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El lobizón de Empedrado

Moglia Ediciones. Del libro “Aparecidos, tesoros y leyendas”

Sabado, 04 de julio de 2026 a las 17:40

Dicen los arandúes (sabios) que, si el río Paraná que baña sus costas contara los secretos de Empedrado (Corrientes), no terminaría nunca. Es lo que repiten y exponen los pobladores en sus tertulias de verano candente o de invierno que abraza con su manto frío a los que comparten una copa en los almacenes del viejo pueblo correntino.

Los tenía preocupados, en esos tiempos, a quienes ocupaban el lugar en ese período del chirrido de los rieles del Ferrocarril Nordeste Argentino, que andaba rumbeando para el sur o el norte, autorizando a los “puebleros” a refugiarse en la estación como novedad del lugar, con las luces mortecinas y los bancos de madera, los faroles de llamas amarillas a kerosén o nafta introducida por los ingleses e irlandeses, más otros que dibujaban figuras extrañas en la noche.

La campana anunciaba, gracias al teclear del telégrafo, el arribo o la partida del humeante “bicho” de hierro. Las noches de luna llena explotaban de comentarios entre los mirones y los pasajeros. Un animal o bestia extraña corría un trecho a la par de los vagones detrás de alguna presa: conejo, ñandú, oveja o lo que fuere, con una boca aterradora y ojos rojos como el hierro en la fragua. Obligaba a los fisgones a bajar el vidrio de sus ventanillas, no fuera el caso que se le ocurriera meter dentelladas a los que allí se asomaban. Alguno que otro se atrevió a darle uno o dos disparos; la reacción del destinatario fue de inhumanos gestos y aullidos, exhibiendo una boca insaciable poblada de dientes rojos, horribles, amarillentos y largos, emitiendo sonidos ominosos, como un canto lúgubre de muerte rondando en derredor.

En la estrecha parada ferroviaria descripta era común la conversación entre los habitantes sobre el “bicho”, como se ha dicho. Que era grande, que era más pequeño, etcétera; nunca terminaban las descripciones, con el miedo escondido en sus entrañas.

Un antiguo descendiente de los fundadores, cuyos ancestros se pierden en la nebulosa de los tiempos, afirmó:

—Es verdad que es el lobizón. ¿Recuerdan, pa’ ustedes, a Mateo Falcón, allá por el año 1899?

Todos lo miraban con asombro. Pocos quedaban con edad para contar ese tiempo; casi todos se habían trasladado al mundo de los espíritus.

Continuaba

—Era el séptimo hijo de doña… no me acuerdo… La madre murió en el parto. La partera no cumplió con su obligación de despenarlo, como habitualmente lo hacían, clavándole un puñal de plata o una estaca de palo santo. Inmediatamente lo colocaban en un cajón con ataduras, como cadenas, alambres u otros elementos. Su tumba debía ser marcada, chamigo, pero el padre obstinado no permitió nada, afirmando que ese sujeto, por el hijo kó, debía pagarle en vida haberle quitado su amor, su existencia misma. No recuerdo el nombre de la difunta.

La gente azorada se ponía blanca. Algunos miraban de reojo hacia la oscuridad que los rodeaba; otros, por si acaso, acariciaban sus medallas santas o bendecidas, o crucifijos. Lo que tuvieran venía bien, no fuera que los ojos rojos, en la vuelta a casa, les cerraran el camino de regreso.

—Ah, recuerdo que el cura se negó a bautizarlo… Eso que era buena gente. Desde ese momento el muchacho fue tratado como una cosa. El padre le tenía tirria, roña, odio. Apenas tenía ropas, comida de vez en cuando. El pobre infeliz, a los trece años, parecía mucho mayor. En ese tiempo fue que comenzó a aullar a la luna llena, enfervorizado.

El miedo se extendía como un manto de terror sobre los presentes. El tren partía dejando atrás a los locales y los pasajeros plugos (satisfechos, agradecidos, etc.) seguían en el traqueteo hasta la próxima estación.

