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Felicidad

Por El Litoral

Sabado, 11 de noviembre de 2017 a las 01:00

Por José Ceschi

¡Buen día! “La felicidad, a menudo, se cuela por una puerta que inadvertidamente dejamos abierta”. Lo dijo John Barrymore, y no le falta razón. O como nos recuerda Rubén Tizziani, “uno debería tener el equilibrio necesario para aceptar que hay cosas importantes, enriquecedoras, al alcance de la mano, y que no exige el alma a cambio; que, en serio, la felicidad puede estar en el jardín de su propia casa”.
¿Conoce el cuento del gatito persiguiendo su cola? Aparece en el libro “Tus zonas erróneas”, de Wayne W. Dyer. Se lo transcribo literalmente:
Un gato grande vio cómo un gatito pequeño trataba de pescarse la cola, y el preguntó: “¿por qué tratas de pescarte la cola de esa forma?” El gatito dijo: “He aprendido que lo mejor para un gato es la felicidad, y que la felicidad es mi cola. Por eso la persigo y trato de pescármela, y cuando la pesque habré logrado la felicidad”. El gato viejo le aclaró: “Hijo mío, yo también le he prestado atención a los problemas del universo, yo también he pensado que mi cola era la felicidad. Pero me he dado cuenta de que cuando la persigo se me escapa, y cuando voy haciendo lo que tengo que hacer ella viene detrás mío por dondequiera que yo vaya”.
Hermosa lección la del cuento. La gran lección es que no podemos vivir pendientes de la felicidad; ni de la que tenemos, ni de la que quisiéramos tener. Tampoco de la que tuvimos.
Un ejemplo magnífico nos lo da Helen Keller, quien a los 19 meses quedó ciega y sorda. Lea uno de sus testimonios: “Si la felicidad se debiera medir, yo, que no veo ni oigo, tendría sobrada razón para ponerme en un rincón, con los brazos cruzados, y allí entregarme al llanto. No obstante mis enfermedades soy feliz; si mi felicidad es tan profunda que viene a ser como un dogma de fe, y tan reflexiva que se convierte en una filosofía de vida; si en resumen soy optimista, mi testimonio en favor del optimismo merece ser escuchado. Como en una asamblea religiosa el pecador se levante a proclamar la bondad de Dios, así yo, a quien todos tienen por desgraciada, puedo levantarme, en la alegría de mi convicción, a proclamar la bondad de la vida”.
¡Hasta mañana!

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