Por Eduardo Ledesma
Versión gráfica: Belén Da Costa
Poeta, narradora y performer española, nacida en Madrid. Publicó seis poemarios, un libro de relatos y acaba de presentar en Corrientes su primera novela: Anomal. Su obra explora la memoria, el cuerpo y lo cotidiano, aquello que casi nadie mira. Llegó a la Feria Provincial del Libro junto al escritor Rodrigo Galarza y se quedó a conversar con nosotros.
En este episodio hablamos de poesía, de novela, de inteligencia artificial y escritura, y de una pregunta que no tiene respuesta fácil: ¿qué es lo que una máquina todavía no puede escribir?
No es la primera vez que estás en Argentina ni en Corrientes. Pero ahora llegás con una novela que se llama Anomal. ¿Qué significa presentarla acá? ¿Por qué?
Es realmente una oportunidad para poder difundir un poco lo que estoy haciendo. Y estar aquí tiene que ver también con lazos muy personales, con cosas que me unen al escritor Rodrigo Galarza, a quien estoy acompañando durante unos meses en una estancia en Argentina.
Estamos haciendo cosas relacionadas con la literatura y la presentación de Anomal ha sido un momento muy lindo para mí, sobre todo porque Rodrigo pudo presentar el libro.
En la feria hubo varias actividades que compartieron, incluso lecturas. Vos venís escribiendo poesía, después aparece un libro de relatos y ahora una novela. ¿Por qué este cambio de formato?
No sé si hay un cambio. Realmente, me considero poeta y concibo la literatura a partir de lo poético. Pero es verdad que los registros son muy distintos. Entonces me puse en modo novela para escribir esta historia, porque obviamente la poesía no cuenta historias de la misma manera que lo hace la prosa.
Tenía ganas, tenía la necesidad de contar a partir de la prosa una historia larga. Lo intenté hace años y fracasé. Tengo que decir que no lo conseguí la primera vez que intenté escribir una novela y, bueno, me dediqué mucho a la poesía.
Pero siempre me quedó esa necesidad de intentarlo.
¿Hay algo que la poesía no te permitía decir?
O decirlo de determinada manera. Cuando te llega algo que sabés que tenés que compartir a través de la escritura, tenés necesidad de encontrar el formato más adecuado.
Generalmente me viene algo y digo: esto me sirve para poesía o me sirve para relato. Para novela era más complicado, porque tampoco me conectaba con una temática o con algo en lo que quisiera invertir tanto tiempo. Hasta que sucedió algo y pensé: “Ah, esto puede ser”. Si tiro de este hilo, creo que puede ser una novela.
Ya desde el título, Anomal empieza a despertar preguntas. ¿Qué es para vos? ¿Es una anomalía, una normalidad, una rareza?
“Anormal” es un término que resignificaron Deleuze y Guattari en un libro que se llama Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia. Cuando sucedió algo que me llevó a la idea de escribir la novela, yo estaba leyendo este libro. Entonces se conectaron dos cosas: un disparador biográfico y un capítulo que hablaba del devenir animal y de lo que es el anormal.
Anomal, si bien viene etimológicamente de anomalía, no es anormal. Tal como lo resignifican, tiene que ver con un animal y con una manada.
Si en el centro de la manada tenemos al líder, en la periferia, en los bordes, estaría el anormal. Y el anormal es aquel ser capaz de entablar vínculos y realizar puntos de fuga para generar una serie de parentescos con individuos que no son de su especie.
Por ejemplo, en la historia de Moby Dick y el capitán Ahab hay un devenir animal, y el ejemplo que ponen Deleuze y Guattari de anomal es Moby Dick. Y, bueno, yo, con esta idea, sin que en la novela haya una ballena blanca, tengo un gusano blanco.
Un gusano de seda.
Un gusano de seda. Es una relación, un vínculo que se establece en una periferia extraña, donde van a suceder cosas y metamorfosis interiores en los personajes.
La tapa del libro tiene justamente ese gusano. ¿Es ese animal el centro de una historia que conecta personas?
Perfecto, así es. Es el eje o el centro de esa historia.
¿Y qué te permitió decir finalmente que la poesía no te permitía, en función de esta imagen y de las relaciones humanas?
Me permitió relacionarme, a través del narrador, con los otros y con los encuentros inesperados. Me permitió hablar del duelo, de la estantería y también de las transformaciones interiores que nos atraviesan. Y, bueno, tocar esos temas eternos: la muerte y la vida.
Como decís, en esta portada hay un gusano porque quería también descentrar el antropocentrismo, que no fuera solamente el ser humano el que estuviera en el centro de esta historia. En el centro está un pequeño animal y, a partir de ahí, suceden cosas y se va desarrollando la historia.
No sé si aquí, creo que no, en Argentina se crían gusanos de seda en cajas. En España, la gente de mi generación criaba gusanos de seda en cajitas. Entonces veíamos todo el proceso de la vida, la muerte y la reproducción de estos animalitos, y a mí me ha resultado increíble ver todo ese proceso.
