Aguafuertes
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Aguafuertes

Roberto Arlt.
Cátulo Castillo.

Por Adalberto Balduino
Especial para El Litoral

Cuando hablamos de los sueños derribados todo cuanto digamos suena a tango. Dolores y suplicios. Vertientes de pobreza, desengaño y soledad.
Sin embargo, el periodista y escritor Roberto Arlt comenzó sus famosas “Aguafuertes” cuando militaba en Diario El Mundo, haciéndole vender mucho más diarios de cantidad impuesta. En un fragmento de su autobiografía recopilada por Guillermo Miranda Klix y que Arlt se encarga de puntualizar en él, todo el escenario pueblerino es el que ha llegado a tocar la noche, ya que pensar un nuevo día es imposible porque las esperanzas se diluyeron y el sol ha preferido dormir. Decía el autor de “Aguafuertes” en su autobiografía filosa publicada en 1929, en unas breves líneas que hemos tomado para ilustrar ese paisaje en el cual ha nacido: “Creo que a nosotros nos ha tocado la horrible misión de asistir al crepúsculo de la piedad, y que no nos queda otro remedio que escribir deshechos de pena, para no salir a la calle a tirar bombas o a instalar prostíbulos. Pero la gente nos agradecería más esto último. El hombre en general me da asco, y tengo como única virtud el no creer en mi posible valor literario sino cinco minutos por día.”
Bueno yo, que no soy Roberto Arlt, me ha sucedido algo similar con los sueños porque se hagan realidad, donde los últimos 50 años los argentinos  hicimos lo imposible por ser alguien, pero logramos ser nadie. Siempre tuve la imagen de un país venturoso, por venir, respetuoso en lucha abierta contra la corrupción como manera y forma para volver a creer. Sin embargo, los intereses, la supervivencia de los que tienen “coronita” que cobran sueldos y jubilaciones de privilegio, los hijos del poder, los que hacen negocios a costa del poder, llevados, en principio, por sinvergüenzas y, segundo, por esa maldita forma argentina de ser; aparentar sin privarnos de nada: ser imposibilitados, pero con más de dos coches, secos, pero sacando a créditos varios tours por el mundo, rogando siempre rogando que sumen feriados, feriados puentes, cualquier día para tomarnos el descanso urgente. Docentes que disponen de tres meses de vacaciones más licencia. Entes con feria laboral más vacaciones personales. Representantes de la Justicia con sueldos astronómicos sin descuentos por ganancias. Procesados que siguen y continúan sin inmutarse. Otros, los menos, un poco preocupados, pero nada más.
Recuerdo una vez, concluido el proceso militar en el poder, lo vi actuar en Corrientes, ya como solista, al buen cantante folclórico Hernán Figeroa Reyes, ex integrante exitoso de los Huanca Hua. Refiriéndose en alusión abierta a los de extrema que dieron frente y lucha, dijo que por querer a la Argentina, a veces deseaba poner en movimiento una motoniveladora gigantesca que arranque de la Cordillera hasta el océano Atlántico y tirarlos allí a todos los que protagonizaron días tan caóticos. En medio de la rechifla, me quedé pensando en la barbaridad del concepto imaginado y dicho. Hoy, la misma idea me ha vuelto con más fuerza, pero esta vez ampliando el concepto de “barrido” imaginado y dicho por Hernán Figueroa Reyes. Yo agregaría, que a todos nos “barran”. Nos saquen