Por Eduardo Ledesma
Versión gráfica: Belén Da Costa
En el episodio 20 de Eduardo Ledesma Pregunta, hablé con Agustina Porretti. Nació en Goya y desde chica encontró en el arte una manera de mirar el mundo. Pintora, exploradora de materiales, música, artista en tránsito entre disciplinas y lugares. Durante años recorrió el país llevando sus producciones a ferias y espacios culturales, pero volvió a su comunidad con una convicción que atraviesa toda su obra: que el arte también puede ser una forma de descubrir el mundo.
En este episodio hablamos de proceso creativo, de error, de lo que se aprende viajando y de una paradoja que ella conoce bien: que a veces cuesta más ser re-conocido cerca de casa.
Si tuvieras que presentarte y te preguntaran quién sos, ¿qué respondés?
Soy una persona que está a favor de no definirse demasiado para no limitarse. Es un punto de vista que también encuentra sus contradicciones, pero la vida me llevó a eso: a no definirme. Hoy tengo múltiples espacios donde trabajo de diferentes formas. Soy artista porque me siento artista, pero espero que eso no me limite, porque no soy solamente una artista.
Considero que el arte es la vida, el arte de vivir. Siempre digo que el verdadero arte es el arte de vivir. Uno va construyendo su vida en base a eso. Yo traté de no limitarme y salió todo este embrollo que soy.
Naciste en Goya y creciste entre guitarras, libros y distintas expresiones artísticas. ¿Cuándo sentiste que el arte dejaba de ser algo que te rodeaba para convertirse en algo que necesitabas hacer?
Recuerdo la primera vez que escuché sonar una guitarra. Desde muy chica, las expresiones artísticas me impactaban a un nivel que otras cosas no me generaban. Recuerdo haber visto dibujos y quedarme horas mirándolos, o encontrar discos en la casa de mis abuelos y pasarme horas escuchándolos.
Claramente, el lenguaje artístico, poético y melódico estuvo siempre en mí. Me gusta leer, me gusta escribir. El obstáculo apareció cuando terminé la secundaria y tuve que pensar qué hacer de mi vida.
Empecé a estudiar Filosofía en Goya. Curiosamente, era una de las pocas opciones que teníamos. Me enamoré de la filosofía y eso me dio herramientas para entender que, aunque existan estructuras que uno puede seguir, no garantizan un resultado exacto. También empecé a cuestionar la realidad y la forma estructurada en la que se espera que uno viva.
Dejé el profesorado porque no quería ser docente ni me veía dentro del sistema educativo. A partir de ahí comenzaron otras búsquedas.
¿Qué lugar tuvo tu mamá, que también es artista plástica, en ese recorrido?
De ella, de mi abuela y de mis abuelos recibí el amor por el arte. Pero también me encontré con una barrera: yo quería hacer algo diferente, no quería hacer lo mismo.
Mi mamá es una artista plástica profesional y muy buena. Yo siempre tuve una vara muy alta porque me comparaba con ella. Nunca fui muy buena, la verdad, pero tuve la suerte de aprender y de trabajar tanto que encontré buenos resultados.
Cuando me dicen que soy una genia, les pido que me permitan dudar de esa genialidad. Creo mucho en el aprendizaje y en el trabajo.
¿Cómo empezaste a experimentar con la pintura y con otras técnicas?
Empecé llevando cuadros a las ferias. Siempre me gustaron las ferias de artesanos. Desde chica me fascinaba ver esas cosas mágicas que hacían y que no encontrabas en el supermercado ni en ningún otro lado.
Empecé con pinceles, después exploré otras formas: pinté con esponjas, con palitos y con distintos materiales. Mi recorrido nunca estuvo atado a una sola técnica ni a una sola disciplina.
¿Qué buscás a través de esa exploración artística?
En el fondo, busco reivindicar nuestro derecho como seres humanos a dedicar nuestro tiempo y nuestra vida a cosas que nos hagan bien y nos hagan felices.
