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“La única salida que tengo para atravesar el paso del tiempo es escribir”

La poeta, abogada y gestora cultural correntina, reflexiona aqui sobre la herencia literaria, la memoria y los desafíos de hacer poesía desde el interior. En Eduardo Ledesma Pregunta, comparte su experiencia con Guazú Poesía y sostiene: “La poesía en Corrientes goza de muy buena salud”.
 

Por El Litoral

Domingo, 25 de octubre de 2026 a las 10:35

Por Eduardo Ledesma 

Versión gráfica: Belén Da Costa

Poeta, abogada y gestora cultural correntina. Publicó tres libros, fue seleccionada para la Antología de poetas argentinas y junto a Marina Coronel creó Guazú Poesía, un ciclo autogestivo e itinerante que conecta Corrientes y Chaco para federalizar la circulación de la poesía regional. 

Hija del escritor José Gabriel Ceballos, creció entre literatura y territorio. En este episodio hablamos de herencia y voz propia, de lo que el Derecho y la poesía tienen en común, y de por qué una voz del Litoral todavía tiene que viajar a Buenos Aires para ser reconocida.

Si tuvieras que presentarte y responder quién sos, ¿qué dirías?

Creo que una se pasa la vida preguntándose eso. Soy una mujer que vino del interior, que pasó casi toda su infancia en un pueblito muy pequeño, lejos de la capital. Vine a Corrientes, estudié Derecho y empecé mis primeros pasos en la escritura y la poesía.

Vengo de una familia muy vinculada al arte, tanto por parte de mi papá como de mi familia materna. También soy docente universitaria, una actividad que me gusta mucho. Creo que la única forma que tengo de definirme es contando un poco las cosas que hago.

Sos hija del escritor José Gabriel Ceballos, referente de una tradición literaria de Alvear. ¿Cuánto de tu escritura nació de esa herencia y cuánto responde a la necesidad de encontrar una voz propia?

Las dos cosas son importantes. Mi papá siempre me cuenta que, durante mi infancia, sus amigos habitaban mi casa porque él y mi mamá habían organizado la primera Feria del Libro de la provincia y después habían creado la Casa de la Cultura dentro de nuestra propia casa. Yo convivía con artistas todo el tiempo.

Esa herencia estuvo presente desde mi infancia, pero también apareció la necesidad de encontrar una voz propia. Ese es el camino que recorro desde que entendí que yo también formaba parte de ese mundo y, especialmente, desde que me reconocí como poeta.

¿Qué te pasa con el apellido Ceballos? ¿Lo viviste como una responsabilidad o como una carga a la hora de construir tu propia identidad literaria?

Durante muchos años, la sombra de mi papá me impedía reconocer que yo también podía escribir. Empecé con una escritura poco consciente, como una especie de diario íntimo mejorado. Después pasé muchos años escribiendo sin saber muy bien qué estaba haciendo.

Durante mi etapa universitaria y hasta que me fui a vivir a Buenos Aires, me dediqué principalmente al estudio del Derecho y a mi carrera profesional. Mi papá no sabía que yo escribía y, sin embargo, fue él quien terminó abriéndome la puerta a la escritura.

También influyó en mi elección de estudiar Derecho. Yo venía de un pueblo pequeño, en una época en la que no existían las redes sociales y las posibilidades de elegir una carrera eran más limitadas. Mi universo era Alvear y las opciones que conocía eran, básicamente, ser médica, contadora, escribana o abogada.

Mi papá era un abogado que me interesaba por su perfil y por todas las otras cosas que hacía. En mi mirada de entonces, todo eso venía en un mismo paquete.

¿Qué escribís y qué busca tu poesía?

Escribo poesía. No sé si mi poesía busca algo en particular. Creo que soy yo quien busca algo a través de la escritura.