del mapa. Porque la culpa de todo lo que nos sucede es pura y exclusivamente nuestra, es decir, de todos los argentinos. Votamos a cualquiera que nos sonría. A los soberbios. A los que formulan proclamas fuertes, pero vanas. No exigimos ni nos exigimos trabajando duramente, cumpliendo con todo lo establecido y no rompiendo en vías de comodidad, ocio y vil política frenética y desbocada. Estudio y disciplina a rajatabla. Mano dura sin privilegios. Es decir, reconquistar la credibilidad, la contracción, el empeño por levantar el país en serio. Haciendo realidad aquello que por duro golpea, pero resulta urgente ponerlo en práctica, “quien lo hace, lo paga”. O, más claro, aún: “quien a hierro mata, a hierro muere.” Erradicando para siempre toda violencia, la delincuencia, la inseguridad, formalizando la armonía que asegure y nos demuestre que somos capaces de extirpar malos hábitos que nos llevaron a estas “Aguafuertes”, donde el blanco y el negro dibujan siempre un paisaje dramático, sin salida.
Dice Marcos Aguinis, psiquiatra, periodista y escritor: “La culpa y la responsabilidad no tienen suficiente vigor. Ambas se han desorientado, están algo perdidas en el laberinto de las “vivezas”, “curros” y “zafadas” que hemos sabido conseguir. Para ordenar nuestro país habría que cultivar a fondo, todo el tiempo, con esperanza, paciencia y obstinación, los rasgos que llevan al crecimiento de la responsabilidad, para que cesen las distorsiones que impiden su eficacia. Habría que devolverle plena majestad a la ley, castigar duramente las mentiras y frustrar la “viveza”.
Soy un hombre esperanzado que espera cambios que no llegan hace mucho tiempo, pero tampoco es cuestión de reivindicar a “carmelitas descalzas” porque todos tenemos gran parte de culpas. Porque la esperanza incentiva ver hacia adelante en búsqueda desesperada, por ese paisaje extraviado, las cosas malas que masticamos con bronca tienen la calma de enumerarlas una por una en un trayecto de cambio desde cada uno de nosotros, ni tampoco de los distraídos que cubren cargos y ejemplifican estas “Aguafuertes”. El tango que todo lo dice porque lo vio, que todo lo canta con ejemplos clarividentes a través de grandes poetas, voces ciudadanas que supieron de urgencias que han cimentado sus protestas, como Cátulo Castillo, cuando inspirado se pronuncia: “Amargo desencuentro, porque ves/que es al revés…/Creíste en la honradez/y en la moral,/¡qué estupidez!/Por eso en tu total fracaso de vivir,/ni el tiro del final/te va a salir.
No hablamos de tiros ni pregonamos injusticia. Solamente equipararnos, todos iguales ante la esquiva ley. Donde la continuidad prosiga con hechos, marcando ese camino de la Argentina perdida que viene de años cuando aún las estampillas tenían valor, hoy avergonzadas con otras unidades donde la plata se pesa, la coima es moneda corriente y el fuero el límite de todo castigo merecido. Tomo algunos puntos de un poema de Eduardo Galeano: “Los funcionarios no funcionan. Los políticos hablan, pero no dicen. Los votantes votan, pero no eligen. Los medios de información desinforman. Los centros de enseñanza enseñan, a ignorar. Los jueces condenan a las víctimas. Las bancarrotas se socializan, las ganancias se privatizan”. En fin, Argentina a cambiar. Recuperando la Argentina perdida.

