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“Quiero que Amandayé siga siendo un espacio de creación y respeto por el escenario”

Músico, cantante y guitarrista correntino, Hugo Scófano es uno de los fundadores de Amandayé y hoy encabeza una nueva etapa del grupo. A 28 años de su creación, habla de la identidad que permanece, de los cambios y del desafío de transmitir una forma de hacer música.
 

Por El Litoral

Domingo, 04 de octubre de 2026 a las 10:59

Por Eduardo Ledesma 

Versión gráfica: Belén Da Costa

Músico, cantante y guitarrista correntino, uno de los fundadores de Amandayé, el grupo que desde 1998 renovó el chamamé con un trabajo de armonías vocales que no tenía antecedentes en el género.

Este sábado 3 de octubre celebraron 28 años en el Teatro Vera. Hugo Scófano es hoy el único fundador al frente de una nueva formación, y lleva ese peso con la misma convicción con que empezó: crear, no custodiar. En esta charla hablamos de lo que queda del espíritu original, de lo que cambia y lo que no puede cambiar en Amandayé, y de qué se celebra realmente cuando un grupo llega a casi tres décadas de trayectoria.

¿Quién sos, si tuvieras que presentarte más allá de tu trayectoria musical?

Exactamente lo que vos habías dicho: una persona que transitó la vida a través de la música.

¿Es imposible para vos pensar la vida sin la música?

Sin la música, si. Pero la música trae aparejado todo el resto.

¿Y qué es todo ese resto para vos?

Es lo que uno sube a un escenario para llevar algún mensaje y recibir, a cambio, el afecto de la gente. Es un ida y vuelta. Al final, lo que más te lleva es ese encuentro con la gente y el cariño que se mantiene. Creo que eso ensancha el alma y te da ganas de seguir. Sobre todo ahora que estamos reposicionando al grupo y trabajando con gente joven. Yo ya estoy con ganas de teñirme todo porque la estoy pasando muy bien.

Amandayé tiene algo particular: no solamente suma músicos jóvenes, sino que también busca llegar a un público joven. Al mismo tiempo, está el público que los acompañó desde aquella época de Pocho Roch, Canto Raigal o Renacer. ¿Qué aprendiste de esos caminos para que todo eso confluyera después en Amandayé?

La música te da muchísimas posibilidades. Podés agarrar una guitarra y ser solista, mantener tu ego arriba, o bajar el ego y compartir la música con otro. Yo estoy en esa segunda parte. Hice mucho deporte y siempre fui de los deportes colectivos. Nunca fui de los individuales. En la música me pasa lo mismo: cuando compartís, se genera un sonido único. Y nosotros insistimos mucho en la armonía vocal porque los timbres de las voces son únicos.

¿Cuál es para vos el instrumento principal: la guitarra o la voz?

La voz.

¿Y suena mejor cuando está acompañada?

Claro. Por ejemplo, Pedro del Prado y yo empezamos juntos en Nuevo Día, en la década del 70. Incluso la respiración al cantar puede hacer una diferencia. Musicalmente podés armar una armonía: una persona hace una voz, otra hace otra y otra una tercera, pero tímbricamente puede no funcionar. A veces aparece esa magia de la música. Nosotros fuimos logrando en los grupos en los que estuvimos un sonido propio, y eso se logró con Amandayé.

En 1998, junto a Pedro del Prado y Hugo Flores, dejan Renacer y forman Amandayé. ¿Qué estaban buscando para construir algo que tuviera ese sonido particular?

Había muchas cosas. Nosotros entramos con Pedro a un grupo que ya estaba armado y que tenía una identidad marcada por la línea de Montiel. Ricardo Scófano había sido bandoneonista de Montiel y Hugo Flores había estado en el Cuarteto Santa Ana. Había mucha influencia de esa tradición.

Nosotros veníamos de otro lado. Pedro es de Paso de los Libres y yo soy de Corrientes Capital. Entonces había cosas que yo no podía cantar porque no me las iba a creer nadie. Yo soy citadino, soy de la ciudad.

