Se ilusiona el estadio Azteca. Se ilusiona Ciudad de México. Se ilusiona todo un país. Sueña despierto. Sueña por un motivo real. Sueña con un horizonte que se sigue ampliando. Sueña y seguirá soñando un poco más. Lo hace con un juego colectivo. Lo hace porque tuvo mayor entrega. Lo hace poque lo buscó de principio a fin.
El Tri, este que tanto rencor guarda acumula pro la gran cantidad de oportunidades que desperdició en el pasado, pisó fuerte en su casa, no le tembló el pulso y le ganó de manera contundente a la Ecuador de Sebastián Beccacece para meterse en los octavos de final de su propio Mundial, instancia en la que espera por el ganador de Inglaterra o RD Congo.
El Cielito lindo de los mexicanos se tiñó de gris en la previa y las tormentas eléctricas llevaron a que el encuentro de los 16avos se retrasara por una hora. A pesar de las complicaciones climáticas, el local nunca perdió el foco, entró mentalizado y no tuvo miedo escénico. Con los flashes y los focos de todo de 134 millones de habitantes, contó con la actitud y el fútbol necesario para afrontar uno de los encuentros más duros de los últimos tiempos.
México controló la pelota, controló los impulsos, controló sus nervios y controló a un Ecuador que ni siquiera se pareció a aquel que logró la épica ante Alemania para pasar la fase de grupos. Raúl Rangel fue una garantía en el arco, la defensa no se complicó, Érik Lira fue el eje del conjunto del Vasco Aguirre, el pibe Gilberto Mora se confirmó como joven promesa (se transformó en el 2° jugador más chico en ser titular en un partido de fase final de una Copa del Mundo) y los delanteros estuvieron letales.
El “olé, olé” tan reiterativo de los mexicanos esta vez sí tuvo un fundamento futbolístico. Maniató a un rival apático, sin rebeldía, sin ganas, sin entrega, sin. Creció en la cancha tocando, asociándose, buscándose y encontrándose. Creó situaciones desde los primeros minutos hasta que recién consiguió romper el marcador a los 21’ del primer tiempo, cuando Julián Quiñones -el colombiano nacionalizado- sacó provecho de un mal achique ajeno y armó una gran jugada para desatar la locura.
Como si fuera poco, apenas unos minutos más tarde, Raúl Jiménez confeccionó una gran pared con el propio Quiñones, que asistió para estirar la diferencia y darle un golpe de nocaut a un Ecuador que nunca mostró algún atisbo de revelarse.
Así, el sueño de México continúa vigente y ahora espera por Inglaterra o RD Congo.
Olé