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El Colegio de Escribanos

Por Enrique Eduardo Galiana
Moglia Ediciones
Del libro “Aparecidos, tesoros 
y leyendas”

Sabado, 24 de octubre de 2026 a las 21:57

Es un lugar emblemático de la ciudad de Corrientes. Sobre la calle 9 de Julio, que supo ser en otros tiempos el centro de la urbe, desplazando a la preferencial Carlos Pellegrini, por la vereda norte hacia el río Paraná, se alza imponente un edificio que inspira respeto desde donde se lo mire: el Colegio de Escribanos de Corrientes, con sus noventa años de existencia. Son muchos, ¿no es cierto?

Por obra de sus organizadores, atendiendo a la oferta que realizaba un tal Ruiz en aquella época, la comisión directiva, con asamblea de por medio, decidió que ese lugar, con una estrecha cochera al oeste, era el indicado para el establecimiento. Entrada de mármol de Carrara, largas escaleras del mismo material, pasamanos de bronce, sanitarios abajo a la izquierda, patio hacia el fondo y baño principal compartido arriba que, cuando se lo utiliza, parece un salón de fiestas. Grifos de sueños antiguos, amplios salones con ventanales similares; todavía se conservan los cristales originales con sus molduras, que esconden muchos secretos disimulados.

Sus dueños eran poderosos en lo económico y social, una familia linajuda y distinguida de la sociedad correntina. A pocos metros, enfrente, estaba el cine La Perla, uno de los primeros de la ciudad. Pared de por medio con los Salesianos, que en sus comienzos en Corrientes no tuvieron buena prensa; luego el patriciado se acostumbró, sumándose los trabajadores que obedecían las indicaciones, como debía ser, se afirmaba.

Ese sitio ha sido motivo de comentarios anteriores, pero sobre llovido, mojado, y nunca se cierra la puerta de una historia enterrada bajo cúmulos de tierra o piedras.

Hace tiempo se ha dicho que los serenos no duran allí. Si aguantan, lo hacen cerca del pasillo o de la puerta principal. No utilizan los sanitarios; seguramente emplean otros métodos que no es necesario describir. Muchos aseguran ver figuras. La dominante entre los fantasmas de la casa recorre con aire aristocrático sus dependencias y atraviesa las paredes. Su color varía según las temporadas: blanco y celeste durante casi todo el año, pero llega noviembre y la cosa se torna fea. Cambia a un rojo fulgurante, al igual que sus ojos, que arrojan llamas del mismo color. Está enojada con el mundo. Hasta los otros espíritus se alejan prudentemente.

Una señora que fue ama de llaves de la familia Rojas, entre las últimas propietarias registrables, cuenta que el socio del doctor Diomedes Rojas era el dueño. Estaba casado con una señora llamada Victoria Valvidales, perteneciente presuntamente a la aristocracia de otra provincia. Esta mujer era hermosa. No salía mucho y siempre lo hacía acompañada por gente de confianza del señor Prado, debido a los celos enfermizos de su cónyuge. Pero cuando salía recogía los piropos de entonces como se recogen flores silvestres del monte.

A esta circunstancia se sumaba otra importante: el marido, dueño de acuerdo con las costumbres de la época, tenía la mano larga cuando bebía alcohol, cosa casi habitual. Eso sí, consumía de lo mejor: whiskies importados, champañas francesas y coñacs de igual nacionalidad. Gritaba a los cuatro vientos:

—La plata se hizo para gastarla mientras se vive.

Si le iba mal en las barajas o en las casas de mujeres de vida fácil, de las cuales era habitué, la paliza era carta marcada.

En realidad, la propietaria original de la casa era la pobre mujer. Hermosa por donde se la mirara, infeliz por el otro lado. Había recibido la vivienda de sus padres.

Ante la intención de divorciarse o marcharse definitivamente, el sujeto adivinó la jugada gracias al chivatazo de una empleada. Un fin de semana, con la complicidad de sus familiares, doña Florencia —así se llamaba— iba a huir del desalmado. Estando solos, la ahorcó. Le ajustó un cinturón al cuello hasta el final.

—Te maldigo, maldito, hoy, siempre y por siempre jamás...

Fueron sus últimas palabras.

Solo una de las empleadas pudo ver el cadáver de su patrona: la alcahueta, que poco tiempo después dejó de existir inexplicablemente tras un almuerzo. El médico policial firmó: “Congestión intestinal aguda”, entre otras explicaciones. La plata, debajo de la mesa, cambió de manos. Poco después, el galeno apareció con uno de los primeros automóviles que hubo en Corrientes.

La familia esperó en vano aquel sábado de la fuga. Entre ese momento y el lunes, cuando trabajaban con su socio Rojas en la planta baja, el cuerpo de Florencia desapareció. Sus parientes golpearon inútilmente la aldaba de la puerta. Nadie los atendió.

Algunos averiguaron ciertas cosas. Unos dicen que de la cochera salió el coche del esposo. Otros, que escucharon ruidos de palas, martillos, mazos y picos. También se dijo que utilizó ácido en una bañera que rápidamente fue reemplazada y arrojada al fondo del río.

El baño de la servidumbre, ubicado al fondo a la derecha, tenía pozo negro, es decir, conectado a las capas freáticas. Allí todo se diluye y desaparece.

Nunca se halló el cuerpo. Los más aventurados siguen jurando que permanece emparedada.

Sus ropas fueron donadas a los pobres por el marido simulador. Las joyas las vendió en una joyería ubicada sobre calle San Juan, a la vuelta de la casa. Como era habitual, se libraron órdenes de búsqueda a las policías provinciales, a la Federal y a otras dependencias, acompañadas por una de aquellas fotografías de principios del siglo pasado.

Pasado el tiempo, el femicida realizó la sucesión. Se declaró la muerte presunta y, de inmediato, el inmueble pasó a nombre de los Rojas. Seguramente existió algún documento que imponía una obligación de habitación a favor del sujeto.

Pero el borracho empedernido creyó que la maldición era una tontería. Se equivocó de cabo a rabo.

Cuando acudía al prostíbulo y estaba con alguna trabajadora sexual, esta entraba en éxtasis o catalepsia y el alma de Florencia se introducía en su cuerpo. El rostro del asesino era digno de ilustrar revistas o películas de terror.

Cuando iba a beber, alzaba su copa de coñac y ella se materializaba frente a él con el cinturón al cuello. La copa estallaba en mil pedazos y los cristales quedaban esparcidos por el piso. El fantasma sonreía mientras lo señalaba con el dedo.

No tuvo paz desde entonces. No podía dormir ni comer. Su vida fue una tragedia tras otra. Jamás logró usar la nueva bañera porque, al llenarla, la sangre brotaba de los grifos.

Acudió a los Salesianos vecinos. Ellos bendijeron la casa muchas veces. Florencia hizo huir a varios. Solo uno, por su condición de exorcista, logró comunicarse con ella. Según cuentan, le dijo directamente:

—Ese sujeto me asesinó. Con una curandera maligna, que ya murió, me bloqueó. No puedo saber en qué lugar de esta casa estoy. Paseo y recorro, pero no encuentro mis restos.

Ante semejante confesión, el sacerdote exigió al presunto y desolado marido que confesara ante otros clérigos. Este se negó rotundamente.

La policía, requerida por quienes se enteraron del asunto por un pajarito incierto, respondió —previa mediación de dinero, una vez más— que el caso estaba frío y que las acciones habían prescripto.

Si desea, visite usted el edificio al atardecer. Es hermoso, se lo aseguro, pero... guarda el secreto.

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