Una crece, se reconoce y también se desconoce. Eso forma parte del proceso creativo. La poesía es un universo donde una puede desarmarlo todo. También permite no mostrarlo todo y, al mismo tiempo, sentirse completamente desnuda.

Creo que mi búsqueda es más personal: tiene que ver con lo que yo necesito encontrar a través de ese instrumento que es la poesía.

En tu obra aparecen la memoria familiar, la infancia y la herencia. ¿Qué descubrís sobre vos misma cuando volvés a leer lo que escribiste?

Me pasó siempre que, después de escribir y publicar, cuando ya solté ese texto y no puedo volver atrás, la escritura se transforma en un espejo. Empiezo a reconocer cosas que quizás no había visto conscientemente mientras escribía.

La herencia está muy presente en mi obra. En un libro hay textos dedicados a mi papá; en otro, la presencia de mi abuela es muy fuerte. Y en el libro que espero publicar el año que viene hay un trabajo genealógico con todas las mujeres de mi vida: mi madre, mi abuela, mis bisabuelas e incluso aquellas que no conocí, como mi abuela paterna.

Me parece que la poesía es un instrumento muy interesante para trabajar esas voces que también hablan a través de una, aunque no siempre seamos conscientes de ello. También permite trabajar los mandatos de la herencia, cualquiera sea la carga con la que lleguen.

Sos abogada, ejercés el Derecho y también te dedicás a la docencia. ¿Qué tiene la poesía que no encontrás en el Derecho y qué tienen en común esos dos mundos?

Creo que son complementarios. No pude desprenderme de ninguno de los dos a lo largo de mi vida y terminé encontrando un eje entre ellos.

Desde afuera pueden parecer mundos muy distantes, pero creo que están mucho más cerca de lo que se piensa. Me gusta pensar que las dos cosas que hago tienen la misma materia prima: lo humano.

Me dedico al Derecho penal, un área en la que trabajo con personas que cometieron un delito, que aparentemente lo cometieron o que fueron víctimas de un hecho que puede o no constituir un delito. En todos los casos aparece una carga humana, con todo lo bueno y lo malo que eso implica.

En la poesía también trabajo con mi propia humanidad y con las cosas que me golpean de lo que me rodea. Es un trabajo muy intenso, que nace desde lo más profundo de una misma.

¿La poesía sirve para encontrar respuestas o para aprender a convivir con aquello que no tiene respuesta?

Para las dos cosas. La poesía permite encontrar respuestas, aunque uno nunca sabe si son definitivas.

Algo parecido sucede con el Derecho penal. Cuando una conoce en profundidad a las personas, empieza a entender que quienes cometieron determinados hechos no están tan alejados de nosotros como podríamos pensar desde afuera.

Trabajo en proyectos de extensión universitaria en contextos de privación de la libertad, tanto en Corrientes como en Chaco. Cuando uno va a la cárcel y conoce a las personas, entiende que no están tan alejadas de uno mismo. Esa experiencia también te obliga a revisar tus propias ideas sobre lo humano.

¿En qué momento sentís que un poema está terminado? ¿Cuando ya no encontrás nada para corregir o cuando decidís soltarlo?

Es algo que me pregunto muchísimo. Seguramente te dijeron alguna vez que un poema nunca está terminado hasta que lo soltás. Y una de las formas de soltarlo es publicarlo.

A veces una publica para poder dejar ir algo que, de otra manera, seguiría corrigiendo. Creo que la mejor forma de trabajar un texto es tomar distancia: dejar pasar el momento volcánico de la escritura y volver a mirarlo desde el tiempo transcurrido.

El problema es que el tiempo sigue pasando y una sigue transformándose. Entonces también siente la necesidad de transformar el texto.

¿Cómo vivís ese proceso de escritura y relectura? ¿Puede ser sanador, pero también doloroso?

Vivo la escritura desde muchos lugares: la alegría, la sanación y la frustración profunda. Es un proceso frustrante. También puede serlo publicar y volver a mirar el resultado después de haberlo publicado.

