En la ciudad de Corrientes, en la década de 1960 o antes, los vecinos que quedaban en el límite del municipio de Capital con el de Riachuelo y sus cercanías tenían un problema grave: dónde enterrar a sus muertos. San Cayetano quedaba bastante lejos y el cementerio andaba restringido en su capacidad; hasta los muertos se quejaban de lo apretados que estaban.
En esas reuniones que mantenían los vecinos más arandúes (sabios), decidieron dejar a sus difuntos en un lugar intermedio para beneficiar a todos, provocando la aprobación de los coetáneos. Seleccionaron un lugar que pertenecía a don Alfredo Antonio Vallejos, sobre la Ruta Nacional Nº 12 hacia el Sur, en lo que sería el kilómetro 11 (desde mi perspectiva es avenida Maipú, pero la ley dice eso).
Sin permiso alguno ni oposición tampoco del dueño, comenzaron alambrando una hectárea; en otros sectores, colocaron simples troncos o setos. La cuestión quedó resuelta.
Los primeros entierros eran sencillos, temerosos de que los restos de los parientes o amigos fueran quitados con una pala mecánica y fueran a parar a las zanjas aledañas. Algunas empresas funerarias se opusieron a ingresar al sitio aduciendo que serían cómplices de una usurpación; llegaban hasta la puerta, que era una tranquera de alambre rústica, y listo.
Poco a poco, la necrópolis fue creciendo. Sacerdotes de las zonas aledañas, comprometidos con la solidaridad y la pobreza, realizaban los actos de rezos y respetos a los muertos con el fin de que sus almas descansaran en paz.
Transcurrió el tiempo y en una ocasión apareció alguien reclamando la usurpación. Asimismo, se dio intervención al Municipio de Capital. Realizada la inspección, los espíritus de las osamentas que poblaban el lugar les insuflaron miedo a los inspectores de la comuna. Volvieron con la cola entre las piernas; rodeados de sombras y de los habitantes vivos de los alrededores, recibieron cánticos imposibles de ser repetidos por la salud de todos.
Los vecinos linderos del campo de catorce hectáreas, doña Eleonor Alegre de Cabral y don Salvador Pujol Ricci, pusieron el grito en el cielo. Sus idílicos campos cercanos a la ciudad consolidada tenían por vecinos a un cementerio, y eso no era nada halagüeño. Ambos afirmaron en una declaración conjunta:
—No tenemos miedo a los muertos, sino a los vivos. No creemos en fantasmas ni espíritus; esas son pavadas...
El tiempo les contestaría, contradiciéndolos con holgura. Desde que expresaron esas palabras ofensivas a los lémures, cambió la situación. Las luces umbrías ambulaban a altas horas de la noche; imágenes irreproducibles se acercaban a los límites del campo de los finados. Ese valladar lo hizo un sacerdote que conocía de sobra estas cosas: regó con agua bendita la manzana completa, plantó e hizo plantar albahacas, mirra, romero y otros vegetales que impiden a las almas en pena, o sin ellas, salir del solar.
—¿Para qué la albahaca, padrecito?
—Es la planta que nació cuando el Señor Jesucristo derramó su última lágrima desde la cruz al suelo. Hay que preguntar cómo lo hace usted, señora. Bien. Antes de callarme, las otras tienen las mismas virtudes de calmar espíritus errantes o caprichosos.
Los concurrentes escuchaban con atención.
—Les pido, por favor, que no visiten de noche el cementerio. Enciéndanles velas, pongan agua en sus tumbas o cerca de ellas porque tienen sed... Antes de irse, vuelquen el agua para no criar mosquitos.
El asunto siguió para largo. Los vecinos cejaron en sus intentos de desalojar el terreno ajeno; no era cosa suya. No querían tener problemas ni con los vivos ni con los muertos. Ambos, en esos tiempos, eran rivales temibles.
En el 2010 se dictó la Ley Nº6011, que declara de interés público las catorce hectáreas. Si se expropió o no, un médium lo sabrá.
Las tierras, dejadas a la libre voluntad de ocupantes ilegales, comenzaron a lotearse y ocuparse mediante juicios de prescripción adquisitiva. Otros, lisa y llanamente, construyeron sus casas alrededor sin problema alguno. Respetan a los vecinos silenciosos o bulliciosos, según el tiempo.
Algún que otro suicidado es enterrado cerca de los muros que se construyeron. Afirman los vecinos que caen en ese lugar rayos continuamente, como castigo de don Mandinga por la conducta asumida.
En el fondo quedó un potrero que fue convertido en cancha de fútbol. Los muchachos del nuevo barrio y de Riachuelo jugaban hasta el atardecer, nunca después. Para algunos, el último colectivo a las localidades vecinas era a las 20:30.
Al caer el sol agonizante hacia el oeste, un boliche cercano les vendía cervezas. Allí se enteraban de que habían aparecido los ladrones de tumbas: robaban cruces, bronce, más bien todo lo que podían los mondá ité (ladrones consumados).
Con la oscuridad caminaban por una calle lateral para regresar a la Ruta 12. En una de esas idas y venidas apreciaron una sombra negra sentada sobre una tumba, de algún pudiente, con mármol y todo.
Tomaron cascotes, piedras o lo que encontraron y comenzaron a lanzárselos, creyendo que era un randa (chorro). Ante el asombro del grupo de unos doce o catorce futboleros, la sombra comenzó a elevarse abriendo los brazos. Vestía una túnica más negra que el betún e irradiaba luces rojizas, como llamaradas, hacia ellos.
Voló hasta el valladar, en el límite, y los persiguió una cuadra a lo largo de la calle.
Si alguna vez corrieron estos muchachos, ese día no los alcanzó nadie. No pararon hasta llegar al control policial. Boqueaban de terror, temblaban y apenas podían respirar.
Desde aquel fatídico día, el fútbol terminaba cuando la primera sombra asomaba. Sonaba el silbato y cada cual volaba a su casa.
Quien perdió la clientela y tuvo que cerrar a causa del espectro aparecido fue el bolichero, que desde entonces se dedicó a vender velas, plantas y otros artículos relacionados con el enterratorio vecino, como sahumerios, obligado a convivir con los muertos.
Existen otras narraciones de los cementerios, pero será para otro día, para que no se aburran.