CASO 1:
Una silla medieval
Muchas veces pensé y dije que los instrumentos que se usan para mujeres “seguro” fueron creados por hombres. En este caso en particular me refiero a la silla para parir, un objeto espantoso, muy elevado y totalmente incómodo a la que te hacen trepar para el momento del parto final.
En mi caso, primero me tuvieron en una sala de pre parto esperando que haya una completa dilatación y cuando ya estas a punto de parir, que no podes ni caminar, te hacen bajarte de esa cama cómoda para que camines desnuda por un pasillo, hasta tener que treparte a esta silla alta que consiste en mantenerte las piernas abiertas. Por encima de ello recuerdo que el practicante que me atendió pretendía que yo colocara las piernas un poco más elevadas y enganchadas de unas manijas que en realidad estaban para que una se sujetara con las manos en el momento de pujar.
Leyendo sobre la historia de estas sillas descubrí que son un invento de la edad medieval y que, con algunos cambios, se siguen usando en la actualidad, con su fin de “ser útil para la persona que la esté asistiendo en el parto”. El por qué insisto en particular con este objeto, es porque fue lo peor del parto, desde mi experiencia personal. Era dura, te dejaba fija en una posición que no te podías mover y cuando terminan de atenderte te dejan ahí sola, piernas abiertas, esperando a las enfermeras que te llevaran al dormitorio con tu bebé. Recuerdo que se me hizo eterno, puede haber sido mi percepción por el cansancio, pero recuerdo querer cerrar las piernas porque me dolía esa postura y sentir mucho frío, y no poder hacer absolutamente nada más que esperar.
Seguramente muchas mujeres no vivieron la silla de la misma manera que quien escribe y que muchas mujeres más. No todas las clínicas y hospitales tienen las mismas sillas, ni los mismo métodos, conozco mujeres que dieron a luz en camillas y no en sillas. Una cosa muy interesante que escuché por ahí, no sé si será cierto, pero me parece que vale la pena compartirlo porque rescata la idea de la silla es que “en el momento en que las mujeres pasaron de parir ayudadas por otras mujeres a parir ayudadas por un hombre (médico o científico), el parto pasó a escenificarse para que el Doctor pudiera supervisarlo todo de pie: la madre pasó a parir horizontal o en sillas más elevadas…”
Hoy se está hablando del parto respetado, del derecho de la madre a decidir cómo y dónde debe darse el mismo. No coincido del todo con el parto en casa, pero es una cuestión personal mía, que no se opone a la decisión de otras mujeres. Pero estoy de acuerdo con que se respete a las mujeres cuando están en hospitales y clínicas dando a luz. No sólo respecto a los instrumentos y medicamentos que aceleran el parto, sino también respecto al trato y la comunicación. Es un momento especial para toda mujer y que haya un practicante con falta de tacto, presionándote y gritándote porque estas cansada no te anima a seguir.
No somos futbolistas en una cancha, no necesitamos un director técnico que nos grite, necesitamos alguien que nos ayude, que nos guíe y aconseje. Sentir que no estamos solas y que lo estamos haciendo bien.
CASO 2
Cesáreas innecesarias
Mi historia forma parte de las estadísticas generales argentinas, que sostienen que uno de cada tres partos termina en cesárea, esto significa que más del 33 por ciento de las madres dan a luz a través de una intervención quirúrgica, cuando lo recomendado por la Organización Mundial de la Salud es que las cesáreas no deberían llegar al 15 por ciento. Detrás de esos números está la relación de un paciente con su obstetra.
En mi casa la cesárea no fue deseada, personalmente hice todo lo que estaba a mi alcance para tener un parto natural, pero con el tiempo entendí que estaba programada desde el primer momento. Todo comenzó alrededor de los 3 meses de gestación cuando comenzamos a hablar como mi obstetra sobre el momento del parto. Me explicó que ella no hacía partos de bebés de más de 3 kilos y medio, porque era peligroso, que no tenía que engordar más de 12 o 13 kilos durante el embarazo y que todo tenía que estar bien (análisis de sangre, orina, y otras muestras) para poder llevar adelante un parto natural. “Bueno, vamos a ver si podés”, me dijo como si el parto natural no fuera la primera opción.
Puedo decir que por diversos factores tuve un buen embarazo, engordé apenas 9 kilos, estuve súper activa, sin estrés y disfrutando del tiempo de preparación para traer a mi primer hijo al mundo, incluso asistí a un curso preparto que se dictaba entonces en Amugenal, muy recomendado.
Pocos días antes de la fecha esperada, el ecografista detectó que tenía el líquido amniótico aumentado y que el bebé tenía “colgado” en los hombros el cordón umbilical. Estaba en la semana 36 y la obstetra nos dijo que si queríamos mañana mismo hacía la cesárea. La verdad es que no, no quería y le pedí esperar al menos una semana más para ver si el parto se desataba naturalmente. Pasada esa semana, nuestro bebé estaba más que cómodo y, al parecer, quería quedarse unos días más adentro. Esto no fue posible porque la obstetra nos presionó a que apuráramos la cesárea. Y la apuramos porque confiamos en la profesional que nos guió durante todo el embarazo. Pero lo apuramos, pese a nuestros deseos, a que hicimos los deberes y a que internamente sabíamos que era una cesárea innecesaria.