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Una expresión de la fe a la Virgen María

Por El Litoral

Domingo, 27 de noviembre de 2016 a las 01:00

Por el Dr. Juan José Ramón Laprovitta

No existen límites para el alma. Por eso sorprende gratamente encontrarnos con el anhelo divino por nosotros en toda vivencia o manifestación trascendente que nos ilumina y descubre la maravilla del  amor. Y es precisamente lo que ocurrió un 18 de julio de 1830 a la hermana Vicentina Catalina Labouré, quien vivía en el Convento de San Vicente de Paul en rue du Bac 30 de París. Siendo las once y media de la noche, cuenta la protagonista en sus memorias escritas en 1856: “Oigo que me llamaban, corro la cortina y veo un niño vestido de blanco de unos 5 años que me decía: ‘Ven a la capilla, la Santísima Virgen te espera’. Y pensé me van a oír. El niño me respondió: ‘Estate tranquila, son las once y media de la noche; todo el mundo duerme bien; ven, te aguardo’. Lo seguí al niño, me sorprendió ver las luces prendidas, pero más sorprendida me quedé cuando al entrar a la capilla vi todas las velas y cirios encendidos. El niño me llevó al presbiterio junto al sillón del padre director. Allí me puse de rodillas. Luego de un tiempo que pareció largo, el niño me dijo: ‘He aquí la Virgen, hela ahí’. Sentí como pasos y roce de seda que venía a sentarse en el sillón junto al altar. Yo dudaba que fuera la Virgen Santísima, entonces el niño me habló enérgico con voz de hombre: ‘Mira a la Virgen’. Entonces, mirando a la Virgen, me puse de un salto a su lado, de rodillas sobre las gradas del altar, con las manos apoyadas en las rodillas de la Virgen. Allí pasé el momento más dulce de mi vida. Sería imposible decir todo lo que sentí”. Según las narraciones de la vidente, el diálogo con la Virgen duró dos horas. Durante las cuales la Virgen María le enseñó cosas muy importantes y profecías que se cumplieron.
Sor Catalina, el 27 de noviembre de 1830 a la tarde, estando en la capilla luego de la meditación, vuelve a oír nuevamente como roce de seda y de nuevo aparece la Virgen María vestida de blanco y un manto blanco que le cubría la cabeza y caía a ambos lados hasta los pies que posaban sobre un globo blanco, y aplastaban una serpiente verde. Tenía en sus manos un pequeño globo dorado coronado por una cruz. Este globo desapareció y la Virgen extendió sus brazos hacia abajo plenos de luces y rayos. Sor Catalina en su interior sintió que María Santísima le decía: “Estos rayos simbolizan las gracias que Yo derramo sobre los que las piden”. Fue entonces cuando un óvalo rodeó la imagen y dentro de él apareció escrita la siguiente invocación: “Oh, María, sin pecado concebida, ruega por nosotros, que recurrimos a ti”. Sor Catalina de nuevo oyó la voz en su interior: “Haz que se acuñe una medalla según este modelo. Todos cuantos la lleven recibirán grandes gracias. Las gracias serán abundantes para los que la lleven con confianza”. La aparición dio media vuelta y quedó formado en el mismo lugar el reverso: una M atravesada por una barra horizontal sobre la que descansaba una cruz, y debajo de la M, los corazones de Jesús con una corona de espinas y el de María atravesado por una espada. En torno había doce estrellas.