El padre tirano no cejaba en su intento de hacerlo purgar en vida la ofensa que le infirió al nacer. Acosaba a su hijo con mayor crueldad. Desde entonces, ya privado de alimentos, Mateo comenzó su experiencia con pequeños animales; olía la sangre a lo lejos. Las mascotas de la urbe eran guardadas al atardecer, cuando la luna llena reinaba en las noches serenas —o no tanto— de las calles arenosas.

Después continuó creciendo la voracidad del maligno: fue por ovejas, vacas, caballos, etcétera. Se lo veía rozagante al transitar después del cambio lunar. Comenzó a desconfiarse, y con razón, del muchacho.

El punto final de sus andanzas —dicen los que vivieron en la época—, según palabras de un anciano poblador, fue cuando el padre, aterrorizado, le dio dos disparos en el patio al verlo acurrucado, peludo, con la llamarada del odio en sus rojos ojos. Fueron en vano los disparos; de un salto tan veloz e inatajable le destrozó la garganta y continuó el festín con la carne.

A la mañana siguiente, cuando los hermanos volvieron del campo, encontraron el cuerpo de su difunto padre. La policía, el cura y cuanto poblador chismoso había trataban de ver el cuerpo del occiso (muerto).

Mateo, bañado y limpio, dormía en la pieza del fondo, que en realidad era una tapera disfrazada de vivienda. No mostraba signo alguno de violencia. No se explicaban cómo un par de disparos no le habían hecho mella.

Se realizaron las actuaciones. Mateo negó rotundamente los hechos, pero estaba marcado. Su error fue confiar en su instinto asesino. La Tierra continuó girando; la luna, acompañando su rotación, circunvalación y traslación, anunciaba en los almanaques para el campo la llegada de la luna llena. El cuarto creciente aumentaba su volumen.

En la herrería local, el sacerdote, el comisario y otros vecinos llevaron objetos de plata para fabricar las balas del metal bendecido. Otros portaban estacas de palo santo; algunos, viejas espadas españolas herrumbradas, bendecidas por el clérigo.

No se hizo esperar la luna llena. De noche, el frío derramaba escarchas por el campo. Mateo, atado con cadenas, sentado a vera del río Empedrado entre sus barrancas, forcejeaba con los grilletes que le pusieron el comisario y el herrero. El silencio rompía los tímpanos; el miedo penetraba en los poros sin permiso alguno. Lentamente, a la caída de los abrillantados rayos radiantes en el oeste, opacados por las sombras de la oscuridad, la luna llena parecía sonreír.

A pesar de los esfuerzos que realizaba el encartado (sospechoso, imputado), que pugnaba por liberarse, el cuerpo lentamente comenzó a adquirir una forma peluda. Crecían sus garras; la espalda forzaba las cadenas, como también los grilletes de manos y pies. Tiraba con tanta fuerza que hasta movió el tronco del cual se hallaban bien tomadas sus ataduras.

La orden de fuego no se hizo esperar. Muchos fueron los disparos que recibió el lobizón. Algunos dicen que siete, por lo divino del número; otros, una baleadura que superaba con creces el conteo.

Lentamente, el cuerpo de Mateo recuperó su forma. Sus hermanos, que de algún modo lo apreciaban y hasta lo ayudaron en su vida, lloraron. Los demás festejaban.

Producido el hecho, el sacerdote, cumpliendo el ceremonial, ordenó que lo colocaran de frente. Le clavó un puñal de plata con una advertencia: “Es un ser endemoniado, lobizón, hombre lobo. Si tocas este objeto, te seguirá”.

Fue enterrado en el panteón familiar. No le iban a negar una tumba. Lo hicieron con las cadenas, el puñal de plata, una cruz en la frente grabada a fuego hasta el hueso y otra estaca de refuerzo que colocó una hechicera curandera de palo santo.

El panteón se encuentra en un lugar apartado del cementerio, completamente abandonado. De unas cadenas que cuelgan del techo, hasta en la más profunda sequía, gotean lagrimones de agua. Nadie tiene explicación racional.

En las noches de luna llena, los vecinos del lugar escuchan arañazos, aullidos y gritos… Pocos son los que se animan a visitar ese lugar.

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