Sin embargo, volvemos a escribir. Creo que quienes hacemos algo creativo o artístico somos personas obsesivas con determinadas ideas. Generalmente son las mismas: la justicia, la muerte, la melancolía. Lo que cambia es el filtro personal a través del cual esas ideas se traducen.

En tu poesía aparecen el cuerpo, el amor, el deseo, la muerte y el paso del tiempo. ¿Cómo encontrás la forma de escribir sobre experiencias tan universales?

No sé si esas cosas se pueden abordar sabiendo exactamente cómo hacerlo. Lo que sí sé es que es inevitable escribir sobre ellas, porque son experiencias que me golpean.

Me pasa cuando vuelvo a mi casa en Alvear y siento que el tiempo pasó; cuando recuerdo a mis abuelos, que ya no están, o cuando pienso en mis padres y en amigos que murieron. También cuando veo el paso del tiempo sobre mi propio cuerpo.

La única salida que encuentro para atravesar esas experiencias es escribir. Es una forma de transitar todo eso dignamente y, en ese sentido, la escritura me salva.

La muerte de tu abuela tuvo una presencia importante en tu obra. ¿Cómo se transformó esa experiencia en poesía?

Fue uno de los momentos en los que viví todo esto con más intensidad. Después del velorio y el entierro de mi abuela materna, me senté en el patio de mi casa en Alvear con mi papá y le dije que me había dado cuenta de que solamente iba a poder salir de aquello escribiendo.

Pero la escritura sobre mi abuela terminó convirtiéndose en algo distinto de un homenaje directo. Es un homenaje, sí, pero en ese libro no está mi abuela: escribí sobre el silencio que dejó.

Unas semanas después de su muerte, fui a limpiar su casa. Repetía los rituales que ella hacía: prender la radio, poner chamamé, escuchar la AM por la mañana, abrir todas las puertas y poner la pava.

Una mañana me senté en esa casa en silencio y podía recordar el sonido que hacía cada cosa que miraba, aunque ya no estuviera sonando. Sabía qué sonido hacía el picaporte. Fue una experiencia muy fuerte y ahí entendí que lo que se había hecho presente era el silencio.

Eso fue lo que escribí.

Tu poesía circuló en antologías y traducciones, y también desarrollás una tarea de gestión cultural. ¿Qué significa para vos que tu trabajo llegue a otros lugares desde Corrientes?

Me queda un poco grande la idea de ser reconocida desde el centro del país. Creo que las distancias también se acortaron mucho gracias a las redes sociales.

Durante la pandemia ocurrió algo muy importante para la poesía argentina. En las primeras semanas de encierro empezaron a aparecer textos, lecturas y entrevistas en redes sociales. Se armó una red impresionante que se sostuvo después del período más duro y cuyos vínculos virtuales terminaron convirtiéndose en encuentros reales.

Al mismo tiempo, creo que en Corrientes existió durante mucho tiempo una tradición literaria bastante endogámica, muy concentrada en la ciudad capital y con pocos vínculos con el interior de la provincia.

El Festival Correntino de Poesía buscaba justamente conocer lo que se estaba haciendo en otros lugares. Ahí conocí a poetas como Ariel Ovando, que escribe desde Curuzú Cuatiá y que ahora estamos llevando a leer a la Biblioteca Nacional.

Me parece importante que los poetas que recién empiezan o que tienen menos visibilidad puedan salir de Corrientes, encontrarse con otras voces y participar de espacios literarios de otros lugares.

¿Qué está pasando hoy con la poesía en Corrientes? ¿Cómo ves su desarrollo y sus posibilidades?

Creo que la poesía en Corrientes goza de muy buena salud. Conozco personas de mi generación y más jóvenes que están escribiendo muy buena poesía.