Luego de consultar con su confesor y director espiritual, se logró que el superior de la Congregación y el arzobispo de París autorizaran acuñar esta medalla pedida por la Virgen. Las 2.000 primeras salieron el 30 de junio de 1832. De todos lados llegaban testimonios de milagros y conversiones. El cura de Ars, San Juan María Bautista Vianey, compró la primera imagen esculpida en madera. San Juan Bosco distribuía la medalla y él mismo llevaba una al cuello, regalo del Papa. Eran tantas las gracias alcanzadas por la devoción a la medalla que se la comenzó a conocer como: la Medalla Milagrosa. En varios lugares de Europa se acuñaba la Medalla en gran cantidad. Francisco II de Nápoles hizo acuñar un millón de medallas de bronce para sus súbditos. Y así se iba extendiendo esta devoción con extraordinarias gracias. Las congregaciones marianas modernas como las Hijas de María, la Milicia de María Inmaculada fundada en 1917 por San Maximiliano Kolbe, la Legión de María fundada en 1933 por Frank Duff en Irlanda y otras, tienen como símbolo de consagración y de uso a la Medalla Milagrosa.
Pero los hechos que hicieron un profundo surco de luz para conocer el poder de la Medalla Milagrosa fueron dos conversiones notables e inesperadas: monseñor Domingo Pradt Dufour, notable escritor, político, alcanzó la sede episcopal de Poitiers. Por razones políticas graves el Papa Pío VII excomulgó a Mons. Pradt, rebelde a la Santa Sede, cuya supremacía rechazaba. Fue diputado de extrema izquierda en la Asamblea de 1827 en Francia. Vivía en total rebeldía con la Iglesia. Cayó muy enfermo. El arzobispo de París, Mons. Quelen, lo fue a visitar pero el enfermo lo rechazó. El arzobispo le dejó una Medalla Milagrosa que la recibió. A las pocas horas el enfermo hizo llamar a Mons. Quelen y con verdadero arrepentimiento se retractó de todos sus errores, confesó y recibió los últimos sacramentos y aquella misma noche murió en los brazos del arzobispo. La otra conversión que tuvo más repercusión fue la de Alfonso Ratisbonne de Estrasburgo. Era abogado y banquero de 27 años, de familia judía no practicante. En enero de 1842 llegó a Roma y visitó a un amigo, el barón Teodoro de Bussiere, quien le obsequió una Medalla Milagrosa que en primera instancia la rechazó, pero frente a la insistencia del barón la aceptó de manera sarcástica. Fueron a tomar un café a la plaza España y de vuelta el barón se detuvo frente a la Iglesia S. Andrés  delle Fratte, pues tenía que saludar a un amigo. Ratisbonne cuenta en sus memorias que ese día 20 de enero, por no esperar en el auto entró a la iglesia que estaba desierta. A los pocos minutos Ratisbonne vivenció una experiencia como si todo el edificio desapareciera y apareciera una intensa luz y en medio de aquel esplendor apareció en pie sobre el altar radiante de majestad y dulzura, la Virgen María tal como está grabada en la Medalla. “La Virgen me hizo una seña para que me arrodillara. Y entonces entendí todo”, cuenta Ratisbonne. El barón Bussiere lo encontró de rodillas, llorando y rezando. El jesuita Villefort supo contenerlo y fue su director espiritual. Lo recibió el Papa Gegorio XVI. Hizo ejercicios espirituales y catequesis y el 31 de enero de 1842 fue bautizado en el Gesú por el cardenal Patrizi, vicario de Roma. Alfonso Ratisbonne luego renunció a su vida y se entregó a una consagración total a Cristo. Ordenado sacerdote jesuita, luego fue fundador de órdenes religiosas.
La Medalla Milagrosa es la mejor expresión sobre la Virgen María y donde sus componentes y advocación hacen referencia a las sagradas escrituras desde el Génesis hasta el Apocalipsis. Esta aparición de la Virgen María da comienzo a un proceso maravilloso de la presencia de María Santísima en la vida de todos los hombres. Años más tarde, en 1854, se proclama el Dogma de la Inmaculada Concepción de María, que en la advocación de la Medalla ya lo marcaba desde el cielo.
Que esta manifestación de María Santísima nos ilumine y fortalezca en el amor de Dios para alcanzar el amor, la justicia y la paz entre todos los hombres.

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