Por Eduardo Ledesma
Versión gráfica: Belén Da Costa
En el episodio 23 de Eduardo Ledesma Pregunta hablé con Daniela del Pilar Acosta, más conocida como “La Pilarcita”. Empezó a tocar el acordeón a los 7 años de la mano de su padre y a los 9 ya estaba en el escenario de la Fiesta Nacional del Chamamé.
Hoy es una de las figuras jóvenes más convocantes del género: baja del escenario, camina entre la gente, baila, zapatea y convierte cada actuación en una celebración compartida.
En este episodio hablamos de herencia y voz propia, de lo que significa ser mujer acordeonista en el chamamé y de una pregunta que ella misma respondió con su trayectoria: ¿Cómo se recibe una tradición sin quedar atrapada en ella? ¡No te lo pierdas!
¿Quién sos? ¿Cómo te definirías ante alguien que no te conoce?
Soy una persona que defiende con orgullo nuestra tradición y nuestro chamamé desde muchas facetas, pero siempre respetando nuestro estilo y nuestro género. Me considero una tradicionalista de ley.
Empezaste a tocar el acordeón a los siete años, de la mano de tu papá. ¿Qué recordás de aquella nena que se acercó al instrumento sin saber todo lo que iba a significar en su vida?
Vengo de una familia muy chamamecera, tanto de parte de mi mamá como de mi papá. Mis abuelos y mis abuelas también estaban vinculados al chamamé. Crecí en un ambiente donde todo el tiempo había ensayos y músicos. Mi papá era el único músico de la familia y siempre estaba con el acordeón. Hasta hoy, los sábados se reúne en casa con amigos chamameceros.
Para mí era algo completamente normal. Siempre estaba al lado de mi papá, lo acompañaba a sus actuaciones y, cuando agarré el acordeón, lo hice principalmente porque quería ser como él.
Mi mamá, en cambio, siempre insistía con que tenía que ir a la escuela y estudiar. Cuando volvía tarde de alguna actuación, al otro día me iba dormida a clases y ella se enojaba. Pero con el tiempo entendió que esto era lo mío y siempre respetó lo que elegí.
Tu papá no solamente te enseñó a tocar, también te transmitió una manera de entender el chamamé. ¿Qué cosas de Pilar Acosta sentís que llevás con vos?
Sobre todo, lo tradicional. Él siempre me enseñó a respetar el chamamé. Hasta hoy me dice que lo que hago es lo que me representa y que no tengo que hacer cosas que no van conmigo. Me marcó mucho esa idea de respetar lo que somos y representar al chamamé de la manera más genuina posible.
Mucha gente pensaba que mi estilo era así porque mi papá me acompañaba. Él estuvo conmigo en el grupo hasta 2018, pero después seguí haciendo lo mismo. Ese respeto por la tradición ya lo tenía incorporado.
¿En algún momento sentiste la necesidad de sumar algo propio, de no limitarte a recibir esa tradición y sostenerla?
Sí. Siempre quise respetar la tradición, pero también marcar mi impronta. Ahí aparece, por ejemplo, la decisión de bajar del escenario, salir y estar entre la gente. Eso rompe un poquito el esquema tradicional, pero siempre desde el respeto.
Hoy decís “La Pilarcita” y enseguida aparece esa imagen de alguien que está abajo, compartiendo con el público. Eso también terminó siendo parte de mi estilo.
En tu repertorio aparecen grandes referentes como Tarragó Ros, Emilio Chamorro, Millán Medina y Gregorio de la Vega. ¿Cómo hacés para interpretar esas obras sin quedarte en la imitación?
Ahí también aparecen los temas propios. Hay un chamamé que se hizo muy conocido y que grabaron muchos grupos, que se llama El gallo negro. Siempre intento mantenerme en el estilo en el que crecí, respetando a esos grandes referentes, pero poniendo algo mío.
Por ejemplo, los temas de Tarragó Ros no los hago exactamente igual. Para mí, Tarragó Ros es Tarragó Ros y, por más que intentes copiarlo, es imposible. Mi papá siempre me decía: “Ya está, él ya está. Respetá, pero hacé lo tuyo también”.
