Por Eduardo Ledesma
Versión gráfica: Belén Da Costa
En el episodio 24 hablamos con Luis Martínez. Nació en San Cosme y empezó a defender el ambiente cuando tenía 12 años. Desde entonces trabajó con Greenpeace, WWF y la UICN, participó en proyectos de conservación en América Latina y en Sumatra, fue reconocido como uno de los jóvenes líderes ambientales de América Latina e invitado por Harvard.
Esta semana, en la que se conmemora el Día de los Parques Nacionales, el ambiente vuelve a ser tema. Y Luis Martínez tiene algo que decir que va más allá de los videos de animales y las frases bonitas: después de 16 años de advertencias, su pregunta ya no es si la naturaleza está peor, sino si nosotros nos acostumbramos a que esté peor. ¡No te lo pierdas!
¿Quién sos? ¿Cómo te definirías ante alguien que no te conoce?
Soy un defensor de la vida y de los recursos naturales que tenemos en este planeta. Me definiría, sobre todo, como un defensor de lo nativo. Soy muy de lo autóctono, de defender nuestros recursos. Dedico mi tiempo y los recursos que puedo conseguir a proteger la naturaleza, no solamente de mi provincia, sino también a nivel nacional.
Empezaste a involucrarte en la defensa del ambiente a los 12 años. ¿Recordás qué fue lo que viste en San Cosme que te hizo pensar que algo tenía que cambiar?
Antes de involucrarme en el ambientalismo, me gustaba pintar y dibujar la naturaleza. Pero me preguntaba cómo podía pintar un paisaje si, cuando quería hacerlo, aparecían las consecuencias de las acciones humanas: las quemas, los residuos arrojados en espacios naturales y otras problemáticas.
Entonces pensé que tenía la posibilidad de hablar sobre esos temas y difundirlos. Estamos hablando de 2011 o 2012, cuando las cuestiones ambientales tenían mucha menos presencia. Para informarme tenía que ir a la biblioteca, buscar libros o comunicarme por correo electrónico con otras organizaciones.
Empecé a investigar y decidí ir a las escuelas, porque creo que la educación es el punto de partida. Me enfoqué especialmente en los jardines de infantes, porque los chicos están en una etapa en la que absorben mucha información.
Mi idea no era solamente hablar dentro del aula, sino salir y acercarlos a la naturaleza: que conocieran las especies nativas y exóticas, que aprendieran a relacionarse con el entorno y a descubrir el lugar donde vivían. Así empezó todo un proceso de aprendizaje y contactos que continúa hasta hoy.
Después de tantos años de trabajo, ¿creés que el problema ambiental sigue siendo la falta de conciencia o que ya tenemos información y lo que falta es compromiso y decisión política?
En los últimos años vi que una parte de la sociedad ya tiene conocimiento, pero falta compromiso para involucrarse. La gente sabe que está mal tirar basura en determinados lugares o lastimar a un animal, pero eso no siempre se traduce en acciones.
También faltan políticas que acompañen y sostengan ese compromiso. No estamos trabajando solamente sobre la falta de conocimiento, sino sobre conductas generacionales que se naturalizaron y que hay que modificar.
A veces se dice que las nuevas generaciones pueden salvar el planeta, pero cuando se abren espacios para que los jóvenes participen, muchas veces no encontramos a tantos involucrados. Por eso creo que necesitamos cambios en las leyes, en las formas de educar y transmitir, y un mayor acompañamiento a las instituciones que trabajan estos temas.
Es un trabajo constante y cambiante. Hoy tenemos la información al alcance de un celular, pero también circulan muchas noticias falsas que confunden a la sociedad. Hay que encontrar nuevas maneras de transmitir y enseñar.
Trabajaste con organizaciones internacionales y participaste en experiencias en otros países. ¿Hubo alguna que te haya cambiado la manera de mirar la naturaleza y tu propio trabajo?
Una de las experiencias que más me marcó fue un viaje a Paraguay junto con WWF, cuando estaba empezando a involucrarme más en el activismo ambiental. En ese momento se discutía la Ley de Deforestación Cero y viajamos para conocer de cerca lo que estaba pasando.