Es un tema muy sensible para mí porque salimos a la calle y vemos gente de muy mal humor. Muchas veces es porque dedica diez horas de su día a cosas que no le gustan, que no le hacen bien o que no distienden su mente.
No digo que todo tenga que ser entretenimiento. Pero hay una relación muy íntima entre encontrar lo que uno ama y poder dedicarse a eso. Generalmente, está cerca: uno escarba un poquito y aparece algo que estuvo presente toda la vida.
¿Creés que las personas no se dan la oportunidad de cuestionar esa rutina y buscar algo que les haga mejor?
Yo creo que la gente sí puede, y por eso me dedico a lo que me dedico: porque quiero dejar testimonio de que sí se puede.
También dejé trabajos seguros y fijos para andar como un velero a la deriva, sin saber qué hacer, pero segura de que había algo importante. Nuestro viaje en esta vida no es muy largo y nuestro único capital real es el tiempo.
¿Qué lugar ocupa el error en tu proceso creativo?
El error es mi mejor maestro. Mis errores han sido mis mejores maestros, tanto en cualquier técnica como en la vida.
Me pasa mucho en el espacio de pintura para niños. Me encuentro con chicos de seis años que tienen mucho miedo a frustrarse y a equivocarse. Entonces trabajo mucho sobre eso. Les digo que se diviertan y que, si algo sale mal, aprendieron y pueden hacerlo de nuevo. Tienen millones de hojas para probar hasta que les guste el resultado.
También intento explicarles a los padres que el color tiene una carga emocional y un mensaje. Si un chico quiere usar un color determinado, necesitamos dejar que lo elija. No tenemos que limitarlo diciéndole que algo debe ser de un color específico.
¿Cómo mirás los objetos y la naturaleza para encontrar en ellos algo poético, en un mundo marcado por los tiempos del reloj y la productividad?
A veces suena un poco utópico, pero no lo veo así. Hace unos días hablábamos con una amiga artista sobre el zapallo que crece en la vereda. Esa planta hace que todo el discurso de la productividad se caiga, porque nuestra conexión con la vida tiene mucho más que ver con ese zapallo que con la productividad masiva que estamos obligados a perseguir.
El ser humano tiene una historia larguísima, de la que conocemos muy poco, y seguramente nunca necesitó tantas cosas para vivir como hoy.
Tengo fe en que la humanidad va a darse cuenta, aunque sea de a poco, de que no necesitamos tanta cantidad de cosas y de que muchas necesidades son inventadas. Lo que sí necesitamos es reconocer la abundancia del mundo y compartirla.
También me conmueve ver a niños encerrados en una habitación frente a una computadora, sabiendo que tienen un mundo afuera para explorar, pintar, descubrir y cuestionarse cosas. Me preocupa que no se generen oportunidades para desarrollar el pensamiento crítico, pero no podemos perder las esperanzas.
A pesar de las dificultades de vivir del arte en el interior, nunca abandonaste ese camino. ¿Qué te pasó cuando intentaste alejarte de él?
Las veces que me vi obligada a correrme de ese espacio tan mío y tan personal, me pasaron cosas que llegaron incluso a enfermarme. Empecé a tener síntomas de depresión y enseguida me preguntaba qué estaba pasando.
Entonces me daba cuenta de que no estaba cultivando lo que amo, lo que quiero y lo que siento que voy a dejar en el mundo cuando ya no esté.
Van a quedar mis cuadros, los chicos que se acuerden de que alguna vez pintaron conmigo y quizás alguna frase que les dije. Todo eso también forma parte de lo que uno deja.
El viaje aparece mucho en tu trayectoria. ¿Qué aprendiste al estar en otros lugares?
Nací en un lugar que no tenía muchas oportunidades, más parecido a un pueblo que a una ciudad, aunque Goya hoy sea una ciudad grande. Viajar siempre fue un sueño y también una búsqueda de un lugar donde pudiera expandirme y sentirme mejor.
