La vida no le dispensó nada fácil a Gabi porque desde niña sufrió abusos y humillaciones. Su madre la escuchaba con la dulzura de la miel. En esa época no podía hacerse nada porque la cuestión era intrafamiliar (entre parientes). Vivían en Goya, en un hogar de clase media. Tenía varios hermanos, o los tiene aún. La experiencia que vivió junto a su hermana mayor, Grace, la marcó.
Estando en el dormitorio escucharon la orden estricta:
—Niñas, apaguen la luz, que mañana las espera la escuela.
La voz del padre era una orden imposible de incumplir. Nadie se resistía a ello en la casa donde reinaba el patriarcado.
En la oscuridad observaron, somnolientas, unas luces redondas verdes. Se movían en forma triangular, daban vueltas y más vueltas. Gritaron desaforadamente, tanto que todo el mundo se levantó a la vez. La madre y el padre, ante la mirada azorada de los otros hermanos, abrazaron a sus hijas menores para calmarlas. Encendieron las luces buscando un bicho o algo que hubiera provocado el extraño suceso. Nada de nada. Esa noche durmieron con sus padres.
Gabi mostraba desde niña una capacidad para predecir, augurar y anticipar acontecimientos, lo que preocupaba a todo el mundo, especialmente a las monjas del colegio católico al que concurrían, que en varias oportunidades, inclusive, la bañaron con agua bendita.
El vínculo con la madre era casi total. A los veinte años aproximadamente contrajo matrimonio, enamorada perdidamente, era la década de 1990.
Estando de visita en la casa de sus padres, se sentó junto a su progenitora llorando a mares. La tomó de las manos, apretándolas fuertemente, y casi de manera inaudible expresó:
—No te vayas a morir, mamá. No me dejes sola, por favor.
—No, mi amor, no...
Todos se concentraron en las dos mujeres, mirando extrañados la escena. Acurrucada en el seno materno, Gabi no paraba de llorar.
—¿De dónde sacaste eso, hija? Es muy fuerte.
—Disculpen, tuve una extraña sensación cuando la toqué.
—¡Déjate de pavadas, bruja! —dijo la hermana mayor.
El tiempo esconde en cada rincón secretos desconocidos. Las paredes, las plantas y los animales hablan idiomas ignorados por los humanos. A solo dos semanas de ocurrido el episodio, la madre volvió a su casa desde el médico. Tenía la cara pálida como el papel más blanco que se conozca. La preocupación se desparramó entre toda la familia, que esa tarde estaba reunida por lo gris del tiempo, la llovizna y el frío de un agosto lúgubre.
—Me acaba de decir el médico, observando los resultados de los análisis que le llevé, que tengo cáncer de páncreas. No voy a durar ni meses.
Se lanzó a llorar desconsoladamente. Ese llanto contagió a todos los presentes. Hombres y mujeres farfullaban tonterías: que otro análisis, que otro médico, que podía haber una equivocación, y la madre en coche con cochero y todo.
De pronto se hizo un silencio atronador. Las miradas se volcaron hacia Gabi, que se fue encogiendo en un abrasador llanto incontenible. En posición fetal sobre el suelo, su esposo la acariciaba pidiendo respeto y comprensión.
Ante tal circunstancia avasallante, la madre, acongojada, se levantó como una leona embravecida, señalándolos con el dedo uno por uno.
—Juro que haré las consultas, los nuevos análisis, todo lo que proponen. Juro que si a mi niña la hostigan o maltratan por su poder de vidente volveré de la tumba a vengarme. ¿Escucharon bien? A vengarme. Ella no tiene la culpa de nada; solo es la heredera de mi madre, que leía el futuro y los sueños. Nunca les conté porque ustedes me tomarían por loca, y saben bien lo buena y honesta que fue su abuela y suegra —dijo mirando al marido—. Lo juro...
Todos bajaron la vista tratando de comportarse. El hermano mayor, ayudando a Gabi, la puso de pie y la llevó al regazo de su madre. Como si fuera un bebé, la arrullaba.
No pasó mucho tiempo de este desdichado y luctuoso momento. Después de muchas consultas y de inútiles tratamientos, la señora de la casa dijo basta al finalizar septiembre de una hermosa primavera. Era un palito; su humanidad encarnada escapaba de este tiempo para cruzar el portal final. Octubre la recibió, como buena creyente, con auxilio sacerdotal para partir hacia el más allá. Su frágil cuerpo despedía aromas de mirto y otras flores.
La ceremonia funeraria fue simple. Muchas personas acompañaron el cortejo. Gabi caminaba ayudada por su esposo y su hermano mayor. Los demás hicieron un cerco de rencor hacia ella; lo construyeron con envidia, bronca y hasta odio. La diferente, la hechicera, la bruja... ¿qué más da?
Lentamente la fueron alejando de las reuniones. El padre casi ni le hablaba. Ella imploraba hasta que el esposo decidió venir a Corrientes. Estaba cansado de la hostilidad injusta hacia su amada.
Después de dos años de casados, Gabi quedó embarazada. Se prosternó ante la Virgen de Guadalupe solicitándole que, bajo su manto, protegiera a su bebé. Era la virgen de su madre. Le preguntó si su madre estaba con ella y, si era así, que le mostrara algún signo o señal.
Al abrir la ventana esa mañana, en el patio recién cortado había un pimpollo rojo y uno blanco de rosas, tal como su madre solía hacerlo. Nunca supo por qué.
Una de las hermanas, convencida de su vileza, se apartó de los demás, al igual que su hermano mayor, y visitaron a la muchacha. Ella los abrazó.
—Mamá me mostró que está bien.
El progenitor le trajo un libro que su madre cuidaba con cariño, sin renunciar a su injusto enojo. En él, Gabi encontró la estampa de la Virgen y dos pimpollos secos. No le extrañó.
Las hermanas que acumularon el rencor, nacido quizá de la envidia o del propio egoísmo, sufrieron sueños horribles donde les aparecía la madre con el dedo acusador, temblando de enojo.
Me pregunto es si fueron sueños o si el alma corporizada de la progenitora cumplía su amenaza. Elijan ustedes lo que deseen, señores lectores. Los muertos no en vano conviven con los vivos en otra vidriera.
Hoy, con sus hijos grandes, la muchacha valiente, con el don de ver más allá de lo normal, sabe perfectamente bien que su madre la acompaña. Mientras hace las tareas del hogar por la mañana o cuando cuida sus plantas en macetas, sonríe. Su mamá está con ella.
Las otras, con excepción del hermano mayor, la considerarán la loca, propio de una educación endiablada que discrimina a los diferentes.
La pregunta es: ¿diferente a qué?