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Secretos de San Lorenzo

Moglia Ediciones. Del libro “Aparecidos, tesoros y leyendas”.

Sabado, 22 de agosto de 2026 a las 17:40

La historia recoge los rastros de las personas que van dejando en su tránsito por la tierra, rastros claros, diáfanos y transparentes algunos, otros oscuros llenos de incertidumbre, dando lugar a más preguntas que respuestas. Saladas, Fortín Cué del Sur, alberga en su departamento al pueblo Capital del ladrillo correntino, conformando una de sus secciones, de él salieron miles de troncos de quebracho que se convirtieron en durmientes para el naciente ferrocarril del Nordeste Argentino luego Urquiza y después la nada. Su estación si contara los sucedidos de esa lonja desde el Paso Zamora hasta los lindes al sur no terminaría nunca.

Lo llamativo del relato es que en el lugar se instalaron familias de diversos orígenes: polacos, húngaros, paraguayos, japoneses de todo un poco como en botica.

Encontrándome con unos amigos en una noche de charlas con algún brindis de por medio, comenzaron los sucedidos, mitos y leyendas que circulan de boca en boca desde las generaciones antiguas a las actuales, aclarando que éstas escuchan poco, leen menos porque se encuentran embobados por la inteligencia artificial que de inteligencia tiene poco y artificial mucho. 

Al caer la noche un viento fresco comenzó a golpear desde el sur, las ramas de los árboles se doblaban al silbido de las ráfagas, las sombras deshacían los débiles vestigios del sol que por costumbre ancestral se ocultó en el oeste.

Algunas luces se filtraban entre los árboles producto del reflejo de la luna que es coqueta en su accionar, no sólo despierta instintos peligrosos en algunos seres humanos, sino que es cómplice de secretos milenarios. 

Uno de los contertulios lanzó de pronto un desafío a los presentes.

—Por qué no vamos a la arboleda cerca del puente a todos los que dicen ser valientes y corajudos.

—No chamigo, no chamigo, de día voy, pero de noche ni de prestado, por allí ronda la suicida pobre mujer que tiene la costumbre de aparecer con sus calchas por el lugar. Habla un idioma que nadie entiende, dicen que fue o es húngara o descendiente de esa tierra lejana, nunca supimos por qué se mató. Es lo mismo que me inviten a visitar el cementerio ni por broma.

Otro se adhirió inmediatamente a las palabras del anterior.

—Tenía muchos hijos, más de diez, era buena trayendo niños con la comadrona nomás, el esposo se ve que no se quedaba atrás. Vivían a la entrada del pueblo como agricultores. Es lo que me dijeron cuando yo era chico. Pero resulta que el húngaro de su marido tenía otra querida, ella soportó lo indecible hasta que no aguantó más y un día se pegó un tiro y se acabó la fiesta dejando al galán, los hijos, más la muerte violenta. Dicen las lenguas que repiten hasta el cansancio, que de noche se le aparecía a la calavera con ojos rojos tirando rayos y centellas. La concubina otra mujer llena de hijos, una noche también le pidió perdón de rodillas, diciéndole que no lo sabía. Me enteré después pero ya era tarde chamiga, dejó de molestarla el otro; en cambió no descansó hasta su deceso, seguro que en el otro lado recibirá palos por parte de la húngara.

La conversación siguió con la conformidad general del grupo alrededor del fuego que cocinaba el asado, calentando un poco el ambiente frío producto del cambio del viento cantarín. La casa donde se realizaba la reunión no estaba lejos de la arboleda, dueña y señora de recuerdos de secretos guardados durante cientos de años, por allí deambula la señora que no tuvo ritos funerarios católicos por el acto del suicidio. Todos sabemos o deberíamos conocer, que quien se quita la vida hace enojar a San la Muerte que es el encargado de recoger las almas de los que omanó (murió) si era bueno el blanco, si era malo el negro.

Uno que se mantenía callado, mustio, no decía nada, de pronto como si despertara de un letargo narró:

—Dejó hijos chicos. Vino del Chaco, sus hermanos volvieron a Europa. Su apellido y el de su esposo no era en castellano acá le cambiaron para entender mejor. Ella se casó con otro de igual nacionalidad llamado Paulino. Algunos en el pueblo decían que conocía de medicina alternativa, era una curandera, a muchos curó, tenía la capacidad de comunicarse con los muertos, eso posiblemente la llevó al sin sentido de quitarse la vida o porque se aburrió de existir en este plano para encontrarse con sus ancestros, vaya uno a saber.

En plena conversación de pronto el más grajo (parlanchín) de pronto quedó como la tiza, pálido, frío, tembloroso. Advertidos de ello los demás giraron la cabeza, observaron al borde del alambrado a una mujer canosa, vestida de harapos con los ojos perdidos en la profunda negrura de lo inexplicable, hacía señas para que la siguieran. El silencio reinó unos instantes prolongando la agonía de la aparición, uno peló un revólver, el otro un facón, el más sereno simplemente tomó un tronco encendido con llamas y alumbró el lugar mientras acariciaba su cruz de plata rezando cuanta oración recordaba. La mujer se disgregó en el aire dejando flotar pequeñas partículas que al compás del ventarrón se fueron al más allá.

Después de comer todos prometieron visitar la tumba de la señora para llevarles flores y velas, simple tumba en el suelo con una placa que la recuerda, si no tuvo Novena ellos le harían nueve días, inclusive hablaron con el cura que venía a San Lorenzo en cada ocasión. Le costó entender lo que los jóvenes pedían, pero “el suicidio fue hace mucho y Dios sabe perdonar”, expresó. Cuando recibió el dinero por cada misa por los muertos que rezaría sin expresar su nombre en voz alta, no obstante, la antigua tumba después de años tenía velas y algunas flores plásticas por aquello del dengue. Otra que visitaba su tumba y rezaba por ella, era la concubina del cónyuge aterrado, que llegada la tarde se encerraba en su casa sin mirar, pero… sentía las sacudidas del espectro que inclusive lanzaba risotadas. 

Sucedió en San Lorenzo Corrientes.

 

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