Ahora bien, cuando hablamos de políticas públicas, falta muchísimo. Con Guasú Poesía, el ciclo que organizamos con Marina Coronel, trajimos poetas de todo el país y tuvimos una recepción increíble, tanto en Corrientes como en Chaco.

Hacíamos un encuentro por mes, con un público muy bueno para lo que suele ser la poesía. Sin embargo, no conseguimos el apoyo económico necesario para sostener el ciclo.

La idea era generar un espacio donde los poetas de Corrientes pudieran dialogar con artistas de otras provincias y también dar lugar a las voces del interior. Por ejemplo, llevamos al ciclo a poetas de Caá Catí y trabajamos para que otras voces, como la de Ariel Ovando, pudieran llegar a espacios de mayor circulación.

¿Qué sostiene a un gestor cultural independiente cuando no hay recursos económicos suficientes?

Nos sostiene la necesidad de hacer aquello que no existe. También es una carencia nuestra: necesitamos esos espacios y, si no están, intentamos construirlos.

Estaría buenísimo que en Corrientes hubiera más lugares donde leer poesía, bares donde se hicieran rondas y ciclos que permitieran compartir textos y experiencias.

Muchas veces, desde las políticas públicas se mide la cantidad de público con una lógica electoral. Y eso se convierte en un problema para proyectos culturales que necesitan continuidad, aunque no necesariamente convoquen a multitudes.

¿Qué representa Guasú Poesía para vos y para quienes lo construyen?

Guasú es un proyecto que nos llenó de felicidad. Nos permitió hacer muchos amigos y comprobar que la necesidad de construir espacios culturales no existe solamente en Corrientes.

Hay una necesidad enorme de escuchar voces de otros lugares y de interactuar entre artistas. A veces te invitan a un ciclo de poesía que queda a mil kilómetros y te tomás un colectivo para ir, leer y volver al día siguiente.

Yo hice esos viajes. Es la necesidad de encontrarte con personas que están haciendo lo mismo que vos, de compartir lo que escribís y de saber qué están creando los demás.

¿Qué le aporta la música a la poesía? ¿Cómo se encuentran esas dos expresiones en tu trabajo?

La poesía no es solamente letra. Tiene música, cadencia, ritmo y silencio. La palabra es el material con el que trabajamos, pero también está todo aquello que sucede alrededor de ella.

Una cosa es la poesía y otra es escribir un texto para una canción. En una canción, la palabra y la música se sostienen mutuamente; son mecanismos diferentes.

En mi caso, la música siempre fue parte de mi vida. Mi abuela era profesora de música y tocaba el piano. Además, los hermanos de mi abuela tenían la banda del pueblo y en mi casa todavía conservo los instrumentos de aquella banda.

Mi pareja es músico y una de mis mejores amigas es Rocío Lens, cantautora de rock de Corrientes. Era inevitable que termináramos jugando con la música y la poesía. Para mí es un placer estar arriba de un escenario con ellos, especialmente porque durante mucho tiempo yo veía a Rocío desde abajo y, de repente, me encontré compartiendo ese espacio con ella y leyendo mis poemas.

Creo que las cosas que están sucediendo en el mundo son inevitables, por más que nos enojemos con ellas. Hay que aprender a vivir en medio de todo eso.

La inmediatez, especialmente en la poesía, no me gusta demasiado. Pero tampoco puedo desconocerla como una expresión de estos tiempos, donde muchas veces se busca generar un efecto inmediato.

No creo que esté mal que existan distintas formas de expresión. Todos nos alimentamos de lo que nos gusta, pero también de aquello que no nos gusta. Eso forma parte de nuestro proceso de lectura y de reconocimiento personal: descubrimos con qué nos identificamos, qué queremos escribir y qué cosas no queremos hacer.

Si tuvieras que elegir qué te gustaría dejar como legado, ¿un libro, una comunidad de poetas y lectores o una generación de proyectos culturales?

Una generación de proyectos culturales. Me encantaría que eso fuera posible.

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