La casa está ubicada hacia el cardinal este de la calle Buenos Aires y al Sur de la calle 9 de Julio. Forma parte de la esquina y pertenece, o perteneció, a una familia cuyo nombre reservo porque así lo prometí.
Antiguas paredes de barro y ladrillos grandes, cocidos bajo el yugo de la esclavitud y el sudor de los indios misioneros o reducidos. Vida de los pobres que nacieron para padecer, dice un refrán.
En esa cruz que marca la esquina, los pobladores de las habitaciones escuchaban ruidos extraños; luego, un siseo, como quien toma aire porque le falta oxígeno. Acostumbrados a la compañía de aquellos compases rítmicos de una respiración inexplicable, vivieron muchos años. También eran frecuentes las observaciones espontáneas del fuego de una vela colocada en el altar de una virgen protectora del hogar. La llama se inclinaba hacia la pared para luego reaccionar como si alguien la soplara en sentido contrario.
Justamente en la pared donde el siseo alcanzaba su punto culminante, en determinados días del mes de septiembre aparecía un extraño moho.
—Es la humedad de las lluvias de agosto. Recuerden que estamos al borde del viejo arroyo Salamanca, hoy entubado —afirmaba con sabiduría antigua la dueña de casa.
Las empleadas, dale que dale con un líquido recomendado por alguien, pasaban por la pared pintada al aceite un trapo embebido en aquella sustancia. El moho desaparecía. De lo que se cuidaba de hablar la doña era que, a veces, aquel moho dibujaba una figura humana verdosa, como si hubiera sido pintada sobre la pared.
Pasaron los años. Unos partieron al más allá; otros continuaron como descendientes. La incógnita y la incertidumbre seguían vigentes.
Ocurrió entonces, a finales del siglo XX, la gran inundación de Corrientes. El río se escapó de todo control y aquella esquina tuvo que ser protegida con un brocal de bolsas de arena. Entretanto, un brazo del agua, seguramente circulando por debajo de la antigua vivienda, comenzó a horadar los cimientos asentados sobre troncos.
Una grieta anunciaba lo peor.
Los albañiles aseguraron el tronco que sostenía la viga central, pero la abertura permitía ver a través de ella. La sorpresa fue enorme. Los gritos estallaron cuando huesos humanos afloraron entre los restos caídos.
Intervinieron la policía, los bomberos y, por supuesto, los mirones.
Emparedados había al menos tres hombres. Junto a los restos aparecieron fragmentos de uniformes paraguayos, especialmente partes de chaquetas militares. También surgieron viejas armas corroídas por la herrumbre. Restos arqueológicos de antiguas guerras, de viejos odios ocultos en un pasado tan misterioso como inescrutable.
Los restos fueron trasladados al osario. Un sacerdote rezó la oración de los muertos. Las armas, o lo que quedaba de ellas, fueron destinadas a un museo.
Posteriormente se reparó la casa. El moho desapareció para siempre. El siseo dejó de escucharse. La vela dejó de mover su cabecita y permaneció derecha, sin variación alguna.
Las opiniones se dividían. Algunos sostenían que aquellos hombres pudieron haber sido asesinados durante la retirada o la invasión de Paunero, en mayo de 1865, o poco después. Otros creían que habían quedado olvidados durante la retirada hacia el Paraguay y que luego fueron ejecutados por vecinos del lugar. Lo cierto es que, desde entonces, parecía que reclamaban ser sacados de allí.
Hoy reina la paz y casi nadie recuerda aquel episodio. Son parte de esa pobre gente que no pudo desprenderse de su alma, reclamando durante años una oración o algún recuerdo.
Cosas de fantasmas.