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Aguafuertes

Por Adalberto Balduino
Especial para El Litoral

Cuando hablamos de los sueños derribados todo cuanto digamos suena a tango. Dolores y suplicios. Vertientes de pobreza, desengaño y soledad.
Sin embargo, el periodista y escritor Roberto Arlt comenzó sus famosas “Aguafuertes” cuando militaba en Diario El Mundo, haciéndole vender mucho más diarios de cantidad impuesta. En un fragmento de su autobiografía recopilada por Guillermo Miranda Klix y que Arlt se encarga de puntualizar en él, todo el escenario pueblerino es el que ha llegado a tocar la noche, ya que pensar un nuevo día es imposible porque las esperanzas se diluyeron y el sol ha preferido dormir. Decía el autor de “Aguafuertes” en su autobiografía filosa publicada en 1929, en unas breves líneas que hemos tomado para ilustrar ese paisaje en el cual ha nacido: “Creo que a nosotros nos ha tocado la horrible misión de asistir al crepúsculo de la piedad, y que no nos queda otro remedio que escribir deshechos de pena, para no salir a la calle a tirar bombas o a instalar prostíbulos. Pero la gente nos agradecería más esto último. El hombre en general me da asco, y tengo como única virtud el no creer en mi posible valor literario sino cinco minutos por día.”
Bueno yo, que no soy Roberto Arlt, me ha sucedido algo similar con los sueños porque se hagan realidad, donde los últimos 50 años los argentinos  hicimos lo imposible por ser alguien, pero logramos ser nadie. Siempre tuve la imagen de un país venturoso, por venir, respetuoso en lucha abierta contra la corrupción como manera y forma para volver a creer. Sin embargo, los intereses, la supervivencia de los que tienen “coronita” que cobran sueldos y jubilaciones de privilegio, los hijos del poder, los que hacen negocios a costa del poder, llevados, en principio, por sinvergüenzas y, segundo, por esa maldita forma argentina de ser; aparentar sin privarnos de nada: ser imposibilitados, pero con más de dos coches, secos, pero sacando a créditos varios tours por el mundo, rogando siempre rogando que sumen feriados, feriados puentes, cualquier día para tomarnos el descanso urgente. Docentes que disponen de tres meses de vacaciones más licencia. Entes con feria laboral más vacaciones personales. Representantes de la Justicia con sueldos astronómicos sin descuentos por ganancias. Procesados que siguen y continúan sin inmutarse. Otros, los menos, un poco preocupados, pero nada más.
Recuerdo una vez, concluido el proceso militar en el poder, lo vi actuar en Corrientes, ya como solista, al buen cantante folclórico Hernán Figeroa Reyes, ex integrante exitoso de los Huanca Hua. Refiriéndose en alusión abierta a los de extrema que dieron frente y lucha, dijo que por querer a la Argentina, a veces deseaba poner en movimiento una motoniveladora gigantesca que arranque de la Cordillera hasta el océano Atlántico y tirarlos allí a todos los que protagonizaron días tan caóticos. En medio de la rechifla, me quedé pensando en la barbaridad del concepto imaginado y dicho. Hoy, la misma idea me ha vuelto con más fuerza, pero esta vez ampliando el concepto de “barrido” imaginado y dicho por Hernán Figueroa Reyes. Yo agregaría, que a todos nos “barran”. Nos saquen del mapa. Porque la culpa de todo lo que nos sucede es pura y exclusivamente nuestra, es decir, de todos los argentinos. Votamos a cualquiera que nos sonría. A los soberbios. A los que formulan proclamas fuertes, pero vanas. No exigimos ni nos exigimos trabajando duramente, cumpliendo con todo lo establecido y no rompiendo en vías de comodidad, ocio y vil política frenética y desbocada. Estudio y disciplina a rajatabla. Mano dura sin privilegios. Es decir, reconquistar la credibilidad, la contracción, el empeño por levantar el país en serio. Haciendo realidad aquello que por duro golpea, pero resulta urgente ponerlo en práctica, “quien lo hace, lo paga”. O, más claro, aún: “quien a hierro mata, a hierro muere.” Erradicando para siempre toda violencia, la delincuencia, la inseguridad, formalizando la armonía que asegure y nos demuestre que somos capaces de extirpar malos hábitos que nos llevaron a estas “Aguafuertes”, donde el blanco y el negro dibujan siempre un paisaje dramático, sin salida.
Dice Marcos Aguinis, psiquiatra, periodista y escritor: “La culpa y la responsabilidad no tienen suficiente vigor. Ambas se han desorientado, están algo perdidas en el laberinto de las “vivezas”, “curros” y “zafadas” que hemos sabido conseguir. Para ordenar nuestro país habría que cultivar a fondo, todo el tiempo, con esperanza, paciencia y obstinación, los rasgos que llevan al crecimiento de la responsabilidad, para que cesen las distorsiones que impiden su eficacia. Habría que devolverle plena majestad a la ley, castigar duramente las mentiras y frustrar la “viveza”.
Soy un hombre esperanzado que espera cambios que no llegan hace mucho tiempo, pero tampoco es cuestión de reivindicar a “carmelitas descalzas” porque todos tenemos gran parte de culpas. Porque la esperanza incentiva ver hacia adelante en búsqueda desesperada, por ese paisaje extraviado, las cosas malas que masticamos con bronca tienen la calma de enumerarlas una por una en un trayecto de cambio desde cada uno de nosotros, ni tampoco de los distraídos que cubren cargos y ejemplifican estas “Aguafuertes”. El tango que todo lo dice porque lo vio, que todo lo canta con ejemplos clarividentes a través de grandes poetas, voces ciudadanas que supieron de urgencias que han cimentado sus protestas, como Cátulo Castillo, cuando inspirado se pronuncia: “Amargo desencuentro, porque ves/que es al revés…/Creíste en la honradez/y en la moral,/¡qué estupidez!/Por eso en tu total fracaso de vivir,/ni el tiro del final/te va a salir.
No hablamos de tiros ni pregonamos injusticia. Solamente equipararnos, todos iguales ante la esquiva ley. Donde la continuidad prosiga con hechos, marcando ese camino de la Argentina perdida que viene de años cuando aún las estampillas tenían valor, hoy avergonzadas con otras unidades donde la plata se pesa, la coima es moneda corriente y el fuero el límite de todo castigo merecido. Tomo algunos puntos de un poema de Eduardo Galeano: “Los funcionarios no funcionan. Los políticos hablan, pero no dicen. Los votantes votan, pero no eligen. Los medios de información desinforman. Los centros de enseñanza enseñan, a ignorar. Los jueces condenan a las víctimas. Las bancarrotas se socializan, las ganancias se privatizan”. En fin, Argentina a cambiar. Recuperando la Argentina perdida.