Esta historia trata de dos hermanas que de niñas estaban separadas y ambas tuvieron esos gusanitos de seda. Vieron ese proceso. Ese es el punto que las pone en contacto.
Esas historias mínimas, esos bordes, todo lo que no está centrado, sacralizado o institucionalizado, ¿son parte de lo que venís escribiendo? Es decir, tu mirada está puesta en los detalles, en aquello que en general no se ve o no se alumbra.
Me interesa lo pequeño porque en lo pequeño está también lo grande. Me interesa la mirada en las cosas que no son el centro del mundo. Pero creo que el centro está en todas partes.
Desde lo pequeño podemos hablar, como con el polvo, por ejemplo. Podemos hacer un recorrido simbólico de lo que el polvo es, pero también histórico y político. Porque ¿quiénes han sido las que han limpiado el polvo a lo largo de la historia? Las mujeres.
Entonces, si tirás de ese hilo de lo que el polvo es, aparece una realidad histórica que se puede contar. Y poéticamente se podría contar. Y acá también ocurre un poco eso.
Centrándome en este gusano de seda, son también los temas que me interesan.
Compartís muchas cosas con Rodrigo Galarza: España, Argentina, Corrientes y la literatura. ¿Qué ves en su escritura en relación con la tuya y en esos territorios que se comparten y se entrelazan?
Yo conocí, mucho antes de venir a Argentina y antes de venir a Corrientes, Corrientes por su poesía, por lo que él creó a través de sus recuerdos, de su lugar natal.
Me parecía fascinante cómo llevaba tan dentro la naturaleza, el paisaje, la gente. Y también había para él un proceso de transformación, porque hacía de lo que estaba lejos algo cercano. La escritura también nos sirve para eso: para hacer presente y traer con nosotros lo que tenemos lejos.
Entonces, sí, he aprendido mucho a través de su poesía sobre lo que es Corrientes. Y acompañarle, estar también aquí, viendo los lugares y la gente, me hace entender más esa poesía muy ligada a unas raíces correntinas, en un principio, en sus primeros libros, pero que luego, obviamente, cuando llega a Madrid, a España, se va abriendo hacia otros lugares.
¿Pero te reconocés ahí en algo?
En la poesía somos, creo, muy diferentes. Yo no tengo una poética apegada a un territorio. Él sí, aunque no solamente, por supuesto, pero su arranque poético está ahí.
Yo tengo quizá ese paisaje interior y personal, más interior y personal.
Hoy cualquiera puede pedirle un poema a la inteligencia artificial y tenerlo en segundos. ¿Qué es lo que todavía la máquina no puede escribir? ¿O qué no va a poder escribir nunca, si es que eso es posible?
Es un tema tan complicado el de la inteligencia artificial. Es increíble poder mezclar las dos palabras: inteligencia artificial y poesía. Quizás sean como aceite y agua, que no se pueden mezclar.
El lenguaje puede generar lenguaje poético, pero yo creo que está desalmado, por así decirlo. El alma no está presente.
¿Te preocupa que, además de poder objetivar y analizar la escritura, la inteligencia artificial termine unificándola, haciendo que haya voces que desaparezcan?
No quiero sentirme preocupada. Tengo bastantes preocupaciones. Realmente, lo que me gusta es escribir, disfruto escribiendo, disfruto estar en esa mirada poética, en ver.
Intento ver el mundo con esa mirada de inocencia porque, si no, me volvería loca y ya no me quiero ocupar de la inteligencia artificial. Sobre todo porque, por lo menos, no me va a quitar el pan. Los poetas y las poetas no ganamos dinero con esto.
Pero sí ha afectado a mucha gente la inteligencia artificial y esos trabajos. Como no es mi caso, yo me dedico a mi disfrute de la escritura.
Ahora te hago una pregunta como docente. En los talleres que das, ¿detectaste algo? ¿Te apareció alguien utilizando inteligencia artificial?
Yo no tengo un detector de nada. Lo que me dan lo puedo comentar. Y sería tan absurdo que alguien que va a un taller para escribir poesía genere su poema a través de una inteligencia artificial que no tendría sentido de ninguna manera.
¿Dónde sentís que vive hoy la poesía?
Donde siempre ha vivido. Siempre está presente, en cualquier rincón, de lo más grande a lo más pequeño, y está en la mirada.
Es en la mirada donde está, más que en el lugar en el que miramos, sino en cómo miramos. Es posible que veamos eso. Hay cosas que se nos escapan y que son muy importantes: las relaciones humanas, lugares increíbles que vemos, lugares pequeñitos, los sueños, las pequeñas cosas.
¿Alcanza el libro, el recital o las redes sociales para que esa vida continúe y pueda expresarse más allá de quien está escribiendo y del papel? ¿Cómo socializamos hoy la poesía para que el disfrute y la admiración no sean solamente personales?
Me parece un poco cansado el tema de las redes sociales y tener que estar pendiente de esto para publicitar lo que hacés. Por otro lado, es una forma de que llegue a más gente, es cierto.