Entonces les agrego algunas partes de introducción, repiqueteos o ciertos arreglos. Quiero que, cuando alguien me escuche tocar, pueda reconocer que soy yo.
¿Cómo es tu aprendizaje musical hoy? ¿Seguís estudiando y buscando nuevas herramientas?
Actualmente estoy cursando el Profesorado de Música en el Instituto Carmelo De Biasi. Es una experiencia que te abre muchos panoramas y te permite entender cosas que quizás antes hacías sin saber de dónde venían.
Uno viene de una familia musical y aprende de esa manera, pero estudiar te permite conocer el fundamento: por qué una frase musical termina en determinada nota, de dónde surge lo que estás haciendo. Es muy interesante poder aprender desde ese lugar y profundizar en todo lo que la música me dio.
¿En tu casa también tocás otros géneros o el acordeón siempre vuelve al chamamé?
No suelo agarrar mucho el acordeón en casa, pero cuando lo hago, siempre toco chamamé. Alguna vez me pidieron una cumbia en un escenario y saqué un pedacito, pero nada más.
Me considero una persona muy cerrada en lo que hago. Puedo aprender otras cosas, pero estoy muy identificada con mi estilo.
Alguna vez dijiste que el chamamé es tu vida. ¿Cómo le explicarías eso a alguien que nunca lo escuchó y que quizás no entiende por qué una música puede significar tanto?
Tiene que ver con cómo hacés que el chamamé forme parte de tu vida. Si solamente lo vivís los fines de semana, cuando tenés que ir a tocar, entonces es parte de tu trabajo, como cualquier otro.
Yo vivo el chamamé todos los días, y no hablo solamente de la música. Está en cómo me visto, en ir al campo, en escuchar la radio, mirar videos y estar siempre conectada con ese mundo.
A lo largo de estos 18 años nunca tuve al chamamé solamente como un trabajo. Siempre fue mi vida, mi forma de ser y algo que está presente en todo lo que hago. Si me piden que vaya a tocar a una escuela o a una iglesia, muchas veces lo hago desinteresadamente, porque es parte de mí.
Tu manera de estar en el escenario también es muy particular: bajás, caminás entre la gente, bailás y hacés participar al público. ¿Cuándo empezó todo eso?
Empezó cuando tenía nueve años y subí por primera vez al escenario de la bailanta del Puente Pexoa. Estaba muy nerviosa porque era mi primera actuación con el conjunto de mi papá.
Vi a los bailarines y, con esa picardía de criatura, empecé a zapatear como podía. No sabía hacerlo y hasta tenía unas alpargatas grandes que se me salían. Mi papá me preguntaba qué estaba haciendo.
Después le dije que me gustaba y mi hermano me enseñó a zapatear. También le pedí a mi papá que no quería quedarme quieta arriba del escenario, que quería estar con la gente. Entonces tuvo la idea de instalarle un sistema inalámbrico al acordeón para que pudiera moverme.
Él me acompañó mucho en esa decisión. Con el tiempo fui sumando mis propias ideas. Si comparás una actuación mía a los nueve años con lo que hago hoy, hay muchas diferencias: ahora hablo con el público, lo hago cantar, le pido que haga sapucái y busco que participe.
¿Qué te da la gente cuando estás ahí abajo, compartiendo la música en las bailantas y en los festivales? ¿Qué aprendiste de ese encuentro?
La gente te transmite mucha adrenalina. También me pasó muchas veces de subir al escenario triste o con pocas ganas y encontrarme con situaciones que me cambian el ánimo.
Hay momentos en los que incorporo al público a los chamamés clásicos, por ejemplo, cuando les pido que hagan un sapucái o que representen el llanto del caballo bayo. Siempre aparece alguien con una ocurrencia y se genera una situación muy divertida. La gente conversa con vos, participa y se ríe.
Creo que lo más importante es la conexión y la confianza que se genera. Yo bajo, invito a alguien a participar y esa persona se anima. No es un personaje: soy así también en mi vida cotidiana, muy espontánea y confianzuda.
Cuando se transmite esa confianza, yo disfruto y la gente también. Me siguen en lo que hago y me demuestran todo lo lindo que se fue construyendo durante estos años. A veces tengo muchas autocríticas, pero cuando veo que puedo hacer reír a la gente, siento que algo estoy haciendo bien. Siempre estoy agradecida por lo que me transmiten.
