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Esquina: el marido triste

Moglia Ediciones. Del libro “Aparecidos, tesoros y leyendas”.

Sabado, 01 de agosto de 2026 a las 18:47

Que le costó crecer hasta llegar a lo que es hoy nadie lo duda, como tampoco de los espíritus de la casa del gran Alfredo Ferreyra, del teatro histórico con sus espectros en sus pasillos subterráneos, ni siquiera citar su cementerio, que si hablara estallarían los corrillos, chismes y corros. En una palabra, el “corre, ve y dile”, algo así como secretos, pero públicos al fin: todo el mundo lo sabe, pero nadie habla.

Un sujeto tuvo la suerte o mala suerte de casarse con una mujer hermosa. Tomó la vara de medir de una sola mirada de belleza, la física, como cuando se dice “como la Venus de Milo” o “Afrodita”, y se olvidó de la otra dimensión de la variable: la espiritual.

El pobre marido la habrá visto sonreír o disfrutar no más de diez veces en la vida. Ácida, fría, malhumorada, no había vestido que le viniera bien. Ahhh ¡mal pensados! ¿Los descubrí o no? Imaginaron otra cosa, pecadores.

A pesar de todo tuvieron varios hijos. Ella estaba vinculada a la sociedad lugareña, con parentescos reales e inventados, como buenos patricios correntinos.

La desdicha no viene sola, sino acompañada. Los hijos heredaron el carácter “de la pierna izquierda, o sea el de la madre”, dijo un psiquiatra sabio, que por excepción suelen existir.

El hombre iba y volvía al trabajo sin que en su hogar —“amargo hogar”, en vez de “dulce hogar”— ocurriera nada distinto. Una monotonía que lenta y parsimoniosamente lo iba consumiendo. La familia de ella lo tenía como un adorno en una vitrina: cumplís el deber de estar presente, pero en realidad no servís para nada. Esa era la respuesta que encontraba a cada paso cansino que daba por veredas y calles de Santa Rita de Casia, en la Esquina del río Corriente.

Al mirarse en el espejo volvía atrás, cuando reinaban sus años mozos llenos de flores y música. Al despertar de la añosa historia personal se encontraba con la mirada triste y llorosa de su vivir. Él mismo se había catalogado como “marido triste”.

Mientras ella deslumbraba en las fiestas por su físico, los observadores lujuriosos se alejaban al percibir el tufillo que arrojaba su carácter: hermosa, pero odiosa al mismo tiempo.

A él, en todas partes, comenzaron a llamarlo “el marido triste” o “el desdichado”. Hasta llegó a decirse que ni siquiera servía para ser engañado; nadie se atrevía a sacarle el clavo y convertirse en tenaza o guampa.

Una noche de verano, aduciendo la señora que hacía mucho calor, no lo pidió: lo ordenó:

—Vete a dormir a la pieza del fondo. Ya le hice preparar a la empleada.

Como siempre, el triste obedeció sin chistar. Dispuso que al día siguiente trasladaran sus objetos personales. Utilizaría el baño del fondo, ese que queda en los viejos caserones con los elementales objetos de su fin, pero al menos podía cantar el arrorró sin que le chistaran.

El derrumbe espiritual del marido triste fue lento, penoso, gravoso y horroroso.

Separarse ni se le ocurría. Quedaría solo como un perro. Sus antecedentes no daban ni para correr una carrera de cuadreras en campo abierto. Hasta la empleada, que era una muchacha joven y bastante bonita, lo miraba con aires de condesa y superioridad. ¿Quién le iba a llevar el apunte con semejante currículum?

Sentado una noche, solo en el fondo de la casa, mirando la nada —dije bien: la nada—, una sombra emergió detrás de un frondoso árbol. Lentamente se fue corporizando hasta adquirir la forma de su madre, que había fallecido hacía muchos años.

No le sorprendió ver a una muerta, sino ver a alguien sonreírle con cariño, respeto y amor. De pronto renacieron en él esos sentimientos arrumbados en el olvido. No se asustó.

¿Qué más da? Para vivir como vivo, mejor es estar del otro lado, pensó para sus adentros.

—No te asustes, hijo. Estás colmado de pesares, desazón y dolor. No quiero aportar miedo. Por tu sonrisa me conociste desde el comienzo, gracias. Sabes que te amo con pasión, pero no estoy bien desde tu casamiento. Dejé rastros en varios lugares para que no lo hicieras: plantas rotas, tu traje rasgado, la luz que parpadeaba, chillidos... pero estabas obsesionado con el cuerpo de esa mujer. Hasta mis nietos son iguales a ella; jamás un afecto hacia ti.

—Madre, soy desdichado. Comencé a padecer cuando me enamoré o me encandilé con la hosca mujer que tengo. Mis huraños hijos son iguales que ella. Pobrecitos.

—Lo sé. Tengo permiso para observarte. No fui mala; por eso, en el otro espacio, puedo hacerlo. Pero es mi deber avisarte que pronto vas a partir. Yo te vendré a buscar, lo verás. Prepárate para el viaje.

Un viento movió los cabellos del desgraciado sujeto. Sintió las manos de su madre acariciándole la cara.

Esquina mostraba uno de los atardeceres más hermosos de septiembre. Mansedumbre en los elementos, ni mucha ni poca luz; las sombras no dominaban, solo se insinuaban en el oriente.

Ella se diluyó con una sonrisa que lo obligó a sonreír con una dulzura que guardaba hacía tanto tiempo. Nunca pudo volcarla a su esposa, con la que soñó ser feliz. Sus relaciones eran como obligatorias para procrear y se terminó el juego.