A mí lo que me gusta es el recital, estar frente a unas cuantas personas a las que puedo hacer llegar lo que escribo. Eso es lo que más me gusta: recitar.
Y luego está el formato libro, por supuesto. Pero también la poesía en acción: dejar que salga del libro a través de tu voz o de tu cuerpo y poder transmitir algo.
Un poco lo que hace el performance, ¿no? No es una lectura común.
Muchas veces el libro está ahí, pero yo intento sacar un poco más allá de las palabras escritas y transmitir eso, para que ese momento en el que el poema se pone en marcha realmente esté vivo. Que viva a través de mi voz o de lo que yo pueda hacer para transmitirlo.
Eso sí me gusta realmente: conectar de manera personal.
Por lo tanto, las redes sociales, tener muchos likes, es algo que no me interesa realmente. Y tampoco lo fomento.
Y Genealogías, esta asociación que trabaja por la visibilidad de las mujeres poetas, ¿tiene una razón de ser que ha mutado con el tiempo o siguen existiendo deudas en el mundo editorial que todavía las unen y las conforman como grupo?
Yo nunca he pertenecido a asociaciones. Es la única vez que he tenido ganas de participar porque la labor de Genealogías es maravillosa: dar a conocer voces de mujeres poetas y poemarios de mujeres poetas que han quedado relegados.
Tenemos que descubrir aquellas escritoras que son parte de nuestra genealogía y que hemos descubierto tarde, porque tenemos muchos padres poetas, pero no tantas madres.
La difusión de la poesía escrita por mujeres me parece un trabajo en el que yo puedo hacer algo, dentro de mi pequeño margen. Por ejemplo, también dar talleres dedicados a mujeres poetas y aportar un poquito.
¿Y ahí hay vitalidad también? ¿Hay lectores, gente queriendo escribir y gente queriendo trabajar en este mundo de la literatura?
Por ejemplo, en un taller tenía un alumno que me dijo: “Yo venía a este taller porque quiero leer a mujeres poetas”. Porque siempre en otros talleres en los que había estado se habían centrado más en la poesía escrita por hombres.
Tenía muchas ganas de conocer a poetas mujeres que no habían tenido tanta ocasión.
Yo creo que hoy en día la poesía escrita por mujeres está penetrando con muchísima fuerza en el mundo poético. Y quien no tenga interés o tenga una visión un poco más antigua está perdiendo la maravilla que se está haciendo hoy en día.
Sos periodista de formación. ¿Hay algo del periodismo —la observación, la escucha, la precisión— que todavía detectás como herramienta y que te sigue sirviendo para escribir poesía y novela?
Era mala periodista, tengo que decirlo. Por eso me cambié a la poesía.
Era mala periodista porque el periodismo necesita informar de una forma muy rápida, dar todo muy rápido, y yo tengo un trabajo mucho más lento.
Reposado.
Mucho más reposado. Entonces, los años que estuve trabajando de periodista, la verdad es que fueron durísimos para mí.
Estuve trabajando en Televisión Española durante algún tiempo y en otras televisiones de Canarias, y veía que algunas cosas me superaban. Mi tiempo es lento, como te he dicho, y necesito un poco más de reflexión, de reposar las cosas.
Lo hice con ilusión, pero luego me di cuenta de que no tenía el pulso para trabajar de periodista.
Si alguien que nunca leyó poesía te dijera “quiero empezar hoy”, ¿por dónde se empieza a leer poesía en el mundo en el que vivimos? ¿Se empieza por cualquier lugar?
Yo le diría que fuera a una biblioteca, a la sección de poesía, y que empezara a abrir libros al azar, por páginas al azar, y que viera qué pasa.
Porque eso que muchas veces es azaroso no es tan azaroso. Quizá ese libro te estaba buscando de alguna manera. Quizás esto es muy romántico, pero creo que los libros también nos buscan.
Dicen que no hay lector: es el libro el que te elige. Uno puede buscar un libro recomendado por otro, no conectar con él y, tal vez, después de un tiempo, cuando pasaron otras cosas, volver a encontrarlo y sentir que era el libro para uno.
Sí. Y también sucede ese diálogo que a veces se genera con los libros. Leés un libro y luego te aparece otro que está dialogando con el anterior, y se genera ahí algo interesante.
Hay una pregunta que hago al principio de estas entrevistas: quién es uno. Pero escuchando esto, me nace preguntarte al final: ¿quién es Blanca Morel? ¿Y qué está escribiendo ahí? ¿Se puede hacer esa pregunta?
Se puede hacer la pregunta. El problema es que yo no tengo respuesta para darte, porque no sé quién soy.
Es una pregunta tan básica y tan absolutamente compleja que podría decirte que soy un ser que está con la mirada abierta al mundo, un ser en espera y también un ser que recibe.
Es muy impactante eso que decís. Un ser en espera, ¿que espera qué?
Espera nada. Hay una espera que simplemente es estar en este momento, en lo que sucede. Y realmente no hay más, no creo que haya más.
Aunque es contradictorio quizá usar esta palabra para esto que acabo de decir, pero es simplemente la existencia, eso.