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Las ciudades invisibles: lo que sostiene la vida urbana

Por El Litoral

Domingo, 12 de julio de 2026 a las 11:18

Arq. Carlos M. Gómez Sierra

contacto@consultoraurbana.com



La última Feria Provincial del Libro de Corrientes es la excusa, en este caso, para referirnos a un libro fundamental que nos remite a mirar la ciudad desde otra perspectiva.

En 1972 el escritor italiano Italo Calvino publica un libro titulado Las ciudades invisibles. El mismo es una exploración poética sobre la ciudad como construcción de la memoria, el deseo y el lenguaje. A través de relatos breves, imagina ciudades imposibles que revelan verdades sobre la experiencia urbana, el tiempo y la condición humana. Pero también existen otras “ciudades invisibles”, aunque de presencia concreta y real en nuestras vidas cotidianas.

Toda ciudad no es solo aquello que recorremos, percibimos o habitamos en su superficie. No se agota en edificios, plazas, calles ni en las formas de la vida urbana que tenemos al alcance de la mano. La ciudad es también lo que ocurre debajo de nuestros pies: un entramado complejo de infraestructuras, condiciones geológicas, sistemas técnicos y capas históricas que sostienen, condicionan y hacen posible la experiencia urbana. Pensar la ciudad únicamente desde lo que percibimos con nuestros sentidos a nivel de superficie es una comprensión incompleta, que suele conducir a diagnósticos parciales y a decisiones erróneas.

Bajo la superficie de la ciudad se despliega una dimensión fundamental: el suelo como soporte físico. La capacidad portante del terreno, su composición, su comportamiento frente al agua y a las cargas, son variables estructurales que determinan qué puede construirse, cómo y con qué límites. No todos los suelos admiten la misma densidad, ni responden de igual modo al crecimiento vertical o a la concentración de infraestructuras. Sin embargo, en muchas ciudades estas condiciones suelen ser subestimadas o abordadas de manera reactiva; recién cuando aparecen patologías edilicias, hundimientos, fisuras o problemas de drenaje.

El suelo urbano no es un dato neutro ni homogéneo. Está atravesado por procesos naturales -sedimentación, compactación, presencia de napas freáticas- y por transformaciones realizadas por la acción humana: rellenos, excavaciones, canalizaciones, antiguas trazas. Cada una de estas capas deja huellas que persisten en el tiempo y que condicionan el presente. Así, la ciudad se comporta como un palimpsesto, donde lo nuevo se superpone a lo preexistente sin que esto desaparezca del todo.

A esta dimensión geológica se suma la infraestructura invisible, quizá el sistema más determinante y, paradójicamente, menos percibido por la ciudadanía. Redes de agua potable, cloacas, desagües pluviales, energía eléctrica o telecomunicaciones, conforman una trama que permite el funcionamiento urbano. Cuando estas infraestructuras operan correctamente, pasan inadvertidas; cuando fallan, la ciudad entra en crisis.

En tal sentido, la calidad de vida urbana está estrechamente ligada a la calidad y actualización de estas redes. Inundaciones recurrentes, conexiones cloacales clandestinas o falta de presión de agua no son fenómenos “naturales”, sino síntomas de infraestructuras insuficientes. En este sentido, lo que sucede bajo tierra condiciona directamente lo que ocurre en la superficie: la posibilidad de habitar, de invertir, de desplazarse y de producir en la ciudad.

Existe además una dimensión temporal muy importante. Las infraestructuras suelen diseñarse para horizontes largos, pensadas para demandas futuras que no siempre se cumplen o que, por el contrario, son ampliamente superadas. Muchas ciudades crecen en extensión o densidad sin que sus sistemas subterráneos acompañen ese proceso. El resultado son ciudades que aparentan expandirse, pero que se sostienen sobre una base técnica pensada para otra escala y otro modelo urbano.

Esta desconexión entre crecimiento visible y soporte invisible genera tensiones estructurales. Nuevos barrios, edificios o equipamientos se conectan a redes existentes sin una evaluación de su capacidad real. El suelo se sobrecarga, las napas se alteran, los desagües se saturan. La ciudad continúa funcionando, pero lo hace de manera cada vez más frágil, acumulando riesgos que suelen manifestarse de forma intempestiva ante eventos climáticos o picos de demanda.

Pensar la ciudad desde abajo implica también reconocer que la infraestructura es un hecho político y cultural, no solo técnico. Las decisiones sobre dónde invertir, qué redes ampliar y cuáles postergar, reflejan prioridades, modelos de ciudad y, muchas veces, desequilibrios territoriales. Hay zonas donde la infraestructura esta correctamente dimensionada, y otras donde resulta precaria o inexistente. Estas diferencias, no siempre visibles, estructuran desiguales oportunidades de desarrollo urbano. 

En ciudades con importante presencia de cursos de agua, suelos blandos o condiciones ambientales sensibles -como ocurre en Corrientes y gran parte del litoral argentino- esta mirada resulta aún más relevante. La relación entre ciudad y naturaleza no se juega únicamente en el paisaje o en el espacio público, sino en la forma en que el subsuelo gestiona el agua, amortigua crecidas, permite la infiltración o agrava los escurrimientos. Ignorar estas dinámicas conduce a soluciones superficiales que, a largo plazo, agravan los problemas que intentan resolver.

Desde una perspectiva urbanística, incorporar lo subterráneo al pensamiento urbano supone cambiar el enfoque del proyecto y de la planificación. No se trata solo de diseñar “arriba” con criterios estéticos o funcionales, sino de entender que cada decisión formal tiene consecuencias técnicas y territoriales profundas. La ciudad no es una escenografía: es una estructura compleja donde la forma observable, el suelo y la infraestructura están indisolublemente ligados.

Asimismo, reconocer esta ciudad invisible permite valorar el rol crucial de disciplinas como la ingeniería, la geología, la hidrología o la planificación de servicios. Una ciudad sostenible no se construye solo con buenos edificios, sino con sistemas capaces de sostenerlos en el tiempo.

En definitiva, la ciudad que habitamos es tanto lo que vemos como lo que no vemos. Bajo cada calle, cada plaza y cada edificio, existe un mundo invisible que hace posible la vida urbana de todos los días. Ignorarlo es aceptar una ciudad frágil, vulnerable y reactiva. Integrarlo al pensamiento urbano es, en cambio, una condición indispensable para construir ciudades más equilibradas, resilientes y conscientes de sus propios límites. Pensar la ciudad desde el subsuelo no es solo un ejercicio técnico: es una forma más completa y responsable de entender qué ciudad tenemos y, sobre todo, qué ciudad queremos construir.

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