Comenzó a reírse a carcajadas. Tan fuertes eran que algunos vecinos linderos comenzaron a prestar atención.

—El triste riendo, es una locura —afirmaban.

La tremebunda esposa y sus hijos, más la empleada, aparecieron en el fondo asombrados, pero más enojados.

—¿Qué se cree para reírse así este tonto?

—Deja de hacer escándalo, idiota. Van a creer que estás loco, estúpido.

—Váyanse al carajo. Me importa un bledo lo que ustedes piensen o los vecinos. Este es mi lugar. Fuera de acá. Y por mí, si se tiran al canal, me va muy bien.

La cara de póker de su mujer enrojeció. Su hija mayor contestó:

—Siempre fuiste un infeliz. ¿Qué te crees...?

—Hija, lo peor que pude hacer es haber contribuido a que ustedes nacieran. Debí haberme castrado. Ahora, fuera de acá todos ustedes. Váyanse a la mierda.

Se levantó de pronto, como nunca lo habían visto. Tomó una pala recostada contra un murito y, azotándola en el aire, se dirigió al grupo, que escaparon horrorizados.

No comió nada. Cuando la cruel empleada, con tono irónico, le ofreció algo, él la echó vendiendo barajas.

Ni se bañó al día siguiente. Derecho se dirigió a la casa de un escribano amigo. Redactó su testamento, donde ordenaba que al fallecer lo cremaran, sí, lo quemaran. Sus cenizas debían ser enterradas en un lugar que solo su albacea elegiría.

Era otro vecino que odiaba a su mujer e hijos. Mil veces le dijo que se mandara a mudar, cerrara su consultorio y empezara de nuevo lejos. Ahora era tarde.

Se sentía feliz. Fueron años los vividos como el marido triste, humillado, ultrajado y vapuleado por la vida sin razón valedera.

Fue a un boliche de la esquina en el cual nunca había entrado. Pidió una botella del mejor whisky de los que hoy abundan en Esquina. Convidó a cuanto transeúnte pasaba. Le pagó al bolichero, que no entendía un comino de lo que sucedía.

En estado total de ebriedad —cuánto tiempo hacía que no lo había hecho, ni se acordaba— fue a la funeraria que quedaba a dos cuadras. Con su tarjeta de débito pagó su propio sepelio, la cremación y adquirió el más barato de los cofres o cajas donde van las cenizas y restos de huesos.

Ordenó que solo el escribano pudiera retirarla. No autorizaba más que dos horas de urna en la sala mortuoria, sin permitir que sus parientes la tocaran. Pagó un guardia adicional armado para ello.

Regresó a su casa y, como demostrando un coraje que jamás supo que tenía, sucio y barbudo se sentó a la mesa. Ordenó a los gritos que le sirvieran de comer. La condesa de la empleada cumplió sus órdenes.

Los demás miraban entre las estrechas puertas semiabiertas. Él bebía vino tinto, tres botellas que colocó sobre la mesa.

Salió la reina con aires de tomar medidas.

—¿Qué te crees que estás haciendo?

—Lo que se me da la gana. Y bórrate, que agrias el vino. No puedo ni verte. Fuera, mala mujer. Me convertiste en un infeliz. Sí, el marido infeliz. ¡Fuera, carajo!

Se retiró del campo de batalla erguida, pero vencida.

En ese instante, ante la mirada de algunos visitantes inesperados —hermanos de la mujer, cuñados, hijos, empleada y algunos vecinos—, observaron con horror a una mujer desconocida que, vestida con ropas antiguas, conversaba con el borracho, que reía feliz. Nunca lo habían visto así.

Tomándolo de la mano y con la otra acariciándole la cabeza.

De súbito, el marido triste se apoyó lentamente sobre la mesa, donde expiró.

La señora se esfumó ante el aterrado público. Una nubecilla celeste se elevó, pegándose a la otra que se había elevado anteriormente.

Falleció en paz, en un nido de risas, con un público horrorizado.

Cuando la policía ingresó al lugar, percibió un olor penetrante a lavanda, incienso, albahaca y cuantas otras fragancias.

Al escuchar el relato de los testigos, que fueron muchos, el médico forense expresó a sus colaboradores:

—Ataque al corazón. Ni lo sintió. Muerte dulce, chamigo. En cuanto a los testigos, están borrachos o drogados. La carta expresa como última voluntad que el cuerpo o las cenizas las entreguemos, sin excepción alguna, después de la autopsia, al escribano N. N. Es el único que puede retirarlo.

La funeraria, cumplidos los recaudos de rigor y la autopsia, llegó a la misma conclusión: muerte súbita, con una sonrisa dibujada en la cara. Cosa rara en el hombre triste.

El velatorio duró exactamente dos horas. Llantos no hubo; más bien broncas.

La bella mujer y sus hijos estuvieron estáticos, como hipnotizados. A la hora, los pocos que vinieron se retiraron.

Extrañamente, las luces se apagaron en la sala. Fueron uno o dos minutos. En ese lapso aparecieron los fantasmas del occiso y su madre, ambos sonrientes.

El motor electrógeno arrancó, volvió la luz y la sala estaba vacía. Los fantasmas reían a sus anchas.

El escribano, al leer el testamento, dejó claramente establecido que prohibía que las cenizas estuvieran en la bóveda familiar. No quería estar cerca de ninguno de los parientes de su esposa ni tampoco, en el futuro, cerca de sus hijos. Prefería la soledad del campo, en algún lugar incierto.

Así se fue cómo el marido desdichado de Esquina: vivió triste y murió feliz.

Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

 

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