Arq. Carlos M. Gómez Sierra
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Actualmente comenzó a instalarse en la agenda pública de Corrientes un debate que ya atravesaron muchas ciudades del mundo: cómo regular el uso de los monopatines eléctricos. Su presencia volvió evidente una situación que hasta hace poco era marginal. Lo que empezó como una novedad tecnológica se convirtió en una nueva forma de movilidad que plantea desafíos para la seguridad vial, la convivencia en el espacio público y la actualización de normativas.
Sin embargo, este debate no debería interpretarse únicamente como un problema de tránsito. En realidad, lo que está en discusión es algo más amplio: la movilidad urbana. La diferencia entre ambos conceptos no es menor. El tránsito se refiere a la regulación de la circulación de vehículos en la vía pública: velocidades, prioridades de paso, señalización o sanciones. La movilidad urbana, en cambio, es un concepto más amplio que incluye la manera en que las personas se desplazan en la ciudad, los distintos medios que utilizan para hacerlo y la forma en que esos medios se integran al espacio urbano.
En otras palabras, mientras el tránsito se ocupa de ordenar la circulación, la movilidad urbana se pregunta cómo se mueve la ciudad y qué alternativas de desplazamiento se promueven o se desalientan. Desde esta perspectiva, la aparición de los monopatines eléctricos no es simplemente un nuevo problema para el código de tránsito, sino la incorporación de una nueva modalidad dentro del sistema de movilidad urbana.
Este fenómeno no es exclusivo de Corrientes. Desde mediados de la década pasada, los monopatines irrumpieron en ciudades de todo el mundo como parte de lo que se denomina “micromovilidad”: sistemas de transporte livianos pensados para trayectos cortos. En ciudades europeas, como Paris o Barcelona, estos vehículos se expandieron rápidamente, impulsados por servicios de alquiler gestionados a través de aplicaciones digitales, promoviendo una alternativa de movilidad ágil para distancias cortas.
Sin embargo, esta expansión inicial también generó conflictos. En muchas ciudades los monopatines comenzaron a circular por veredas, generaron accidentes o quedaron estacionados de forma desordenada en el espacio público. Esto obligó a gobiernos locales a avanzar en regulaciones específicas.
Hoy, en la mayoría de las ciudades europeas, los monopatines eléctricos están permitidos, pero bajo reglas claras: velocidad máxima no mayor a 25 kilómetros por hora, prohibición de circular por veredas, obligatoriedad de luces y frenos, y circulación en ciclovías o calles de baja velocidad.
En algunos casos, incluso, la reacción social frente al crecimiento desordenado llevó a decisiones drásticas. En Paris, por ejemplo, un referéndum derivó en la prohibición del sistema de alquiler de monopatines, aunque se mantiene permitido el uso de los vehículos privados.
En Estados Unidos el proceso fue similar, aunque con características distintiva: la regulación suele depender de cada ciudad. En grandes áreas urbanas como Los Angeles, Austin o New York, los monopatines forman parte del paisaje cotidiano, pero sujetos a normas que regulan velocidad, edad mínima de uso y espacios de circulación. En general, se los considera vehículos adecuados para resolver lo que los especialistas llaman “la movilidad del último kilómetro”: el tramo corto que conecta el transporte público con el destino final.
En Argentina la expansión de los monopatines eléctricos fue mucho más lenta. No existe todavía una ley nacional, por lo que su regulación depende de cada municipio. La ciudad que más avanzó es Buenos Aires, que los incorporó dentro de su Código de Tránsito en 2019. Allí se estableció que deben circular por ciclovías o calles, con velocidad máxima de 25 kilómetros por hora, casco obligatorio y prohibición de circular por veredas. Otras ciudades, como Rosario o Córdoba, adoptaron regulaciones similares, aunque con menor impacto debido a la escala todavía reducida del fenómeno.
En ciudades intermedias del país el panorama es más incipiente. Durante años, los monopatines eléctricos fueron prácticamente inexistentes. Sin embargo, en los últimos tiempos comenzaron a aparecer con mayor frecuencia, especialmente entre jóvenes, que los utilizan para desplazamientos cortos.
Ese parece ser el punto en el que se encuentra actualmente la ciudad de Corrientes. La creciente presencia de estos vehículos en las calles generó preocupación en relación a la seguridad y la convivencia vial, lo que motivó la presentación de proyectos de ordenanza en el Concejo Deliberante para regular su uso.
Las propuestas en discusión apuntan a establecer reglas similares a las vigentes en otras ciudades: límite de velocidad de 25 kilómetros por hora, edad mínima de conducción, obligatoriedad de casco y luces, prohibición de transportar acompañantes y restricciones para circular por veredas o rutas. También se discute la posibilidad de incorporar algún sistema de identificación para los vehículos.
Pero más allá de estas medidas -necesarias para ordenar el tránsito- el debate abre una pregunta más amplia: qué lugar tendrán en el futuro las formas de micromovilidad como monopatines eléctricos o bicicletas en la ciudad de Corrientes.
Desde el punto de vista urbanístico, lo que ocurre en Corrientes responde a un patrón frecuente en la historia de las ciudades. Primero aparece una innovación tecnológica -en este caso un nuevo vehículo- que comienza a utilizarse sin regulación específica. Luego, a medida que su presencia aumenta, surgen conflictos que obligan a las autoridades a intervenir mediante normas.
Sin embargo, la regulación del tránsito es solo una parte del problema. Integrar estas nuevas modalidades dentro de la movilidad urbana implica también pensar en infraestructura, seguridad vial y convivencia entre distintos modos de transporte.
Paradójicamente, muchas ciudades argentinas -como Corrientes- presentan condiciones favorables para el desarrollo de este tipo de movilidad: distancias urbanas acotadas y topografía plana hacen que trayectos cortos puedan recorrerse fácilmente en monopatín o bicicleta.
La discusión que hoy se abre en Corrientes podría ser, por lo tanto, una oportunidad para pensar de manera más amplia cómo se mueve la ciudad. Regular los monopatines eléctricos no es solamente establecer nuevas normas de tránsito. Es, en última instancia, comenzar a discutir el modelo de movilidad urbana que se quiere construir para los próximos años.