¿Quieres recibir notificaciones de alertas?

PUBLICIDAD

¿Qué podemos aprender de Barcelona?: una mirada desde Corrientes

Por El Litoral

Domingo, 28 de junio de 2026 a las 08:00

Arq. Carlos M. Gómez Sierra

contacto@consultoraurbana.com

Del 28 de junio al 2 de julio se desarrollara en Barcelona el Congreso de la Union Internacional de Arquitectos. Con el lema “Arquitecturas para un planeta en transición” se propone pensar la arquitectura frente a las crisis contemporáneas. 

Tuve la oportunidad de vivir en Barcelona durante el período posterior a los Juegos Olímpicos de 1992, un momento en que la ciudad consolidaba muchas de las transformaciones que hoy la posicionan como referencia global. Desde entonces, me realizan la misma pregunta: ¿qué podemos aprender de esa experiencia? La respuesta, lejos de ser directa, exige una aclaración inicial: Barcelona no es un modelo a copiar, sino un caso a interpretar.

Pensar la experiencia Barcelona desde Corrientes implica reconocer diferencias profundas, pero también identificar principios que pueden ser traducidos a otra escala, otro contexto y otra cultura urbana.

Uno de los grandes aprendizajes posibles de la ciudad catalana es el rol fundamental del espacio público. Barcelona no se entiende sin su red de plazas, paseos y calles pensadas como lugares para estar, no solo para circular. Intervenciones impulsadas desde los años ochenta por figuras como el arquitecto Oriol Bohigas, consolidaron una idea simple pero potente: la ciudad se construye desde lo público. No se trata de grandes obras aisladas, sino de una red coherente, continua y jerarquizada.

Corrientes tiene, en este punto, una ventaja comparativa extraordinaria: su relación con el río Paraná. La costanera es el potencial eje estructurante de un sistema de espacios públicos mucho más amplio. Sin embargo, ese sistema aparece fragmentado, con intervenciones valiosas, pero poco articuladas entre sí. El desafío no es hacer más obras, sino construir continuidad. Barcelona enseña que la calidad urbana no surge de la suma de proyectos, sino de su articulación.

Un segundo aprendizaje es la lógica de la “acupuntura urbana”. Lejos de depender exclusivamente de grandes obras, Barcelona apostó por intervenciones puntuales y estratégicas, capaces de irradiar calidad hacia su entorno. Pequeñas plazas, equipamientos de escala barrial, mejoras en el espacio público: todas operaciones de bajo costo relativo, pero de alto impacto urbano y social.

En una ciudad como Corrientes, extendida y policéntrica, esta lógica resulta especialmente pertinente. No hay un único centro a consolidar, sino múltiples centralidades a potenciar. En este sentido, insistir en medir la vitalidad urbana exclusivamente desde áreas como la peatonal Junín o la Costanera implica desconocer las transformaciones en curso. El comercio de cercanía, las nuevas dinámicas barriales y la expansión territorial están redefiniendo el mapa de la ciudad. Barcelona no enseña a reforzar un centro único, sino a trabajar sobre toda la red.

Otro aspecto central es la mezcla de usos. El área del Eixample -Ensanche, en catalán- proyectado en el siglo XIX, es paradigmático por su funcionamiento: viviendas, comercios y servicios conviven en una misma trama, generando vitalidad constante. Esta mezcla de usos es la base de una ciudad activa y atractiva tanto para residentes como para visitantes.

Corrientes, en cambio, ha tendido históricamente a la zonificación dura y a la especialización de áreas. Recuperar la mezcla de usos, especialmente en corredores y centralidades barriales, es una estrategia clave. Se trata de introducir complejidad urbana donde hoy predomina la monotonía funcional.

La caminabilidad es otro de los atributos que Barcelona ha sabido consolidar. Veredas de calidad, arbolado urbano, sombra, mucha actividad a nivel de calle: condiciones que permiten recorrer la ciudad a pie como experiencia placentera. En Corrientes, donde la escala podría favorecer esta condición, las veredas aparecen muchas veces como un elemento secundario, fragmentado o delegado al esfuerzo individual. Revertir esta lógica implica reconocer que la movilidad peatonal es una infraestructura tan importante como la vial. 

También resulta relevante el modo en que Barcelona ha construido su identidad urbana. La obra de un arquitecto como Antoni Gaudí -con hitos como la Sagrada Familia o el Parque Güell- es parte de una narrativa más amplia donde arquitectura, cultura y espacio público se integran. Pero lo fundamental no es la existencia de íconos, sino la coherencia entre identidad cultural y forma urbana.

Corrientes no carece de identidad. Por el contrario, posee una riqueza cultural notable: sus festividades, la relación con el río, la vida al aire libre. El problema radica en la débil traducción espacial de estos atributos. La ciudad no siempre expresa, en su forma y en sus espacios, la potencia de su cultura. Aprender de Barcelona implica, en este sentido, no copiar su estética, sino fortalecer la relación entre cultura y espacio urbano.

Ahora bien, también es necesario señalar los límites de la comparación. Barcelona es una ciudad densa, con una fuerte tradición industrial y una capacidad institucional consolidada. Su transformación fue posible gracias a una articulación sostenida en el tiempo entre política, técnica y financiamiento.

Corrientes, en cambio, presenta condiciones estructurales diferentes: menor densidad, economía más limitada y una institucionalidad urbana menos robusta. Pretender replicar experiencias o escalas de intervención sería no solo inviable, sino conceptualmente equivocado. El aprendizaje no está en los resultados visibles, sino en los procesos.

En este sentido, la enseñanza más importante de Barcelona es la idea de ciudad como proyecto colectivo. Barcelona se pensó para el ciudadano; el turismo no fue objetivo inicial, sino una consecuencia natural de su calidad urbana. No fue la suma de decisiones aisladas, sino una construcción sostenida en el tiempo, con objetivos claros y continuidad, más allá de vaivenes políticos. Este es, probablemente, el punto más desafiante para Corrientes: trascender la lógica de intervenciones aisladas y fragmentarias y avanzar hacia una visión integrada de mediano y largo plazo.

Desde Corrientes, entonces, aprender de Barcelona no implica mirar hacia otra cultura en busca de modelos, sino utilizar ese espejo para comprender mejor la propia ciudad. Reconocer sus potencialidades -el río, la escala, la cultura- y trabajar sobre ellas con coherencia y persistencia.

Porque, en definitiva, la calidad urbana no depende de parecerse a otra ciudad, sino de construir una identidad propia, sostenida en el tiempo y enraizada en su territorio.

PUBLICIDAD

MÁS LEÍDAS

PUBLICIDAD

Últimas noticias

PUBLICIDAD