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No reseño por ello; reseño por mí

Por El Litoral

Martes, 11 de agosto de 2026 a las 12:59

Por Nicolás Zalazar.   

La última Feria del Libro de la ciudad de Corrientes pasó, para mí al menos, sin penas ni gloria. La instalaron en el moderno Complejo La Unidad: stands apretados, espacios prolijos apenas por compromiso, un recorrido que parecía diseñado para que el visitante terminara cuanto antes y buscara la salida. Atrás quedaron aquellas ferias de la ex Usina o del viejo Regimiento, donde uno entraba sin reloj y podía perder horas entre los pasillos, las muestras fotográficas, las pinturas y alguna pinta de cerveza local que justificaba otra vuelta más.

Será una forma de resistencia o, simplemente, un fetiche por el papel en tiempos de pantallas. Lo cierto es que me resistí a irme con las manos vacías. Me detuve, con alguna que otra debil expectativa, frente al stand de EUDENE y encontré No lloro por ella, lloro por mí (EUDENE, 2025), del psiquiatra y psicoanalista Fernando Abelenda

La tapa tiene esa rara virtud que poseen muy pocas: obliga a detenerse y mirar. Dos figuras silenciosas, pacientes, en cuclillas, mirando hacia la izquierda; y uno, por alguna convención íntima que jamás aprendió pero siempre obedeció, ubica hacia ese lado el pasado. Al ojear, descubrí que la pintura era del propio Abelenda y se llamaba Noriko-san. Quizá aluda a aquella historia donde Eva, una niña sueca, deshace las fronteras del tiempo y del espacio para encontrarse, en un sueño, con Noriko, una niña japonesa. O quizá no. Hay imágenes que funcionan mejor cuando no terminan de explicarse.

A lo largo del libro, Fernando Abelenda... mejor dicho, Fermín Miranda, no pronuncia discursos sobre la memoria. Hace algo bastante más novedoso: la deja trabajar. La saca de del escondite mas intimo de sus memorias y la expone al lector. Ese es el verdadero riesgo de la novela. Convertir la intimidad más doméstica, las conversaciones alrededor de una mesa del añorado café El Mariscal, la partida de los afectos más cercanos, en una lectura amable sin volverlas nunca complacientes. Todo ello atravesado por referencias a clásicos y contemporáneos de la literatura y de la música, que aparecen sin exhibicionismo, como van apareciendo los viejos amigos de Fermin: cuando hacen falta.

Hay palabras que tienen la pésima costumbre de llegar tarde, cuando uno ya levantó su vida con cuatro certezas improvisadas. Abelenda las deja sobre la mesa. Entonces el lector comprende que el duelo nunca termina siendo por quienes se fueron; siempre termina siendo por el hombre que uno va dejando de ser —o empieza, sin quererlo, a convertirse— cuando ellos desaparecen.

El capítulo "Misa y Cementerio", uno de mis favoritos, condensa el pulso entero de la novela. Un Fermín niño, hijo de una clase letrada, acomodada, acompaña a sus padres al funeral de un amigo de sus padres, un personaje de la aristocracia correntina llamado El Marques. Entre ceremonias solemnes, gestos de buena educación y una paquetería social que parece respirar por todos los presentes, algo lo desvía. No son los discursos ni los mármoles: son unos chicos descalzos, cargando baldes de agua en pleno invierno, casi fuera de escena, como si pertenecieran a otro mundo. Ahí comienza el verdadero viaje.

Como un Ulises atraído por el canto de las sirenas, Fermín se deja arrastrar por esa fascinación y termina perdido y encerrado en el cementerio. De allí se abrirá paso en una Corrientes suburbana, marginal, insumisa a todos los códigos de la respetabilidad familiar. No es solamente el extravío del niño que todavía no sabe regresar a su casa. Es el primer ensayo del desamparo. Más adelante, frente a las puertas cerradas del cementerio, aparecen Escato —vaya nombre: eskhatos, el último; skatos, la mierda— y Faustina, la "niña mortadela". Dos personajes que, sin proponérselo, le enseñarán una forma de ternura que lo acompañará para siempre.

Y está Corrientes.

