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Allá en Curuzú

Moglia Ediciones. Del libro “Aparecidos, tesoros y leyendas”.

Sabado, 19 de septiembre de 2026 a las 17:55

Vagaba por calle La Rioja, entre 9 de Julio y Carlos Pellegrini de la ciudad de Corrientes, sin otro rumbo que mi casa, al norte, cuando un hombre de mediana edad me saludó y me cortó el paso lisa y llanamente.

—Necesito contarle algo, Kito. Es la promesa que le hice a mi abuela, que vive en Curuzú Cuatiá.

—Soy todo oídos...

En resumidas cuentas, historió las vivencias de su juventud con su familia allá en Curuzú. Habitaban una casa antigua, de esas de galerías con horcones, ubicada detrás de la iglesia; rejas de hierro de antiguo cuño, techos altos, patios generosos para el sol y la lluvia, las plantas y un viejo aljibe.

La abuela del joven, con más de noventa años, había visto más que suficiente de la vida. En noches cálidas o frías era de rigor la rueda de conversación sobre sucesos y sucedidos. Aquel lugar donde se construyó la casa formaba parte del antiguo cementerio de la vieja iglesia, extendiéndose hacia la actual avenida España y la plaza, así como también hacia el fondo del terreno. Por ello, estimaba la anciana que debajo de sus pisos descansaban los restos de los pretéritos pobladores, con sus almas a cuestas. Algunos, debido a que tuvieron mala muerte por esos pagos, algo muy común en tiempos de constantes guerras.

El traslado de los restos hacia el enclave actual fue lento y penoso. Muchos quedaron atrás por la desaparición de herederos o sucesores, o, en el peor de los casos, por la desidia de los vivos. Así que, de vez en cuando, recuerdan a los de la tierra que están allí y piden que los honren, aunque sea con una vela.

La anciana, desprendiéndose de todo rigor dogmático de su culto católico, narró sin ambages que solía hablar con las figuras luminosas que emergían del suelo. Varias aparecían en el patio y muchas más en una habitación en particular. En sus charlas con los muertos, cual nigromante diplomada y doctorada, pudo saber que aquella pieza se encontraba sobre una fosa común donde iban a parar quienes no podían pagar el hospedaje divino del cementerio, por entonces exclusivamente católico.

Uno de aquellos espíritus, que logró reencarnarse, se sentó varias veces con la señora a conversar. Hablaba de batallas y escaramuzas; incluso citó a Berón de Astrada, contando la saña con que trataron su cuerpo. Decía que observó aquellos hechos desde un pozo de agua en el que se sumergía cada vez que una partida roja pasaba en busca de clientes para la muerte.

Observar a su abuela conversando con el fantasma dejó al muchacho y a sus compañeros de estudios, aquel viernes por la noche de pleno verano, congelados lisa y llanamente.

El impacto mayor ocurrió el sábado al atardecer. Era, recuerda, el aniversario de algún combate entre azules y colorados. La casa se convirtió en un teatro donde resonaban gemidos, gritos y llantos; algunos pedían por sus madres, otros por sus padres, y seguía la retahíla de invocaciones.

En vano resultaron los esfuerzos de sus padres por traer sacerdotes y curanderos con el fin de calmar, aunque fuera un poco, aquellos coros de los muertos. Eran verdaderas peregrinaciones de sombras dolientes, enganchadas esqueleto tras esqueleto; desencarnados de huesos blancos con resplandores de distintos colores. Algunos negros como la pizarra, otros celestes como el cielo y otros de un rojo fulgurante, con gestos amenazantes hacia cualquier dirección. Estos últimos eran gente mala, afirmaba con certeza la anciana de cabellos blancos.

La pieza antes mencionada fue destinada a archivo de cosas viejas. Entre camas, sillas rotas y otros cachivaches se escuchaban los lamentos, además de ruidos indefinidos pero aterradores.

Hoy el viejo caserón se encuentra casi vacío. El cementerio olvidado lo consume. Una médium logró, con mucho esfuerzo, hacer cruzar a muchas de las almas. Poco a poco la procesión fue disminuyendo en número. El problema, explica la mujer de cabellera blanca, se presenta con los malignos.

Por rareza del destino, aquella anciana resulta ser una antigua monja de un monasterio que posee autorización papal para tratar estos asuntos.

Los jóvenes crecieron y se alejaron del lugar. Quedan los más obstinados, los testarudos; allá ellos.

Desde hace años la casa es una gran consumidora de velas, sahumerios y agua bendita. Ni les cuento. Los sacerdotes de la iglesia proveen suficiente como para regar un campo.

La abuela sigue sentada en la galería que vio tantos amaneceres como atardeceres eclipsados por el tiempo. Conversa con su amigo, que se negó a marcharse mientras viva la doña.

—Grecia —le dice sin temor alguno a la monja.

Ella sonríe con la dulzura de quien ve a un hijo caprichoso.

Ante la pregunta de si desea ver a sus padres, que lo esperan del otro lado, siempre responde que ya habrá tiempo. Porque la señora con la que habla es su pariente, aunque ella no lo sabe; cosas de las regresiones familiares.

Los hijos y nietos anduvieron husmeando documentos, genealogistas y archivos para averiguar de dónde proviene aquella ligazón parental. No encontraron nada.

—Será alguna calavereada del viejo sinvergüenza de tu abuelo —afirma Grecia—. No hay otra.

Así continúa la charada entre quien vive en la tierra y el amigo del otro portal.

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