Hacia el suroeste de la Capital correntina se erige el barrio Esperanza, lejos de todo, olvidado del mundo, hasta hace muy poco con un camino de tierra polvoriento o barroso según el tiempo, sus vecinos son verdaderos héroes civiles, estudian, trabajan, construyen sus casas como pueden, la escuela es el centro comunitario donde los vecinos convocados por los otros héroes civiles: los maestros, que hacen lo que pueden con la pobreza y el hambre, el agua potable es escasa y la electricidad juega a encenderse y apagarse como los bichitos de luz con luciferina.
En una de las tantas reuniones, un integrante de la comunidad contó que el lugar que nadie ocupaba y que los jóvenes del barrio utilizan bajo el sol para jugar al fútbol de noche, se volvía tenebroso, umbrío, daba miedo moverse en las cercanías. Otros de los presentes se adhirieron a sus dichos. Mis oídos no alcanzaban para escuchar y mis manos para tomar nota. La narración continuó mientras se escondían las últimas luces parpadeantes del sol en profundo oeste.
—Yo hice un muro como ustedes vieron que da sobre el baldío, en varias noches de distintos climas y luz u obscuridad estoy seguro rondaba la muerte, se escuchan gemidos de niños, lo peor es que uno de ellos sin abandonar el lugar movía el tejido de alambre como pidiendo ayuda, otros simplemente lloraban. Mis hijos pequeños se asustan, el pequeño fantasma sube por el alambre agitando la manito, detrás de él un jinete de negro con un sombrero del mismo color que le cubre la cara da vueltas en el potrero, zigzagueando el animal.
—En cambio yo observé en ciertas noches luces como si fuera un desfile de antorchas o luminarias, nada agradable chamigo.
Con el correr de las horas se sumaban los que se animaban a contar sus experiencias, la única regla o norma vigente es “Por allí ni se te ocurra cruzar da la vuelta para llegar a tu casa”.
Una noche, el Felipe, un conocido caú iteva, perdido en las brumas del alcohol y atizado por sus compinches de farra volvía del boliche de don Severo, se animó.
—¡Qué fantasmas ni llantos carajo! Vayan todos al infierno del que salieron, yo voy a cruzar— largándose sin freno.
Se persignó como nunca lo había hecho, dio pazos de zarabanda con sapukays al aire. De pronto una risotada le partió el alma. Detrás de él un grupo de niños marchaba con los ojos llorosos, temblando, casi desnudos, azuzados por el hombre negro sobre su caballo de igual color. Felipe perdió la borrachera en un segundo, sus compañeros de juerga patita, para qué te quiero, pero él quedó petrificado, no le respondieron ni piernas ni brazos, balbuceaba incoherencias tratando de rezar alguna oración. Un latigazo sonó en la noche como si fuera un rayo, la espalda de Felipe la recibió con profundo dolor. Utilizando sus últimos recursos halló entre sus bolsillos -el golpe lo despertó de la inmovilidad- una pequeña cruz que le regaló su fallecida madre, imploró a Dios y a su mamá muerta que lo protegieran y perdió el conocimiento. Despertó en el medio del terreno, el sol y las moscas lo acompañaban. La gente miraba con asombro al infeliz tirado en el suelo, un policía poco ducho le tocaba con sus botas colí (cortas). Había dado información a la Jefatura, pero no llegaban. Empezó a darse vuelta, miró con asombro al sujeto enhiesto mientras se tocaba la espalda sangrante.
—¿Y a vos que te pasó borracho de porquería?
El silencio y la mirada perdida respondieron a la autoridad. Quién le iba a creer lo que le pasó, ni por cerca. Lo llevaron a que lo vean los médicos forenses, la marca era profunda y comenzaba a infestarse, el desinfectante le ardió como el latigazo mismo, no decía ni mu.
Un vecino interrogado que se pasaba sentado espiando a sus colindantes detalló con lujos de detalles lo ocurrido, quiénes estaban etc.
Felipe tenía la mirada perdida, no hablaba. Cuando el fiscal escuchó los testimonios de los amigos expresó:
—Cosa de borrachos, se terminaron las actuaciones, lárguenlo y se terminó. No perdamos el tiempo, no somos brujos ni hechiceros.
Felipe salió con vendas en la espalda caminó desde la Central hasta su barrio, son varios kilómetros.
Desde ese día dejó de beber, consiguió un trabajo en una empresa como repositor, conducta ejemplar. Fue al cementerio donde se hallaba enterrada su madre a agradecerle la protección contra el diablo mismo, lo último que recordaba era verla a ella tomar el látigo dirigido a él, brillaba por lo que el cortejo de muertos abandonó el partido.
El sujeto hablaba lo justo y necesario, estudiaba de noche y ayudaba a cuanto vecino podía.
Pasó el tiempo y una empresa constructora comenzó a remover el terreno de la cancha para construir viviendas, terminó siendo una pequeña plaza tan temida como el baldío, entre la tierra encontraron restos humanos, muchos, especialmente de niños, realizada la investigación eran muy antiguos, el interrogante es, fue un cementerio de niños no bautizados o frutos de muertes prematuras o peor de alguna peste que azotó la ciudad cuando los cadáveres eran arrojados lejos en hondonadas, lagunas o pozos. Nadie supo responder.
Doña Águeda, habitante primigenia del lugar rondando los cien años o más, contó que en la década de 1930 una peste mató muchos niños de difteria, los carros municipales juntaban los cadáveres sin ton ni son, los arrojaban en ese lugar, carecían de ritos funerarios, novenas, el cariño de sus deudos. “Ellos son —expresó apretando una virgen de Caá Cupé— los forman en procesión buscando a sus padres”.
Felipe y otros vecinos tomaron por costumbre encender velas o lamparillas en lo que hoy es la plazoleta por las almas boyantes de los párvulos desagregados de la sociedad en que nacieron por la violencia de la peste.