Y ahí apareció algo muy importante: el respeto por la identidad. Yo no me iba a poner una ropa que no sintiera. Por suerte, en el camino apareció Pocho Roch, que me hizo entender que no necesitaba hacer eso: tenía que contar mi propia historia.

¿Sentías que estabas impostando una identidad que no era la tuya?

Claro. La gente que hizo esas cosas las vivió. Nosotros no teníamos esa vivencia. Entonces, ¿por qué teníamos que hacerlo? Pocho me hizo entender que había que contar la propia historia.

Amandayé nace también con esa búsqueda de la armonía vocal. ¿Eso fue aprendizaje, recorrido, técnica?

Sí, hay técnica. Cuando estábamos en Nuevo Día, éramos todos jóvenes que estudiábamos en universidades. Había un entrerriano, Rodolfo Tisocco, que era barítono; un santafesino, Boratti, que era bajo; Pedro, de Paso de los Libres; y yo, de Corrientes. Éramos universitarios y ahí empezó todo.

En ese momento estaba de moda cantar en armonía. Estaban Zupay, Opus 4 y otros grupos con otro repertorio. Nosotros hicimos algo distinto: chamamé a cuatro voces. Y hoy no veo una propuesta así en la gran cartelera de la Fiesta Nacional del Chamamé.

¿Por qué creés que no sucede?

No sé. Yo pensé que íbamos a dejar un camino, que la gente iba a recordar esa propuesta, pero no sé por qué no la encararon otros.

¿Puede tener que ver con la complejidad de la formación?

Sí, es muy complejo. Nosotros hacíamos, por ejemplo, “La Calandria” a voces. Era una rearmonización sobre algo muy conocido, que normalmente se tocaba con bandoneón, pero nosotros lo hacíamos a voces.

Y teníamos el atrevimiento de la edad: teníamos 20 años. Abríamos festivales y la gente esperaba el acordeón, el sapucay, y aparecíamos cuatro locos con los micrófonos y las guitarras abajo. Entrábamos cantando a lo Martín Fierro. Nos preguntaban: “¿Y no tocan la guitarra?”. No. Hacíamos “La Calandria” a voces, “Kilómetro 11” a voces.

Se generaba una tensión porque el público estaba esperando otra cosa. Y nosotros decíamos: bueno, o viene el aplauso o viene el primer sillazo. Pero nos jugábamos. No buscábamos el aplauso fácil.

Nombraste varias veces la edad. ¿Qué queda de aquel Hugo Scófano de 1998, fundador de Amandayé, y qué tuvo que cambiar con el paso del tiempo?

Pasaron las comodidades. Cambió el método de trabajo. En los arreglos de guitarra estábamos tranquilos porque teníamos a Pedrito, que sabía exactamente dónde estaba cada uno. En la armonía, en cambio, todos teníamos voz y voto porque conocíamos el ámbito en el que estábamos trabajando.

Ahora me tocó asumir un lugar diferente. Nunca me gustó pensar que en un grupo había un director, aunque siempre hay alguien que, de manera intrínseca, cumple ese rol. Cuando decidimos continuar con Amandayé, primero nos preguntamos qué hacíamos. Yo podía dar por terminado el ciclo.

Ahí pasaron varias cosas: primero se fue Hugo Flores y después murió Pedro. ¿Cómo se complicó la continuidad del grupo?

También se enfermó Piri Aráoz, Alejandro Aráoz, que se había sumado a Amandayé. Él cambió la voz y aportó otra sonoridad.

La característica del Amandayé original era que éramos tres personas que podíamos cantar como solistas y también armonizar. Tener tres personas con una voz identificable era una característica muy importante.

Llegaste a una esquina en la que había que decidir si cerrabas o seguías. ¿Qué hiciste?

Sí. Nosotros todavía seguíamos con el impacto porque lo de Pedro no lo esperábamos. Pero también hay que estar preparado.

Cuando se fueron los Flores, Rodolfito, que estaba en la formación inicial y tocaba el bajo, también se fue. Y quien lo reemplazó fue mi hijo, Julián, hace 12 años. Por eso tampoco estamos hablando de una formación completamente nueva. Julián es el más antiguo de esta formación. Agustín Monzón, en el acordeón, está hace diez años y empezó con nosotros a los 17.