Pero no la de las postales ni la que venden las nostalgias prefabricadas. La ciudad que recorre Fermín Miranda resiste al tiempo con obstinación y por supuesto, con misticismo. Capítulo tras capítulo aparecen nombres, esquinas, fachadas, artistas, escritores y personajes desconocidos, pero no menos pintorescos, que van componiendo una geografía invisible. Corrientes no está donde cualquiera mira. Sobrevive en las viejas fachadas con sus mamposterías del siglo XVIII, las descascaradas casa antigua reflejo del ocaso de una aristocracia gatsbiana, en un café que ya no existe, en un apellido pronunciado al pasar, en historias que se hacen canciones y poesías del chamame. Es una ciudad vieja no porque haya detenido el tiempo, sino porque aprendió a esconderlo. Hay que caminar despacio y atento a los detalles, para descubrir que, debajo del cemento nuevo, todavía respira esa Corrientes secreta que sólo conocen los observadores de los detalles. Y la novela de Abelenda por momentos se vuelve una referencia para poder encontrarla.

No esperen golpes de efecto ni sentimentalismo empaquetado para best sellers. La conmoción que va madurando Fermin niño, hasta el Fermin con años encima que se deja tomar por la nostalgia tras su ultima rutpura amorosa, trabaja de otra manera. Se infiltra. Avanza página tras página, como una rumor que primero parece insignificante y un día descubre que se torna imposible de eludir.

Y hablando de infiltrados, Abelenda narra, con un aire deliciosamente fontanarrosiano, una de las historias —o de los misterios— que más me fascinan de Corrientes: la relación de Graham Greene, el espía y el escritor, con esta ciudad. Resulta irresistible imaginar al autor de El Consul Honorario encontrando inspiración en los atardeceres correntinos, en el barrio Ferré o en las pequeñas tragedias urbanas; pero también al agente británico cultivando vínculos con aquellos curas tercermundistas excomulgados. Hay episodios que parecen inventados y, justamente por eso, merecen ser ciertos.

Abelenda escribe con la paciencia de quien desconfía del estruendo. Hace bien. Las pérdidas importantes nunca entran pateando la puerta. Se sientan en silencio, esperan años, y sólo cuando uno deja de defenderse se animan a decir su nombre. En esa espera, y en esa obstinación por mirar lo que casi todos pasan por alto, reside la mayor virtud de esta novela: demostrar que una ciudad también recuerda. Y que, a veces, cuando creemos estar leyendo la memoria de un hombre, es la ciudad la que termina contándonos quiénes fuimos.

Al terminar de leer No lloro por ella, lloro por mi – pensé en que hacer con el libro. Si prestárselo a alguien que le pueda gustar, sin acomodarlo en el sector de libros temporalmente favoritos o si vaya caminando hasta la esquina de Salta y Pellegrini, dejarlo en algún rincón de la vereda del café El Mariscal, para que forme parte de esa Corrientes que camino Fermin Miranda.

 

PS (Post Scritum)



*
Fernando Abelenda además de escribir esta entrañable obra, es psicoanalista. A mi entender uno de los fundadores del discurso, que otrora dictaba cursos en el salón del Instituto SEMPER, al que acudía con más furor de aprender que con entendimiento. Durante mi residencia universitaria y ansioso de experimentar el control de casos psicoanalítico, decidí consultar para que me supervise un caso, era de una mujer que había perdido varios hijos durante el embarazo, sin motivos orgánicos aparentes; y se encontraba nuevamente cursando un embarazo de riesgo. Expuse minuciosamente el caso, algunas absurdas y apresuradas interpretaciones acerca del lugar de la mujer-el útero-la madre y no se qué otras sandeces llenas de sentido pero insignificantes. Ante la atenta mirada y silenciosa escucha, lo único que me pregunto fue si había visto la película NOSFERATU, EL VAMPIRO del director WERNER HERZOG, ante mi obvia respuesta negativa, y seguramente su poca expectativa de que la vea me dijo: “el verdadero problema del inmortal, es que sabe que la cosa nunca se va a acabar”. Hoy, casi 15 años después de leer “No lloro por ella, lloro por mi” recién entendí la referencia y la pertinencia.

 

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