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Paz: obra de todos

Por José Ceschi

¡Buen día! Hace unos años pasaba yo frente a un viejo muro con diversas rajaduras, con más de cien años encima. Lo que hizo detenerme no fue el muro ni la reflexión de sus muchos años sino la presencia de la vida que brotaba: varias plantitas de palán palán ha-bían logrado germinar y echar raíces en la escasa tierra que, a lo largo de muchos años, fue calando en las viejas hendiduras. El minuto que me tomé para mirar esas dispersas, pero reales presencias de verde me sirvió para dar gracias a Dios por el triunfo de la vida sobre la muerte: el triunfo de la planta nueva sobre el viejo mineral que caducaba. Pienso que lo mismo sucede con la paz. A pesar de to-do, la paz es posible, y todos debemos llenar de vida las hendiduras que persisten en los muros del odio y de la guerra. En “La paz, esencia de la vida” -un librito que recomiendo- María Granata nos convoca a ello cuando escribe:
“Dispongámonos a construir la paz con las manos del alma. Vayamos hacia direcciones no encontradas para hacer imposible el enfrentamiento. Coincidamos en que una sola vida humana vale más que una gloria que ha costado vidas. Aislemos a la violencia. No aceptemos su proximidad ni su lenguaje, y menos aún su justificación. Que no seamos nosotros su respuesta. Infundámosle a la paz nuestro calor hasta que llegue a ser una parte de nosotros mismos y podamos oírle sus latidos. Seamos ardorosos militantes de la paz. No de otra manera estaremos del todo vivos. No vacilemos en exhortar a que se cumpla la destrucción de todo arsenal bélico, ese acto supremo, la mayor de las glorias que podrían obtenerse. No dejemos de movilizarnos hasta volver cotidiana nuestra protesta contra el armamentismo. Ardorosamente atentos, no dejemos de atisbar ese propósito de paz y de justicia que aparece en medio de la extendida oscuridad como un destello que se acerca, todavía vacilante, sin arraigo, pero que terminará fijándose hasta iluminarlo todo. Desechemos todo escepticismo acerca de una definitiva paz mundial ya que ese escepticismo le abre la puerta a la violencia. Aprendamos a creer en lo que deseamos”…

¡Hasta mañana!

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Paz: obra de todos

Por José Ceschi

¡Buen día! Hace unos años pasaba yo frente a un viejo muro con diversas rajaduras, con más de cien años encima. Lo que hizo detenerme no fue el muro ni la reflexión de sus muchos años sino la presencia de la vida que brotaba: varias plantitas de palán palán ha-bían logrado germinar y echar raíces en la escasa tierra que, a lo largo de muchos años, fue calando en las viejas hendiduras. El minuto que me tomé para mirar esas dispersas, pero reales presencias de verde me sirvió para dar gracias a Dios por el triunfo de la vida sobre la muerte: el triunfo de la planta nueva sobre el viejo mineral que caducaba. Pienso que lo mismo sucede con la paz. A pesar de to-do, la paz es posible, y todos debemos llenar de vida las hendiduras que persisten en los muros del odio y de la guerra. En “La paz, esencia de la vida” -un librito que recomiendo- María Granata nos convoca a ello cuando escribe:
“Dispongámonos a construir la paz con las manos del alma. Vayamos hacia direcciones no encontradas para hacer imposible el enfrentamiento. Coincidamos en que una sola vida humana vale más que una gloria que ha costado vidas. Aislemos a la violencia. No aceptemos su proximidad ni su lenguaje, y menos aún su justificación. Que no seamos nosotros su respuesta. Infundámosle a la paz nuestro calor hasta que llegue a ser una parte de nosotros mismos y podamos oírle sus latidos. Seamos ardorosos militantes de la paz. No de otra manera estaremos del todo vivos. No vacilemos en exhortar a que se cumpla la destrucción de todo arsenal bélico, ese acto supremo, la mayor de las glorias que podrían obtenerse. No dejemos de movilizarnos hasta volver cotidiana nuestra protesta contra el armamentismo. Ardorosamente atentos, no dejemos de atisbar ese propósito de paz y de justicia que aparece en medio de la extendida oscuridad como un destello que se acerca, todavía vacilante, sin arraigo, pero que terminará fijándose hasta iluminarlo todo. Desechemos todo escepticismo acerca de una definitiva paz mundial ya que ese escepticismo le abre la puerta a la violencia. Aprendamos a creer en lo que deseamos”…

¡Hasta mañana!