Entonces, el grupo no se derrumbó. Había gente que ya había puesto el hombro durante mucho tiempo.

¿Qué te pasó a vos en ese momento? Porque decís que por un momento pensaste: “Hasta acá llegué”.

Depende de cómo te pegue. Yo dejé que fluyera, pero también estaba la preocupación por los chicos.

Cuando se fueron los Flores, a Pedro le impactó porque éramos amigos de toda la vida. Pero el motivo era válido: él quería tocar con sus hijos y me parecía bárbaro.

Después apareció Piri. Me dijo: “Yo sé todas las armonías, tengo el auto con nafta, vivo a 100 kilómetros, cuando ustedes me digan voy con mi cuadernito”. Y así aparecen las personas.

Cuando Pedro se interna, entra Facundo Rodríguez, un gran guitarrista, como diciendo: “Yo estoy”. Cuando Agustín se va de gira por Europa, aparece Sebastián Flores, el hijo de Nini Flores.

Siempre encontramos gente dispuesta a que esto continúe. Yo no iba a ser el tipo que tirara el ancla. Y todavía tengo ganas de subirme al auto, viajar y cantar.

Está también tu hijo Julián. ¿Cómo se transmite una identidad sin imponerla? Porque hay una sonoridad que hay que respetar si querés seguir siendo Amandayé.

La comparación era inevitable. Y más cuando salimos con esta nueva propuesta en la Fiesta Nacional del Chamamé. Había una presión extra: “A ver qué hacen estos”.

Hay gente que conoce todas nuestras costillas y la comparación iba a ser inevitable. Por eso mi propuesta fue mostrar cosas que habíamos grabado en discos de amigos y que nunca habíamos cantado en vivo.

Aparece “No llores, sauce” y también una deuda enorme que teníamos con Mateo Villalba, que nos regaló un tema llamado “Amandayé” y que nunca habíamos hecho en vivo. Les fui planteando esas canciones porque de esa manera no podían compararnos con la otra formación: nunca las habíamos cantado con aquella formación y ahora son nuestras.

Hay clásicos de Amandayé que no podés sacar del repertorio.

Claro. Hay cosas que no se pueden sacar porque la gente las tiene en la memoria del oído. Pero ahí aparece la habilidad de los chicos y la formación que tenemos. Por ejemplo, se retocó la partitura con arreglos sencillos para que esas canciones sean de este momento.

Hace un tiempo dijiste que no querías que Amandayé fuera un grupo de covers ni un tributo, sino un espacio de creación. ¿Qué significa eso hoy?

Y se está dando. Es lo que siempre hicimos. El grupo siempre fue un lugar de aporte.

Yo tengo el repertorio completo escrito. Cualquiera que lee música puede recibir su parte y tocarla. Pero eso no alcanza. La idea es confiar muchísimo en esta nueva generación porque yo ya estoy pasando la vara.

Porque aparece el alma. La técnica puede ser perfecta, pero hay algo más. ¿Qué lugar tiene eso en el proceso creativo del grupo?

Claro. Si no sentís, no me cree nadie. Puedo ser el mejor técnico tocando la guitarra, pero si no le pongo sentimiento soy una maquinita.

Y veo cómo los chicos se están soltando. Mi hijo se formó musicalmente acá en el Instituto, tiene su propia propuesta y también tiene una banda de rock. Con nosotros no quería cantar, aunque siempre cantó. Ahora canta y propone arreglos.

Agustín también participa de los arreglos. Cuando nosotros armábamos las armonías, él estaba con el acordeón, pero tenía una ventaja: tiene la armonía en los botones. Entonces sabía qué estábamos armando y ahora propone otras formas de rearmonizar.

Eso también los incentiva a ser parte de los arreglos y de las propuestas.

Yo no soy compositor. No porque no tenga cosas que decir, sino porque respeto mucho al poeta y me siento cómodo cantando cosas de amigos que están quedando pocos.

Nos quedan obras de Mateo, algunas cosas de Mario, material que nos mandó Marily Morales Segovia y también mucho de Cacho Tito Gómez. Hay todavía material para trabajar.