Recorrimos zonas donde se estaban desmontando bosques. Encontrábamos caminos bloqueados con troncos para impedir que pasáramos y sabíamos que, al cruzarlos, quizás podíamos volver o quizás no. Yo tenía 13 años, estaba en un país que no conocía y había escuchado que algunos periodistas que investigaban esas situaciones habían desaparecido.
A pesar del miedo, necesitábamos saber qué estaba ocurriendo. Cuando vimos la cantidad de desmontes y animales muertos, entendí que había algo que debía cambiar. Pero también me pregunté qué hacía yo en Paraguay si en mi propio país y en mi provincia sucedían situaciones similares.
Decidí volver y trabajar por Corrientes. Tuve propuestas para irme a otros lugares, pero elegí quedarme porque todavía hay mucho por hacer acá. ¿Cómo pretendo ayudar a cambiar el mundo si no puedo trabajar para modificar las conductas y las acciones que ocurren en mi provincia?
¿Qué aprendiste sobre Corrientes cuando pudiste mirar nuestra realidad desde otros lugares? ¿Hay algo que por vivir acá no terminamos de valorar?
Tenemos el enorme privilegio de contar con los Esteros del Iberá, pero también con una cultura, una historia y muchas personas conectadas con la naturaleza. Corrientes tiene mucho para contar y poco se cuenta.
Por eso empecé a trabajar para acercarles a los chicos el conocimiento de nuestra fauna nativa. En las escuelas muchas veces hablamos de elefantes o leones, pero tenemos carpinchos, aguará guazú y especies hermosísimas que forman parte de nuestro territorio.
El yaguareté es uno de los animales que más me gustan. Es un ejemplar imponente que viene luchando por sobrevivir frente a todas las acciones humanas que provocan su extinción. Tenemos la oportunidad de recuperarlo en Corrientes y de contarles a los chicos que está volviendo, pero también que somos responsables de protegerlo.
Hace poco hubo una condena por la muerte de un yaguareté en Formosa. ¿Sentís que también está cambiando la respuesta institucional frente a estos delitos?
Creo que las sanciones siguen siendo muy tibias. Esto demuestra que falta un compromiso genuino por parte de los funcionarios que pueden modificar la ley de fauna o impulsar nuevos proyectos para proteger a estos animales.
Las sanciones actuales son mínimas frente al daño que se está provocando. Necesitamos que haya consecuencias más contundentes y que se marque un precedente.
Hoy tenés mucha visibilidad en redes sociales. ¿Sentís que el ambientalismo corre el riesgo de convertirse en una cuestión de imagen, con videos de animales y mensajes lindos, pero sin involucrarse en los problemas más graves?
Hay muchas personas que defienden el ambiente, pero a veces falta dar un paso más e involucrarse. Nosotros recibimos denuncias todos los días, intervenimos en esas situaciones y participamos como querellantes en distintas causas.
También acompañamos a los fiscales, orientamos sobre los procedimientos y sobre qué elementos deben incautarse. Eso también es hacer ambientalismo: actuar contra quienes perjudican el ambiente, sin importar de dónde sean.
Por ejemplo, en San Miguel ocurren con frecuencia casos de caza de ciervos de los pantanos. No se trata solamente de combatir a quienes cazan, sino de lograr que entiendan que matar a un animal protegido tiene consecuencias.
También está naturalizada la tenencia de animales silvestres como mascotas. Algunas personas tienen un carpincho en su casa, pero no conocen el daño que le provocan. Cuando el animal crece y se vuelve agresivo, ya no lo quieren y pretenden dejarlo en el Centro Aguará.
Ese problema lo generaron ellos y no pueden desligarse de esa responsabilidad. Por eso buscamos que existan sanciones, incluso administrativas, para que se entienda que tener animales silvestres como mascotas está mal.
¿Alguna vez algún funcionario, empresa o sector del poder intentó que dejaras de denunciar o de hacer visibles determinadas situaciones?
