¿Quieres recibir notificaciones de alertas?

PUBLICIDAD

El Monte Correntino: Bendición de la Tierra Revista YurupePeté por Agustín Balmaceda 1950

n El Árbol y el hombre: En toda la extensión provincial el árbol dice su palabra amiga y solidaria. En el panorama, en el horizonte generoso del país, Corrientes proporciona una imagen suntuosa de riqueza real, de magníficas reservas de la índole más diversa. 

Pero uno de los aspectos que concretamente se muestran al viajero, desde que pisa tierra correntina, atrayéndolo -diríamos- con el lazo tierno y elocuente de sus tonalidades y matices, es el de su riqueza forestal. Diseminados de sur a norte y de este a oeste, desde los márgenes del Paraná hasta las del Uruguay, se suceden los montes de árboles de las más distintas especies, enriqueciendo el paisaje, con toda esa gama que va desde el verde intenso hasta el suavemente grisáceo.

Naturalmente, este valor, puramente plástico de los bosques correntinos, se transforma asimismo en un valor positivo para el hombre de la tierra que ama sus árboles y que sabe también utilizar sus maderas en los más diversos usos, desde la fabricación de herramientas y utensilios hogareños, hasta la forma de industrialización más adelantadas. Prácticamente esa vinculación del hombre correntino con su realidad forestal, ha tenido y tiene una influencia indubitable en su idiosincrasia, en las características líneas de su espíritu, de su sensibilidad.

Esa convivencia prolongada a lo largo de las generaciones, con esos representantes del reino vegetal, se ha traducido amorosamente en numerosas leyendas y canciones populares, en muchos de los cuáles, el árbol adquiere una personalidad que se confunde y colinda directamente humano, con el propio vivir y sentir del pueblo correntino.

Tal el caso por traer un ejemplo de los innumerables que el acervo folclórico proporciona, de la canción que para identificar la reciedumbre del quebracho dice: “Yo soy ese quebrachito del medio del quebrachal; me han metido fuego y hacha y no me han podido voltear. Yo soy ese quebrachito del medio de la lomada, que no me han de sacar leña, ni hachazos ni hachazos me han de hacer nada”.

Nada más real, por cierto, que esa indescriptible resistencia del quebracho, cuya madera llega a tener una dureza propia del metal mismo y que, clavado en tierra pareciera ganar en firmeza de fibra, en lugar de verse destruido por la acción corrosiva de la humedad subterránea. Pero, al mismo tiempo esa reciedumbre que con justicia se atribuye al “quebrachito” del medio de la lomada” es virtud que el hombre del quebrachal posee también, acostumbrado a las duras jornadas en la que sus manos va elaborando el pan de sus hijos y contribuyendo a la riqueza de su provincia natal. Como el quebracho, ese hombre correntino que se afirma indestructible e insobornable en su tierra, sumando a la armonía del país, un perfil regional, limpiamente austero y patriota.



Polifonía de la selva correntina - La distribución forestal correntina, no puede ser mas variada ni más significativa, y, recorrer la provincia, por un itinerario vegetal que constantemente ofrece nuevas imágenes a los ojos del viajero feliz. Al transponer el límite con Entre Ríos en el sur de la provincia, el turista se interna por montes de jacarandás, soberbios por sus desarrollos, soberbios por su desarrollo y cuya noble madera se utiliza con éxito en todo trabajo de tornería. Surgen luego interminables algarrobales cuya madera sirve eficazmente para conferir solidez a las estructuras de las viviendas campesinas y de las cuales es común poder contemplar ejemplares vetustos que se aproximan orgullosamente a dos siglos de edad. 

Súbitamente aparecen después manchas de cedros, gigantes de cuarenta metros de altura, que parecen vigilas mansamente el contorno, desde las empinadas torres de sus copas, a veces rodeados por los pintorescos laureles que brindan perennemente el verde brillante de sus hojas, tiernamente aromáticas.

Se suceden así, en armonioso desarrollo, montes de ñandubay, cuya rojiza madera se considera incorruptible; de peteribís, cuyos troncos muy rectos se presentan admirablemente para la construcción y cuyas hojas tienen aplicaciones medicinales; de curupaís, cuyo nombre significa en guaraní “árbol del hechizo” de madera muy dura y apta especialmente para tornería; de urundeys, apreciable altura, utilizados comúnmente en la construcción de viviendas, de muelles y embarcaciones fluviales. 

Más al norte y próximos a las márgenes del Paraná comienzan a hacer su aparición los frutales cítricos, especialmente los naranjales, cuyo desarrollo es verdaderamente excepcional y que han provocado desde siempre el asombro de los visitantes extranjeros, aun aquellos que provenían de regiones en las cuales el naranjo se cultiva con éxito. Verdaderos gigantes de su especie. Su producción del sabroso fruto es prácticamente inagotable y bastaría para tipificar y avalar la fecundidad de la tierra correntina. 

Y en este miraje a vuelo de pájaro de la opulencia forestal, llegamos a las proximidades de los límites con misiones, en cuyas zonas aparecen las fincas y elevadas palmeras anunciando la entrada  en los bosques tropicales y cuyas melenas se balancean en lo alto con esa elegancia que es característica de sus delgados tallos. También en esa zona norteña surgen los profusos cañaverales de tacuaras, tan útiles para múltiples usos, pero que sobre todo cuenta por modo principal en sus tiempos heroicos de nuestra formación nacional. 

En manos correntinas esas tacuaras transformadas en lanzas, significaron un arma temible, en cuyas aguzadas puntas ostentaba sin retaceos el coraje y pericia de los primitivos escuadrones criollos que tanta gloria conquistaron para nuestra acción libertadora.  

FUENTE Revista Yurú Peté; Artículo Montes Correntinos y Juan Carlos Raffo y Mónica 

Vicentín.       

PUBLICIDAD

MÁS LEÍDAS

PUBLICIDAD

Últimas noticias

PUBLICIDAD