El 3 de octubre van a celebrar los 28 años de Amandayé en el Teatro Vera. ¿Qué prepararon para esa noche?

Vamos a celebrar el cumpleaños haciendo un repaso por la historia. Y los cumpleaños siempre son con amigos, así que va a haber invitados que tuvieron que ver con nosotros y otros que quizás no sean tan conocidos por el público, pero siempre estuvieron.

Van a venir amigos de Formosa y va a ser una noche de encuentro. También invitamos a amigos con los que compartimos épocas con Pocho y que aceptaron estar.

Va a ser una gran amigada, pero con gente que tiene que ver con nuestra historia y con todo esto que estamos hablando.

Después de casi tres décadas, ¿hay todavía algún sueño personal con Amandayé que tengas pendiente?

Sí. Nosotros tuvimos una experiencia muy linda cuando viajamos afuera y me parecería muy lindo repetirla. Una cosa es contarles a los chicos esa experiencia y otra es que ellos la vivan.

Creo que el grupo está nuevamente a esa altura. Agustín no esperó ese momento: armó su gira, agarró su acordeón y se fue. Y eso es muy necesario porque volvés renovado, traés otra cosa.

También te sentís como alguien que está transmitiendo una cultura. Y con más experiencia eso se siente todavía más.

Tenemos pendiente una invitación de nuestros hermanos paraguayos, el Grupo Generación, para hacer un teatro en Asunción, en el Teatro Municipal. Ellos son uno de los grupos más importantes de Paraguay y no pudimos devolver esa invitación por la pandemia.

También queremos traerlos al Vera, pero creo que tiene que ser una noche especial, un verdadero encuentro.

Facundo, que estuvo un tiempo con nosotros, estuvo tocando con Yamandú Costa por toda Europa. Ahí aparece otro vínculo con Brasil. Yo me imagino todas esas cosas puestas en un escenario. Eso sería una verdadera integración.

¿Quiénes forman hoy Amandayé?

Está Julián, mi hijo; Agustín; Diego Flores, de Curuzú Cuatiá, en guitarra; y también percusión, batería, teclado y guitarristas invitados.

Agustín tiene un grupo de amigos que se juntan y pueden llegar a ser seis acordeones tocando juntos y armonizando. Son todos chicos de la misma edad y muy talentosos.

Creo que esa es la verdadera renovación.

¿Qué te entusiasma de esa nueva generación? Ustedes tuvieron otra manera de aprender y escuchar música. Estos chicos tienen otra formación y otra cabeza. ¿Qué te pasa frente a eso?

Me entusiasma y me alegra muchísimo. Hemos trabajado con gente que creía que sabía música y, en realidad, se perdía tiempo. Cuando manejás un lenguaje musical así, todo es rapidísimo. Hay cosas que ya se saben y fluyen.

Es como un buen número nueve en el área: sabe qué hacer. El músico también. Y toda esta generación viene muy preparada. Creo que eso le hace bien a la música popular.

¿Sentís que esta formación puede darle otro vuelo a Amandayé?

Sí. Creo que Amandayé puede dar un plus más. Sobre todo de mi parte. Todavía tengo ganas. Ya no quiero dar por terminado esto, aunque también siento que dedicarle la vida a esto ya fue una etapa enorme.

Pero no quiero hacer todavía la raya.

El chamamé fue declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad y tiene una fuerte presencia regional. Además, hay nuevas generaciones que están apareciendo. Desde tu experiencia, ¿cómo ves el presente y el futuro del chamamé?

Nosotros vamos a estar en un ciclo que se llama “Latido de Chamamé”, que fue muy bien recibido por la gente de Cultura. Nos dieron una sala desde mayo hasta noviembre, una vez por mes, para mostrar a mucha gente que viene con entusiasmo.

Nosotros habíamos pedido octubre por el cumpleaños y me parece muy importante tener presencia en el Vera, pero también compartir con la gente que viene tratando de mostrar lo suyo.

Lo que me entusiasma de esta nueva generación es la preparación que tiene. Creo que en algún momento van a tener su propia historia para contar y ese va a ser el próximo salto.