Alguna vez contaste que ser mujer y tocar el acordeón no fue sencillo y que incluso sentiste discriminación. ¿Creés que esa situación cambió?
Sí y no. Creo que todavía siguen existiendo esas situaciones, y no solamente conmigo. Hace poco hice un comentario sobre un festival en el que, habiendo tantas mujeres, había una presencia mayoritaria de hombres.
El problema también está en las programaciones. Nunca vi que se respetara la ley de cupo femenino, que establece un porcentaje de participación de mujeres en los festivales.
Cuando empecé había muy pocas acordeonistas mujeres. Hoy hay muchas, también hay cantantes y guitarreras, y en distintos estilos: romántico, tarragocero, para bailar e incluso cumbia. Es una lástima que, teniendo tantas artistas, todavía no estén suficientemente representadas.
¿Qué te pasa cuando sabés que hay una nena que empezó a tocar el acordeón porque te vio a vos?
Me pasó muchas veces. Recuerdo una experiencia en Chubut, cuando fui a una fiesta, y también en Neuquén, en Junín de los Andes. Estábamos en el hotel y una pareja se acercó para preguntarme si su hija podía conocerme.
Era una nena de ocho años que me contó que había aprendido a tocar el acordeón porque había visto mis videos. Tenía su acordeoncito y sabía dos temas de mi repertorio. Estuvimos toda la tarde juntas y a la noche la invité a tocar en el festival. Se largó a llorar durante la actuación y sus papás también.
Después me pasó con otras personas. Una mujer llamada Marianela Obispo me contó que había empezado a tocar el acordeón a los 30 años porque había visto uno de mis videos.
Yo trato de no tomarlo como algo para creerme más de lo que soy. Lo naturalizo bastante y no quiero pensar que alguien empezó a tocar por mí. Pero son experiencias muy lindas.
¿Y cómo te llevás con las críticas?
Muy mal. Ahí sí me creo todo lo que me dicen.
Me cuesta aceptar las críticas del periodismo, de la gente y también de mis colegas. Las de la gente que no pertenece a mi ambiente quizás me dolieron un poquito menos. Con los colegas también vas aprendiendo a conocerlos y te hacés un poco más dura, pero al principio siempre duele.
¿Cómo armás tu repertorio? ¿Cambia según el lugar en el que vas a tocar?
Sí, depende mucho del lugar. Por ejemplo, cuando voy a la zona de Santa Fe, gustan mucho los chamamés en notas menores. En Entre Ríos y Misiones aparecen mucho la chamarrita y los valseados. En Formosa, en cambio, las polcas tienen que estar sí o sí.
Estoy pendiente de esas particularidades y voy adaptando una parte del repertorio para que la gente también se sienta identificada.
Después de tantos años de trayectoria, viajes y escenarios, ¿qué cosas de la tradición que recibiste de tu papá y de los grandes maestros no estás dispuesta a cambiar? ¿Y qué sentís que el chamamé necesita transformar?
Lo que no voy a cambiar es mi estilo y mi esencia. Tuve propuestas de algunos productores para modificar lo que hago, incluso de un productor muy conocido de Formosa, que quería llevarme hacia lo que hoy se escucha.
Pero no quiero cambiar mi identidad para salir a tocar más, hacerme famosa o estar en todos lados. Hay una desesperación por conseguir oportunidades que lleva a algunos a modificar su estilo, pero yo no estoy dispuesta a hacerlo.
Para cerrar: si hoy tuvieras enfrente a una nena de siete años que está empezando a tocar el acordeón, ¿qué consejo le darías? ¿Qué te habría gustado saber a vos cuando empezaste?
Le diría que no sea tan sentimental, que no se tome todo tan a pecho ni haga un drama de cada cosa. Que disfrute y que siga adelante.
También le diría que no dude de su esencia, porque eso es lo que tiene que sostener. Que no dé tantas vueltas y que, si tiene que ir a chocar en algún escenario, que choque, pero que no se quede quieta.
Que siga, porque le esperan muchas cosas lindas de la mano de la gente.