Arq. Carlos M. Gómez Sierra
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En toda ciudad el peatón es considerado el eslabón básico en la cadena de la movilidad urbana y, por tanto, la vereda es la infraestructura primera que garantiza la funcionalidad del sistema. Las veredas, por tanto, constituyen el espacio público más democrático de la ciudad: un territorio común que todos los ciudadanos comparten en igualdad de condiciones, sin distinciones sociales, económicas o culturales. En ellas, como proclama Jordi Borja en La ciudad conquistada (2003), el derecho a circular, encontrarse y participar de la vida urbana se ejerce de manera directa y cotidiana.
En ciudades como Corrientes, donde un porcentaje significativo de las veredas se encuentra en mal estado o inexistente, esta carencia no solo afecta la calidad del espacio público, sino que compromete la movilidad cotidiana y el derecho básico a la ciudad.
Desde una perspectiva histórica, las veredas fueron uno de los primeros hechos urbanos destinados a ordenar la convivencia entre peatones, vehículos y actividades. Su función inicial -proteger al peatón- se amplió con el tiempo hasta convertirse en soporte de la vida urbana: lugar de encuentro, de permanencia, de circulación y de interacción social. Jane Jacobs en su libro Muerte y vida de las grandes ciudades (1961) subrayaba que la vitalidad de una ciudad se mide, en gran parte, por lo que sucede a nivel peatonal. Y la vereda es precisamente el escenario donde esa vitalidad se manifiesta con mayor claridad.
En Corrientes, sin embargo, las veredas revelan una marcada desigualdad. Mientras algunos sectores centrales o vinculados a actividades comerciales cuentan con aceras continuas y transitables, otras zonas de la ciudad -barrios periféricos, áreas de crecimiento reciente o sectores consolidados pero poco atendidos- presentan veredas con un estado funcional deficiente, ocupadas por obstáculos, o directamente ausentes. En estos casos, el peatón se ve forzado a caminar por la calzada, compartiendo espacio con el tránsito vehicular, lo que incrementa notablemente el riesgo de accidentes y desalienta la movilidad a pie.
Esta situación afecta de manera particular a los sectores más vulnerables: niños, personas mayores, personas con discapacidad y quienes no cuentan con movilidad vehicular particular. La ausencia de veredas adecuadas limita la autonomía, restringe el acceso a equipamientos urbanos básicos -escuelas, centros de salud, paradas de transporte- y refuerza dinámicas de exclusión. Desde la óptica de Henri Lefebvre, el derecho a la ciudad no se reduce al acceso a la vivienda, sino que incluye la posibilidad real de habitar y recorrer el espacio urbano. Una ciudad sin veredas dignas es, en este sentido, una ciudad que niega ese derecho a una parte considerable de su población.
Así mismo el mal estado, o directamente la inexistencia de veredas, impacta directamente en el cumplimiento cotidiano de actividades y responsabilidades básicas. Al impedir o volver inseguro el desplazamiento a pie hacia la escuela, el trabajo o los servicios esenciales -sobre todo en días de lluvia-, repercute en la economía y el desarrollo urbano: menor asistencia escolar, menor presencialidad laboral, pérdida de productividad y mayores costos sociales, afectando especialmente a los sectores con menos alternativas de movilidad.
En este punto, la relación entre veredas y ambiente urbano resulta central. Una vereda bien diseñada y materializada con superficies aptas para el tránsito peatonal no solo permite caminar con seguridad, sino que contribuye a mitigar la isla de calor urbana. Superficies permeables, arbolado, franjas verdes y un adecuado diseño del espacio pueden reducir temperaturas, mejorar el confort térmico y favorecer una ciudad más resiliente frente al cambio climático. En Corrientes, donde el espacio público suele pensarse de manera fragmentada, la vereda aparece como una oportunidad estratégica para articular movilidad, ambiente y calidad urbana.
Otro aspecto frecuentemente subestimado es el rol económico de las veredas. La actividad comercial de proximidad -almacenes, bares, farmacias, negocios- depende en gran medida de la circulación peatonal. Veredas deterioradas o inexistentes desalientan el tránsito a pie, afectan la visibilidad de los comercios y empobrecen la vida urbana. Jan Gehl en su libro Ciudades para la gente (2010) ha insistido en que las ciudades que priorizan al peatón generan espacios más activos, más seguros y más prósperos. En Corrientes, mejorar las veredas no es solo una cuestión de seguridad y estética urbana, sino una inversión en economía y desarrollo local.
La gestión de las veredas plantea, además, un desafío institucional. Tradicionalmente, en muchas ciudades argentinas, su mantenimiento recae en los frentistas, lo que genera resultados desiguales y discontinuos. Esta lógica resulta especialmente problemática en contextos de desigualdad socioeconómica, donde no todos los vecinos cuentan con los recursos para construir o mantener una vereda adecuada. Pensar la vereda como infraestructura pública implica asumir una mayor responsabilidad estatal en su planificación, ejecución y mantenimiento, estableciendo criterios comunes de diseño, accesibilidad y calidad.
Desde una mirada contemporánea, la vereda debe concebirse como un espacio multifuncional. No solo canaliza el desplazamiento peatonal, sino que alberga arbolado, iluminación, equipamiento urbano, rampas de accesibilidad, paradas de transporte y, en muchos casos, actividades sociales informales. En Corrientes, donde la vida urbana se expresa con fuerza en la calle -con encuentros espontáneos, comercio barrial y uso intensivo del espacio público-, la calidad de las veredas adquiere un valor cultural adicional.
Finalmente, abordar el déficit de veredas en Corrientes supone repensar el modelo de ciudad. Priorizar al peatón es, en última instancia, una decisión política y cultural. Implica desplazar el foco excluyente de la movilidad vehicular hacia una ciudad más caminable y más accesible. Las veredas, en su aparente modestia, condensan una visión de ciudad: una que reconoce la peatonalidad como forma básica de habitar y disfrutar la ciudad.
En una ciudad como Corrientes que enfrenta desafíos estructurales en materia de infraestructura y clima, las veredas no deberían ocupar un lugar marginal en la agenda urbana. Por el contrario, su mejora sistemática puede convertirse en un punto de partida concreto para construir una ciudad más integrada y saludable. Porque, en definitiva, la ciudad comienza -y se experimenta- a la altura de los pies.