A nosotros nos enamoraron las historias. Con el tiempo empezás a recorrer el camino de Santa Rosa, los lugares que nombra el chamamé, y te das cuenta de lo grande que es nuestra música y de la variedad que tenemos.

Más allá de los poetas que ya conocés, ¿seguís encontrando cosas nuevas para leer y cantar?

Sí. Me pasa que me perdí un poco con la parte de los poetas. Terminó Zini, terminó Don Juan Carlos y nos queda Cacho González Vedoya.

A Cacho le voy a decir públicamente que nos debe el “Amandayé”. Pocho Roch y Cacho González Vedoya fueron los autores del nombre. Pocho no solo nos propuso el nombre, sino que nos regaló una canción.

Mateo Villalba también nos hizo una canción que se llama “Amandayé”, que grabamos en un disco suyo y que ahora estamos incorporando a nuestro repertorio.

Nos falta la visión de Cacho González Vedoya sobre Amandayé. Pocho nos dijo que era “ama lluvia, ndayé”, es decir, lo que dice la lluvia poéticamente. Cacho, en cambio, dijo que Amandayé era una reunión o junta, según el diccionario guaraní.

Entonces, lo que estábamos haciendo nosotros era justamente eso: una reunión o junta de gente que toma decisiones. “Ustedes están haciendo un Amandayé”, nos dijo. Y ese fue el nombre.

Cacho había quedado en hacernos un poema sobre Amandayé porque también fue quien nos puso antes el nombre Canto Raigal. Venimos de una historia.

Y de lo nuevo, creo que todavía está esa llama prendida. Ahí están todos los chicos nuevos, con sus inquietudes.

Si mirás al Hugo Scófano que empezó mucho antes de Amandayé y que hoy está celebrando 28 años con el grupo, ¿qué le dirías a ese joven que anduvo buscando su camino con la música?

Mi viejo me acompañó a estudiar música. En casa me habilitó ese camino y yo hice lo mismo con mi hijo. Cuando empezás a jugar con la guitarra, él decía: “Esto se estudia”. Y me buscó un profesor.

Nunca fue el objetivo que yo acompañara a mi hijo para que tocara. La música me fue sorprendiendo. Después tomás conciencia de que viniste para algo: por algo tenés afinidad con la música, por algo tenés una voz para decir. Y creo que ahí está a lo que vinimos.

La verdad, no me arrepiento. No me arrepiento de haber dejado una carrera universitaria. Tengo una familia hermosa y nunca mezclé la construcción de mi familia con la parte profesional de la música de una manera que pudiera desviarme.

Cuando me dediqué, nunca lo tomé como un hobby. Siempre encaré las cosas pensando: si vamos a hacer algo, vamos a hacerlo bien. No a medias.

Y, sobre todo, siempre tuve respeto por el escenario. No subir sin saber la letra, sin saber la armonía. El escenario es sagrado.

Para mí, cada escenario es un desafío, pero no entro tenso: entro a pasarla bien, con el respeto que implica estar ahí. Yo estoy llamando a la gente para que me escuche. Entonces, el silencio se gana y el aplauso se gana.

No sueño con ser una estrella. Con que nuestra música sea respetada, se escuche y pueda servirle a alguien, para mí alcanza.

Hay gente que me cuenta que se casó con una canción nuestra. Otros me dicen que pusieron un disco y terminaron emborrachándose. Lo importante es que no pasó desapercibido. Causó un efecto.

Y hoy, transitando el año 28 de Amandayé, sigo sintiendo que la vida continúa. Quiero apostar mucho a esta formación, aunque algún día yo no esté. Quiero dejar andando la calesita para que ellos la agarren y aprendan lo que es un grupo.

Porque la armonía no está solamente arriba del escenario. También está abajo. Primero hay que trabajar los egos y después trabajar con las personas.

Nosotros cuidamos mucho el entorno y que la persona que comparte nuestro espacio no traiga problemas. Esa armonía está nuevamente fluyendo en el grupo. Cuando viajamos también se nota y eso después sale arriba del escenario.

Veo que en esta generación hay mucha gente buscando su nicho, tocando con distintos grupos. Quizás son más prácticos que nosotros, pero creo que no se puede lograr todo siendo solamente sesionista.

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