Hubo funcionarios de la provincia a quienes les molestaba que hiciera ruido mediáticamente o que insistiera en dar a conocer determinadas situaciones.
Por ejemplo, durante la pandemia reclamé por la protección de los bancos de arena, porque se estaban ocupando esos espacios naturales. Hubo personas cercanas al poder político a las que les molestaba que hablara sobre esos temas o que cuestionara el uso de esos lugares.
Pero trato de no darle prioridad a esas situaciones frente a otras problemáticas que requieren mayor atención.
En las denuncias por caza furtiva, tráfico de fauna o pesca depredatoria, ¿encontraste vínculos con otros delitos o complicidades que van más allá de quien caza un animal?
Sí. En muchos procedimientos nos encontramos con situaciones en las que el cazador es familiar de alguien y, por ese motivo, la causa no puede continuar o termina archivada.
Cuando se trata de una especie protegida a nivel nacional, buscamos acudir a la Justicia nacional si la provincial no puede avanzar. Siempre intentamos encontrar la manera de que la persona entienda que está haciendo algo incorrecto.
También hemos visto casos de personas que ocupan cargos dentro de instituciones que supuestamente deben proteger el ambiente y, sin embargo, tienen conductas contrarias a esa función.
Creo que parte de la situación ambiental que tenemos en nuestra provincia y en el país responde a que no siempre hay personas idóneas en los cargos, con la mirada técnica y científica que se necesita para proteger los recursos naturales.
Corrientes atravesó grandes incendios en 2022 y ahora enfrenta la posibilidad de otro fenómeno climático complejo, como El Niño y las inundaciones. ¿Puede recuperarse la naturaleza de estos impactos? ¿Qué pueden hacer las instituciones?
Ahí entran en juego la mitigación, la prevención y también el trabajo posterior a una catástrofe. Después de los incendios, por ejemplo, es necesario hacer relevamientos para conocer qué especies fueron afectadas, qué intensidad tuvo el fuego y qué daños provocó.
Todo eso requiere un trabajo técnico que muchas veces el Estado no realiza, ya sea porque no quiere o porque no cuenta con los equipos necesarios. Creo que debe involucrarse en la restauración de las zonas dañadas. En algunos lugares tuvieron que intervenir organizaciones porque no hubo una respuesta estatal.
También hay que respetar las áreas protegidas y solicitar los permisos correspondientes antes de intervenir. Pero en aquellos espacios naturales que forman parte de corredores biológicos, donde habitan distintas especies, es importante trabajar para recuperar el ambiente.
Este año se empezó a trabajar institucionalmente sobre los posibles impactos de El Niño. Todavía se estudian sus comportamientos y proyecciones, pero Corrientes y la región del Litoral podrían ser algunas de las zonas más afectadas.
También tenemos que preguntarnos qué va a pasar con los animales silvestres si se producen inundaciones. Necesitamos planes para saber cómo actuar y cómo ayudarlos. Con los incendios, por ejemplo, trabajamos con los bomberos para que, si encontraban animales heridos, se comunicaran con el Centro Aguará y pudieran monitorearlos. La articulación entre instituciones es fundamental.
Corrientes se convirtió en una referencia nacional en materia de conservación, pero también señalás que queda mucho por hacer. ¿Cuál es hoy nuestra mayor contradicción?
Uno de los principales temas en los que estoy enfocado es la protección de los yaguaretés que están recorriendo y descubriendo el territorio correntino.
Muchos de estos animales cruzan rutas nacionales y provinciales, pero hoy Corrientes no cuenta con suficientes pasafaunas ni señalizaciones que adviertan sobre la presencia de fauna silvestre y pidan reducir la velocidad.
En rutas como la que conecta San Luis del Palmar con San Miguel o Caá Catí es frecuente encontrar yacarés y carpinchos. Aun cuando las rutas no están en buenas condiciones, los vehículos circulan a determinadas velocidades, especialmente de noche, cuando hay poca iluminación.
No alcanza con colocar carteles o reductores de velocidad: también hacen falta controles y sanciones para quienes no respeten los límites. Tenemos que prepararnos para evitar lo que ocurre en Misiones, donde se registran numerosos atropellamientos de fauna, incluso de yaguaretés.
