mató al instante, la escribana duró un poco más con los cortes que la hacían sangrar a raudales, la remataron de uno o varios balazos.
Ese escenario terrible absorbió las energías horrendas de dos almas que salieron apenas de los cuerpos mutilados.
Desde ese entonces, a comienzos de los noventa el lugar ocupó una imprenta, trabajadores incluyendo algunos periodistas afirman que en el sitio quedaron lamentos, gemidos y pedidos de piedad de la muchacha inmolada, otros vecinos aseveran que desde entonces se evita pasar por la vereda de la casa, menos ingresar a ella. Algunas sombras perciben otros, como Emilio Zola (ni por cerca me comparo con el gran escritor) en “Yo Acuso, no puedo callarme”.
Se realizaron actos religiosos, otros no compadecidos con la religión, dicen que ninguno pudo limpiar el lugar.
Es mi obligación decirlo. Los nuevos ocupantes afirman que nunca escucharon nada, vieron algo etc. Me alegro por ellos, felicidades pues los espíritus no quieren molestarlos seguramente.
No obstante vuelvo a repetir que escribo mitos y leyendas, no historia. Consulté con médiums de otro país que pasaron por el lugar. Uno vive cerca de Paso de los Libres y me informó que percibió los gemidos de la muchacha y el grito de horror de la madre, ambas asesinadas.
Dos hombres de la ciudad murieron en el Uruguay de mala manera, muchos afirman que estuvieron en el lugar del hecho, fueron los asesinos, pero no se probó. El expediente durmió el sueño de los justos con una infinita esperanza no cumplida.
Repito, respeto a los que no creen, a los que jamás vie
ron nada, igual trato doy a los que sí creen y vieron algo.