Encontré limitaciones al quedarme en un lugar fijo, pero también cosas positivas, como poder armar un taller. Cuando volví a Goya, sentí que necesitaba compartir con mi comunidad todo lo que había aprendido.
No creo que deje de viajar. Siento que mi cerebro se nutre de las experiencias nuevas. Con el tiempo leí sobre la neuroplasticidad y encontré una explicación para algo que yo ya sentía: hacer cosas nuevas, conocer lugares y personas diferentes, rompe la monotonía y nos mantiene activos.
Viajé por toda la Argentina durante siete años con un compañero que también pintaba. Ese recorrido fue el comienzo de otra etapa: aprender a comercializar el arte.
¿Viajar también hizo que tu trabajo tuviera más visibilidad fuera de Corrientes que en tu propia provincia?
Totalmente. Recién hace tres o cuatro años empecé a trabajar intensivamente en mi provincia y en mi ciudad, y noté una gran diferencia.
Antes no había podido dar a conocer tanto mi trabajo entre mi propia gente. Me fui buscando esa oportunidad y la encontré en muchos lugares. Pude aprender, mejorar mi técnica y, cuando volví, empecé a sentir todo ese amor y esa retroalimentación de la gente.
Yo amo Corrientes. No hay persona con la que me cruce a la que no le diga que tiene que venir. Pero en su momento no había conseguido ese lugar para mi trabajo. Viajé y volví a Goya durante la pandemia.
¿Te fuiste de Goya sintiéndote expulsada o fue una decisión para buscar otras oportunidades?
Yo amo volver a Goya. De hecho, tengo dos eventos que hago sí o sí todos los años y ahí me encuentro con mis clientas de siempre.
También me voy a trabajar durante las temporadas de verano a Uruguay y, en invierno, he trabajado toda la temporada en Brasil. Viajar sigue siendo parte de mi vida, pero volver a mi ciudad es algo que disfruto mucho.
¿Qué descubriste en el vínculo con las personas que pasan de ser espectadoras a convertirse en tus clientes?
Es muy lindo porque se produce una conexión emocional. Lo que hago es compartir un momento con la gente. Me apasionan las historias de las personas y conocer sus experiencias.
Mientras pinto, yo sé lo que puedo mostrar desde mi lado. Pero cuando termino el cuadro y levanto la cabeza, me encuentro con personas que tuvieron su propia experiencia a través de lo que vieron.
Ahí se termina de completar el contenido artístico. Es como un libro: uno lo escribe, pero cuando alguien lo lee, la obra termina de cumplir su función. El arte es eso. Si no hay alguien del otro lado que lo mire, especialmente con amor y sorpresa, la obra no termina de concretarse.
¿Qué aprendés vos de esa experiencia compartida con el público?
Aprendo a soltar el control, que es muy difícil.
Mi técnica es una técnica de manchado. Tengo que ir fluyendo con lo que la mancha me dice. No sé exactamente qué voy a terminar haciendo. Conozco los pasos de la técnica, pero después lo que sale es un poco como la vida: uno hace sus planes, pero termina pasando lo que pasa.
¿Qué sentís cuando alguien se lleva una obra tuya? ¿Se va también un pedacito de vos?
Sí, siento que ahí está un pedacito de mi vida y ojalá esté resguardado donde vaya.
Cuando era chica, tenía cuadros en mi casa y los miraba pensando quién los habría pintado y qué habría detrás de ellos. Me parecía fantástico. Por eso me gusta pensar que alguien puede llevarse una obra y sentir que encontró un tesoro.
Recuerdo una experiencia en la Fiesta del Lago, en El Calafate, donde trabajé durante cuatro o cinco años. Un grupo de turistas asiáticos se acercó a mirar cómo pintaba. No entendía muy bien lo que me decían, así que una chica me ayudó a traducir.
