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La tormenta

Moglia Ediciones. Del libro “Aparecidos, tesoros y leyendas”.

Sabado, 08 de agosto de 2026 a las 19:19

Doña Filomena, de los pagos de Concepción del Yaguareté Corá, portaba como documento los años de existencia; carecía de ellos, no existía para el Estado correntino. El Registro Civil no llegaba a los lugares enraizados entre lagunas y ranchos perdidos.

Quedó sola cuando se le murió el marido, don Fructuoso, al que tenía enterrado por compañía en el fondo de su rancho, cerca de la laguna, una de las tantas que abundan por el lugar.

Sus hijos, ni bien tuvieron conciencia, fueron para el pueblo. Allí dicen que los educaron y explotaron; después volaron como los pájaros contra el viento, marchando para Buenos Aires. Ninguno regresó, posiblemente por sentirse abandonados por su madre, que intentó mejorarles la vida confiando en los “buenos pobladores” que le prometían educarlos.

En vez de eso, se enteró después, por una carta perdida de una hija que vivía en la gran ciudad, de que fueron maltratados; ella, violada, más otras atrocidades...

Lloró sola frente a la tumba de su amor. Le contó lo mal que hicieron, “Pero, chamigo, ¿qué tá le vamo hacé?”

La soledad, los vientos, los soles y las lluvias fueron deteriorando su rancho, como el tiempo su cuerpo.

Comía de los esteros y de los frutos de los bosquecillos de los alrededores. Un mandiocal (mandiocas) de raíces viejas como las piedras se reproducía; era su pan, torta y demás yerba.

Las infusiones abundaban: desde el ñangapirí que se animaba entre los ramajes, guapurú, alguna batata que nunca supo de dónde vino. El maíz se metía en la historia inescrutable del pasado; de todo un poco en el escaso terreno sin alambrado, olvidado de los hombres y de Dios o dioses.

Eso sí, mantenía su ropa con agujas de antaño e hilos que acumuló cuando, de jovencita, fue al pueblo con una buena gente. Pero el amor de Fructuoso la llevó para las lejanías que hoy habitaba. Los partos los atendió él, así que, ¿para qué puebleros?

Remendaba su ropa con la única compañía del fantasma de Fructuoso. Él, como no tenía nada que hacer enterrado en las cercanías, la escuchaba con la paciencia de un santo.

Los trapos que la cubrían eran puros remiendos.

Nunca supo ni pudo averiguar quién le dejaba, cerca de un curupay, una bolsa con yerba, botellas de caña y algunas otras cosillas. Solo escuchaba el trotar de un caballo que relinchaba.

Afirmaba para sus adentros que era un alma en pena que debía pagar sus pecados y por eso ayudaba a los pobres, o ese viejo amor que se moría por ella, el maestro galante que perdió la partida con el elegido.

En noches de luna llena, desafiando viejas creencias con la cruz de madera rústica, esperaba la presencia del lobizón, por diversión nomás, diversión.

Una o dos veces unos ojos rojizos aparecieron entre el yuyal espeso de la costa de la laguna, demasiado altos para ser un yacaré. Saltaba entonces el espectro de Fructuoso, arremetiendo contra la oscuridad y ojó kó el peligro.

Quedaba dormida bajo el alero del rancho. Soñaba o, posiblemente, se transportaba su espíritu o alma a lugares lejanos. Observaba desde arriba a familias pobres pero trabajadoras, con niños felices; sus hijos y nietos, algunos con guardapolvos como los de la escuela del pueblo.

Al despertar sonreía y se decía a sí misma:

—Son felices. ¿Qué más pá quiero? Son felices, Prudencio.

Las palabras le salían al compás del sillón enclenque, el susurro del viento y lágrimas a montones sobre la tumba.

Y una voz de ultratumba respondía desde Prudencio:

—Somos felices, Filomena. Qué lindo que los veas, porque yo hace rato que los veo, como buen espíritu con permiso del que manda.

El rancho se tambaleaba una noche con una tormenta más fuerte de lo habitual. La doña temía que, si se caía, ella quedaría sin hogar.

Rogó a su cruz de madera, a su marido enterrado, que la ayudaran, y también a las almas del purgatorio.

El fantasma de su esposo, con paciencia milenaria, le dictó:

—Tienes que cortar la tormenta. Hacé una pequeña cruz de sal gruesa en el piso, tomá el hacha y revoleala al aire, tajeándola. Esa ristra de ajos que quedó seca desde hace años y que una vez traje, colgala del horcón. Va a doblar o parar este viento fulero.

Sin demora hizo lo que le enseñó su marido muerto. Como por arte de magia, la tormenta amainó o se desvió hacia otros rumbos.

Luego juntó la sal de a poquito; servía, con un poquito de tierra. Qué más da.

Pasaron los años. Filomena se sentía mal. Esa noche no abandonó su catre de cuero y maderas, con las colchas viejas sobre ella.

La luz de la vela de cebo parpadeaba, cansada de ser reutilizada desde hacía años.

Prudencio entró al rancho iluminado, fulgurante. Le acarició la frente y, tomándola de las manos, se expresó:

—Filomena, vení a dormir conmigo, mi amor. Ya hice lugar en la tumba porque has muerto, solo que no te diste cuenta.

Una poderosa luz iluminó el lugar frente a una mujer de blanco que sonreía.

Juntos, de la mano, caminaron hacia el hoyo en la tierra, donde el cuerpo de Filomena pasó a formar material del sepulcro en común.

Los enamorados permanecieron años en el lugar.

Uno de los nietos de la pareja, profesional médico, volvió a buscar los pasos de sus abuelos. Alguien más o menos le acompañó a caballo.

Encontraron la tapera. Los yuyos invadían el terreno. Misteriosamente, el sepulcro estaba limpio, con dos cruces de madera inclinadas hacia el piso.

El joven, creyente sincero, se arrodilló rezando, poseído de una angustia tremenda. El llanto lo dominó y regó el lugar.

Sembró plantas que dan flores con semillas que llevó.

Esa noche, en el pueblo de Yaguareté Corá (corral de tigres), soñó, o no, que dos luminosos espíritus le acariciaban la cabeza sonriéndole.

Al día siguiente fue al lugar de nuevo para visitarlo por última vez. Allí estaban sus raíces.

Mirando los restos de la tapera, donde pululaban las alimañas, halló un contenedor de cuero colgado de un tronco. Dos cuadernos grandes, escritos con una letra forzada, narraban esta historia hasta casi el final.

El trazo cambió cuando se produjo el deceso de Filomena. Ya convertida en espíritu, confesó:

—Siempre supe leer y escribir. Fue mi única riqueza.

Una Biblia acompañaba aquellas fantásticas historias escritas en letra azul marino.

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