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Fantasmas del Teatro Vera

Moglia Ediciones. Del libro “Aparecidos, tesoros y leyendas”.

Sabado, 05 de septiembre de 2026 a las 18:13

Les asiste razón a quienes afirman que el pobre teatro tiene más aparecidos, fantasmas y espectros que ladrillos en sus paredes. Se ha dicho que fue iglesia y cementerio de los dominicos encargados de la Inquisición: cruel, maligna y horrible; nada agradable puede decirse de ella en esas tierras teñidas de sangre, donde se torturaba hasta el borde de la muerte para que la bendición llegara después. Dentro del recinto sagrado se enterraba a los devotos de la congregación, en razón de su capacidad económica y de su patriciado ostensible.

Estos sacerdotes eran gentes siniestras y enloquecidas de misticismo, pero tenían esclavos y esclavas —cosas, como cualquier otra propiedad— con quienes procreaban hijos; tampoco eran ajenos a ello los miembros de otras congregaciones.

Esos muertos siguen allá abajo, soterrados, y saben que los huesos conservan las almas. Durante las pestes y las guerras, las iglesias servían de hospitales de sangre, más para ir a morir que para curarse; las infecciones jugaban a las cartas para decidir a quién se llevaban. De ello inferimos que los espíritus de los desgraciados, lejos de todo cariño, afecto y atención, derramaban su sangre a montones en el lugar, buscando la tierra de la cual provenían. Los gritos de “madre”, “padre” y “Dios” retumban en las partículas y ondas que unen las energías humanas.

Lo que no encontraba justificación era la presencia de espectros y fantasmas de artistas de diversos géneros; no justifico mi ignorancia. ¿Por qué el señor del baño? ¿Por qué las actrices en los camerinos subterráneos del fondo, al este? ¿Por qué quienes se pasean por el escenario o aparecen en los palcos? Indagué una y otra vez y no hallé respuesta. La tenía frente a mis narices: la religión, otra vez ella, la religión. Leyendo El mito de Sísifo, de Albert Camus, encontré la llave que me conduciría a una respuesta aproximada.

Los miles de artistas que estuvieron en el magnífico Teatro Oficial Juan de Vera —que también fungió como cine y salón de fiestas de egresados de las escuelas secundarias de Corrientes— guardan los secretos de estos excomulgados, execrables impíos, artistas sin vergüenza, escritores que ponen en tela de juicio la existencia de Dios, tan bueno que los hombres, como desde hace millones de años, siguen matándose sin piedad alguna. Nada ha cambiado, aunque las aguas se renueven.

Esos artistas excomulgados, como las prostitutas o los heterodoxos de Menéndez Pelayo, sumados a los masones, no pueden tener paz; son los espíritus y almas que vagan por los pasillos o por el escenario. Se escuchan canciones emotivas cargadas de saudade; violines que arrojan al amplio espacio, hasta la cúpula, músicas de todos los ritmos: zarzuelas, pasodobles, tangos, milongas, chamamés, valseados, murgas, teatro mayor; bailarines de danza que flotan en el aire. Todos ellos siguen colgados de su telón: no abandonan el lugar. Los baños pueden ser renovados y arreglados, pero las paredes siguen siendo las mismas; el terreno continúa transmitiendo las energías de tiempos felices e infelices. Tampoco es extraño escuchar transmisiones de radio de los tiempos en que esta comenzaba.

Si te saludan cuando concurras, no tengas miedo: salúdalos. Son de otro plano, pero gente buena al fin; no dejarán jamás el lugar donde su arte fue valorado. En el silencio de lo oscuro suenan aplausos y el vacío forma el eco: no hay nadie.

Si la boletería hablara, contaría historias, al igual que los mármoles de sus escaleras, que tienen millones de años de formación en la tierra que habitamos.

Salud, Teatro Oficial Juan de Vera: soy uno de tus hijos, feliz siempre allí. En el otro plano, querido amigo Rafael Costa, recién comprenderás cuando el fantasma pasó por el escenario mientras grabábamos Haciendo historias con Dardo. El agua de tu vaso burbujeaba; era contigo la cuestión. Seguramente no pagaste la entrada.

En el palco, un señor de impecable traje de casimir inglés se reía de los relatos que escuchaba. Sus pulcros zapatos lustrados armonizaban con la pajarita (corbata de moño); llevaba una impecable camisa blanca, algo antigua, y lucía gemelos de oro que completaban una figura de porte señorial. Ocupaba una silla en el palco de cuatro butacas: las otras tres las habíamos comprado nosotros. Cuando bajó la intensidad de las luces —sin que hubiéramos oído movimiento alguno, mucho menos puertas—, el hombre con quien conversábamos desapareció. Se iniciaba la función. Nos miramos intrigados, un poco asustados. La bulla del escenario, con la zarzuela ocupando el espacio, Luisa Fernanda brillaba ante las candilejas. Casi al final, el extraño personaje volvió a incorporarse a su asiento; los tres lo miramos.

—Qué bonita la letra de Las sombrillas, ¿qué bonita, no?

Azorados y ominosos, nos miramos; entretanto él se reía y espetó:

—No tengan miedo, ya me voy. Soy un pasajero del tiempo que vive en el teatro desde hace muchos años. Felicidades y buenas noches.

Ante la mirada atónita de todos, se fue diluyendo en la nada, escondido en el silencio, dentro del aplauso cerrado del público a la compañía del empresario teatral. Juro que lo busqué muchas veces: no pude hallarlo.

 

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