Me preguntaron si había viajado a Asia porque los paisajes que pintaba les recordaban a los de allá. Se quedaron, me filmaron y al día siguiente volvieron para que siguiera pintando. Compraron muchos cuadros y me explicaron que, en su lugar de origen, era difícil encontrar personas que hicieran obras de esa manera y que por eso las valoraban mucho.
Ahí entendí que el éxito también es encontrarte con alguien que diga: “¡Guau, me encontré este tesoro!”. Y ese tesoro puede ser un cuadro.
¿Qué dificultades encontrás para que el arte sea reconocido y pueda sostenerse económicamente?
El arte es algo muy complejo y no tiene reglas únicas. Pero el arte que circula y es reconocido económicamente tiene reglas de mercado, y a los artistas nos cuesta mucho incorporarnos a ellas.
A veces parece que, si no comprendés ese juego, no sos artista. Pero eso es mentira. Sí somos artistas. Corrientes está lleno de artistas.
¿Qué significa para vos crear delante de la gente, en lugar de hacerlo a solas en tu taller?
Es un experimento social constante. A mí me encanta la física y hay un experimento del que me gusta hablar por el peso que tiene la mirada y cómo puede influir en lo que observamos.
Cuando me expongo a pintar delante de la gente, siento muchísimas cosas a partir de esas miradas. Pueden ser miradas de cariño, de amor, de sorpresa o incluso de rechazo.
Hace quince años que pinto delante del público y todavía es un trabajo intenso. Cada cuadro que pinto frente a la gente es como un vértigo. Cuando termino, siento alivio y puedo mostrarlo. No siempre sale bien, pero también puedo mostrar eso.
Es un entrenamiento para hacerte fuerte ante la mirada del otro.
Trabajás con chicos. ¿Qué te gustaría que un niño descubriera por primera vez al acercarse a un material o a un espacio artístico?
Tengo un concepto: todos nacemos artistas porque la capacidad creadora es innata en el ser humano.
Lo que más me interesa de trabajar con niños es que reconozcan su naturaleza creadora, que sepan que son creadores y que nadie puede limitar ni juzgar si algo que hicieron está bien o mal.
Puedo poner un pedazo de pegamento, un ladrillo y cualquier otra cosa, y con eso crear. No tiene sentido juzgarlo con esas categorías. Crear es algo innato, pero también es algo que el ser humano necesita. Me gusta que los chicos reconozcan que tienen ese poder creativo.
¿El arte se puede enseñar?
El arte se puede transmitir, enseñar y aprender, pero también tiene que ver con el gusto. Si a vos te gusta el deporte, ese es tu arte. Si te gusta la cocina, ese es tu arte. Si te gusta ser enfermera, ese es tu arte.
La vida es un arte porque el verdadero arte es vivir. Los artistas nos especializamos en formas no convencionales de vivir.
¿Qué buscás transmitir a través de tus pinturas?
Se pueden sentir muchas cosas a la vez. Lo que más siento que transmito es la intensidad que tiene la vida misma, que es fugaz. Un cuadro se hace en unos minutos: es un instante, y esa fugacidad representa también la intensidad de la vida.
Hay otro mensaje que para mí es muy importante: yo hago esto con pintura, los dedos y un trapo. No necesitamos mucho, no necesitamos tanto. Necesitamos confiar, ser creativos, ser creadores y no ponernos límites.
Cuando estoy en una feria y digo que estas pinturas están hechas con los dedos, muchas personas no me creen. Entonces les muestro que sí se puede. Me hace feliz ser quien le demuestra a otra persona, por primera vez, que algo es posible.
Para mí, esa es una de las funciones del artista y también del filósofo: cuestionar los conceptos, sacar algunos límites y permitirnos vivir con más intensidad.
Si tuvieras que elegir una sensación que te gustaría que alguien experimentara al mirar una obra tuya, ¿cuál sería?
Me gustaría que sintiera esa intensidad y esa fugacidad de la vida, que pudiera vivirlas de esa manera. Pero también que entendiera que no necesitamos tantas cosas para crear. A veces alcanza con confiar, probar y animarse a hacer algo distinto.