Un hecho más que curioso fue el que sucedió en 1909, cuando Perón inauguró el monumento a San Martín en Boulogne Sur Mer. La noticia, así dicha, no tiene ni el más mínimo error. Así es, el 24 de octubre de 1909, en la mencionada ciudad francesa en la cual San Martín pasó sus últimos días, se inauguró un monumento ecuestre en honor a nuestro máximo héroe. La curiosidad es que el alcalde de Boulogne Sur Mer, en ese entonces era un francés de apellido Perón, que no tenía nada que ver con el Perón que todos los argentinos conocemos. Coincidencias o curiosidades con las que a veces nos sorprende la historia. Y justamente haciendo alusión a esta estatua inaugurada en 1909, hay un hecho sorprendente en torno a ella ya que los intensos bombardeos que sufrió esta pequeña localidad francesa de Boulogne Sur Mer durante la Segunda Guerra Mundial, la destruyeron casi por completo, pero la estatua de San Martín no fue afectada en lo más mínimo. Nadie le encuentra explicación a este hecho.
En efecto, en la Segunda Guerra, el norte de Francia estuvo ocupada por los nazis. Los ataques de los aliados durante esa época llegaban desde Gran Bretaña y su principal blanco eran las ciudades costeras del Canal de la Mancha y Boulogne Sur Mer no fue la excepción. Los bombardeos fueron constantes y devastadores para la ciudad. En total fueron 487 ataques. La zona de la costa quedó completamente destruída y hubo que reconstruirla totalmente. Pero aquí lo extraño y misterioso: solo una construcción quedó en pie, de manera inexplicable. Era el monumento, la estatua a José de San Martín, quien erguido en su caballo se levantaba entre los cráteres y escombros que dominaban un paisaje desolador, donde antes había edificios. Desde entonces, en la ciudad que está grabada en el imaginario argentino como aquella en la que murió San Martín, se habla del milagro de la estatua.
Los inicios
Pero la historia de San Martín con esa ciudad se inició en 1848, cuando el general se escapó de París preocupado por las revueltas obreras que terminarían con la restauración de la Segunda República Francesa. San Martín dejó la ciudad luz, pensando que su destino estaría en Londres. Sin embargo el tren que tomó en París, lo dejó en Boulogne Sur Mer, una pequeña localidad portuaria frente a Gran Bretaña. San Martín tenía en ese momento 70 años y lo sedujo el lugar. tranquilo, cercano a París y a los médicos que ya lo trataban por su asma, su reuma, sus crecientes problemas de la vista y sus úlceras gástricas sangrantes. "En casa vieja no faltan goteras" escribió sabiamente para describir con crudeza su salud. A la vez era un lugar estratégico porque le permitía un rápido escape a Inglaterra en caso de ser necesario. Primero paró en hoteles pero pronto encontró a alguien que le ofreció quedarse en una enorme casa por un alquiler simbólico. Era Adolphe Gerard, abogado, periodista y director de la biblioteca de la ciudad, propietario de la vivienda. Seducido por la imagen de San Martín y las charlas compartidas sobre política, le dejó el segundo y tercer piso de su casa, ubicada en el centro de la ciudad, Grande Rue 113. Allí San Martín se quedó con su hija Merceditas, su yerno Mariano Balcarce, y sus dos nietas. Hoy la casa es el Museo Libertador General San Martín, que recibe unos 10.000 visitantes al año y adquiere una singular importancia, porque allí vivió San Martín sus dos últimos años, le pertenece al estado argentino que la compró en 1926. Al principio funcionó como museo y consulado y desde 1968 funcionó solo como museo.
* El recorrido por los tres pisos, el patio, el jardín de invierno y el sótano, permiten ver diversos elementos ligados a San Martín, sables, fusiles, 150 medallas, un mapa que marca su recorrido por América del Sur, el acta de la independencia argentina, un catre de campaña, al acta de su deceso y hasta muñecos de cera de tamaño real de los granaderos entre otras cosas. Sobresalen del resto, dos cuartos: aquel en que vivió San Martín y aquel en que murió. Desde el 6 de agosto de 1850, San Martín no dejaba la cama. El 17 de agosto mejoró un poco y se pasó a la cama de su hija, pera que le leyeran los diarios del día. Hacia las dos de la tarde le volvieron los dolores de su úlcera gástrica y se recostó muy dolorido. Una hora después murió, pasando a la inmortalidad. Desde ese día el reloj de bolsillo del Libertador y el de la habitación adyacente, quedaron detenidos a las 15, como si una mano invisible los hubiera parado. Así fue la vida de San Martín.