Por Carlos Lezcano
La obra de Piasentini traza un territorio, define una región sin necesidad de enfatizar el costumbrismo. No hay ranchos, ni pescadores, ni caballos. Hay un agua que cae verticalmente al encuentro de otra, acostada; ambas portadoras de líneas ondulantes. Más allá, otra trama de aguas, también móviles, cae. Fluye la noche. Azulea el agua y se abre ante nosotros una vida.
El río nos muestra una naturaleza plácida y sin adornos que despierta nuestros sentidos. Sin canoas, ni remos, ni pies descalzos, ni redes. Solo una zona de agua con luna redonda, veteada puntillosamente.
“Mi intención no es representar el paisaje correntino de forma literal, sino más bien aquello que no se ve, lo invisible. Tiene que ver con la construcción de un paisaje interior y con el momento de la noche, que es más tranquilo y silencioso. Habilita una percepción más contemplativa del paisaje”, dice AP.
Hay un agua que baja, un árbol erguido con una rama inclinada y flores en un espacio sin orillas.
Esa noche es azul. No sabemos por dónde salió el sol ni por dónde se fue. Un misterio fluvial nos interpela en su simpleza y en su densidad. Algunas flores se zambullen en la oscuridad.
“El paisaje de río es una presencia cotidiana y forma parte de un paisaje afectivo de la infancia, que fue moldeando mi forma de ver el mundo y de construir imágenes. Las líneas que se ramifican y se expanden son más bien recorridos, no objetos específicos”, aclara la artista.
“Creo que el río es un modelo compositivo en tramas que funcionan como corrientes. Me interesa porque cambia: el agua no tiene una forma propia, sino que va adoptando formas. El río y el tejido están hechos de líneas, son sistemas de conexiones; se construyen por entrecruzamientos, contienen memorias, son estructuras vivas que cambian todo el tiempo”, sostiene.
En la placidez del agua aparecen los veriles, esas olitas leves del río que surgen del trazo lento —o lentísimo— del bordado de Piasentini.
La mano recorre una emoción y traza un sentido dentro de un espacio indefinido que fluye incesantemente. La aguja y el hilo emprenden así la aventura de encontrar un camino siempre imprevisible, incierto, hasta que sucede la segunda puntada. Ya está. ¿Ya está? Otro árbol se alza más recto y deja caer una flor. Parece de lapacho, aunque tal vez no convenga aventurarse a verificaciones innecesarias. ¿Es de noche? Tal vez sea el día mostrando su otra luz.
“Pienso que el río es una imagen que expresa mi forma de ver el mundo: como una trama de relaciones, movimientos, ritmos y transformaciones continuas. El bordado lo elijo desde hace varios años y lo sigo eligiendo porque me parece una forma de pensamiento. Me permite desarrollar esta investigación visual vinculada al paisaje, al tiempo, a la percepción, a la memoria. Deja de ser algo simplemente decorativo o artesanal y pasa a ser una herramienta de investigación, una forma de pensar. Hay algo del bordado que me interesa mucho: esa construcción lenta de algo real, de algo vivo”, sostiene.
Una clave es el tiempo. ¿En su morosidad?
Exige mucho tiempo. Cada línea, cada trazo debe ser recorrido físicamente por la aguja. Entra y sale, atraviesa la tela. No hay atajos. Y resulta interesante esa tensión entre el orden y la estructura, por un lado, y la vitalidad, la frescura y la espontaneidad de cada puntada, por otro.
¿Podemos decir que hay un sistema?
Hay un sistema, una trama, pero nunca completamente previsible. Cada puntada presenta pequeñas variaciones; aparecen patrones, pero también está presente la singularidad y la fluidez en la espontaneidad. En el bordado, además, resulta interesante que para construir la imagen sea necesario perforar el soporte. Remite a la idea de la herida como portal. También hay otra cuestión relevante del material en sí: el lino, el algodón, la tensión del hilo, la resistencia de la tela; todos participan activamente en la obra.
“Pienso que hay una inteligencia propia del material —del algodón, del lino—, que aporta sus características intrínsecas. Y en el bordado también aparece el tiempo lento, lo doméstico, las herencias: mis abuelos tenían una tapicería, mi abuela siempre estaba bordando o pintando. Intento desplazar esas prácticas hacia un campo más vinculado al arte contemporáneo”.
Allá van sus pacientes hilos, “siguiendo el sentido
de un nocturno canto en la emoción del río,
en busca del secreto sensible del paisaje
que, aun amándolo, se le escapa, delgado”. (Juan L. Ortiz)