Estamos muy contentos de tener yaguaretés en Corrientes, pero también son animales vulnerables y tenemos que protegerlos.
La provincia apuesta al desarrollo forestal y al turismo de naturaleza. ¿Se puede crecer, generar trabajo y atraer inversiones sin poner en riesgo nuestros recursos naturales?
Sí, se puede, siempre y cuando haya políticas públicas que establezcan qué podemos permitir y qué no.
Una cosa es que alguien venga a utilizar nuestros recursos y otra es que pretenda quedarse con tierras y recursos que son fundamentales para nosotros. Hay muchos proyectos que vinculan el desarrollo con el ambiente y está bien que generen fuentes de trabajo, pero esas oportunidades tienen que estar acompañadas por una visión de conservación y protección.
No podemos abrir las puertas para que cada uno haga lo que quiera y termine perjudicando mucho más nuestros recursos naturales.
Estudiaste Derecho Ambiental y Derecho Animal. Desde tu experiencia, ¿faltan leyes o el problema es que no se cumplen las que ya existen?
Creo que también tenemos que revisar cómo se interpretan las leyes. Hay casos que tuvieron mucha repercusión, como el caso Alita, que necesitan otra perspectiva para que puedan llegar a determinadas sanciones.
En cuanto a la legislación, la Ley Nacional de Fauna es muy obsoleta y necesita actualizarse. Las penas deberían ser más altas: pasar de dos años a siete, ocho o diez años, para que quien cometa estos delitos sepa que va a tener consecuencias.
Una multa de cinco millones de pesos no compensa, para mí, la muerte de un yaguareté.
Hay una reacción social muy fuerte cuando muere un perro o un gato, pero no siempre sucede lo mismo con las especies silvestres. ¿Por qué creés que pasa eso?
Hay una especie de selección según el animal que se ve afectado. El yaguareté, el puma o el aguará guazú generan mucha reacción, pero si atropellan a un zorro, por ejemplo, algunas personas dicen que no pasa nada porque hay muchos.
Sin embargo, cada especie cumple un rol biológico dentro de la naturaleza. Tenemos que conocer nuestra fauna nativa y entender la importancia ecológica de cada animal.
No debemos esperar a que una especie esté al límite de la extinción para preocuparnos. Ya nos pasó con el yaguareté, con el oso hormiguero, con los lobitos y con otras especies. Por suerte, el trabajo de conservación permitió recuperar poblaciones como la del ciervo de los pantanos.
Recibiste reconocimientos internacionales y también el título de Mérito al Ciudadano en Corrientes. ¿Qué significó ese reconocimiento en tu propia provincia?
Me genera mayor compromiso. Siempre digo que, más allá de que los reconocimientos lleven mi nombre, también los dedico a las personas que trabajan todos los días y muchas veces no tienen visibilidad, reconocimiento ni espacios para mostrar sus proyectos.
Estos reconocimientos me permiten ayudar a que otras personas puedan hacerse conocidas y que sus actividades y su activismo tengan mayor difusión.
También implican apoyo, pero sobre todo responsabilidad con el trabajo que vengo haciendo desde hace años.
Tenés 28 años y empezaste a trabajar por el ambiente a los 12. Si nos volviéramos a encontrar dentro de 15 años, ¿qué tendría que haber cambiado en Corrientes para que esta entrevista haya valido la pena?
Muchísimas cosas. Para empezar, tendríamos que tener pasafaunas y leyes que garanticen una protección y conservación genuinas de nuestras especies.
Pero, sobre todo, me gustaría encontrar una sociedad consciente, que defienda la vida de los animales. No solamente de los silvestres, sino de todos: perros, gatos y cualquier animal.
No se trata únicamente de tener conciencia para no matar a un animal silvestre. También tenemos que dejar de lastimar a un perro, de castigar a un gato y aprender a ser más empáticos y humanos. Esa empatía no debería existir solamente con los animales, sino también con las demás personas, porque es algo que se está perdiendo mucho.