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El beso de la paz

Viernes, 01 de marzo de 2019 a las 04:01

Por Adalberto Balduino
Especial para El Litoral

Decía el pensador austríaco Ivan Illich: “Todas las medidas que se tomen para el cambio que no consideren la respuesta del corazón humano, son o perversas o ingenuas. “Nunca es tomado lo esencial: el hombre y sus necesidades. El hombre y sus sueños. Pero más que nada, tomar sinceramente a él para que la paz sea verdadera y tenga una positiva razón de ser. Calma. Hermandad. Bienestar bien entendido. Y respeto con auténtica libertad donde no se confunda el libertinaje que es la llama que alimenta la corrupción en todos los órdenes.
De todas maneras, vivimos de símbolos que hablan por todos. Una foto publicada por la revista “Life” el día 14 de agosto de 1945, con motivo de firmarse el armisticio EE. UU.-Japón, no sin antes doblegarlos arteramente con el lanzamiento de dos bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki. La toma registrada por el fotógrafo Alfred Eisenstaedt, teniendo por piso la gran vía del Times Square en la ciudad de Nueva York, logró espontáneamente la paz hecha poesía. Un marinero llamado George Mendonsa toma en sus brazos a una enfermera que también caminaba por allí sin conocerse y le estampa un beso como consecuencia de que la gente en su euforia por el armisticio inundaba las calles. Ella era Greta Zimmer Friedman, quien tampoco conocía a su ocasional festejante y que, sin pensarlo, quedarían para siempre como símbolos abrazados en la búsqueda desesperada por la esquiva paz.
Dice el fotógrafo, Alfred Eisenstaedt, que había agotado casi el rollo cuando vio algo blanco que se movía, ambos: marinero y enfermera conformando un crisol de intensidad purísima, entonces gatilla desesperado por captar ese beso porque era algo único. La revista “Life” coincide y la elige como tapa sin chistar.
Es que la paz es el estado soñado que los pueblos del mundo forjan luchando por ella. Es el tiempo en que se logra componer, ordenar, construir todos los fundamentos que hacen fuerte a un estado, en que el hombre es el centro de todo pensando en todos, sin dejar a nadie afuera. Sin embargo, las hegemonías, la insaciable sed de perdurar, cometen a través de la historia un sinfín de sucesos en que surgen espontáneamente aprendices de dictadores que, una vez plantados, no quieren irse más. Abogan por la democracia; sin embargo, distan de ese principio que Juan Bautista Alberdi se encargó de recordar: “Lo que se llama nuestro deber no es más que la libertad de los otros: es la libertad nuestra, que paga el respeto que debe a la libertad del otro”. Ese respeto no se lleva a cabo porque el interés personal hace lo imposible por llegar a la corrupción.
Estados Unidos, sabedor que la propaganda es esencial, utilizó el cine en su provecho en cada contienda. No obstante, alimentaron la creatividad de muchos artífices de ese Hollywood filmado en “Color por tecnicolor”, donde el arte produjo memorables aciertos en que el concepto de triunfo protagonizó películas contemporáneas a la gran contingencia bélica de la Segunda Guerra Mundial y la del Pacífico. Claro, con una inclusión que atemperaba el dramatismo, la música y la danza en todo su esplendor, pero supliendo por el amor, el romanticismo, el baile y la música latiendo alegría desbordante como estandarte de exagerado optimismo que el peligro no le hace mella ni le causa miedo. 
Podemos recordar dos momentos: “Levando anclas” producida por la Metro-Goldwin-Mayer en el año 1945, con la música de Georgie Stoll, dirección de un consumado George Sidney y el protagonismo de un fuerte elenco. El bailarín y coreógrafo Gene Kelly, los cantantes y actores Frank Sinatra y Kathryn Grayson y el joven comediante Dean Stockwell. Filme con un Oscar por la banda sonora de gran arraigo jazzístico. Con el acierto de la desenfadada tecnología de entonces, es recordada la escena en que Gene Kelly baila con el dibujo animado del gato y el ratón: Tom y Jerry. Por supuesto, se trataba de marineros de la Armada norteamericana en su incursión de franco en la gran ciudad. Películas que alentaron el esparcimiento y alejaron miedos, sin ignorar el gran divertimento y la solidez artística de la comedia musical que ostentaron.
Es nuevamente en el año 1949, cuando se repite la temática sin tener la continuidad entre ellas, con una nueva producción de la Metro-Goldwyn-Mayer especializada en musicales. Esta vez se titulaba: “Un día en Nueva York” con Gene Kelly, Frank Sinatra, Jules Munshin y elenco. La dirección la asumió el propio Gene Kelly con Stanley Donen. La música de un imprescindible, Leonard Bernstein, el mismo de “El hombre del brazo de Oro”. La película obtuvo un Oscar por la mejor partitura musical de 1949.
Siempre son los símbolos. Algunos símbolos intentan tapar el sol con la mano porque no es posible abarcarlo todo. Hay algo que debería mantenerse, que en principio debería ser la idoneidad comprobada documentadamente de los candidatos, futuros funcionarios que son mayoría en un estado que tanto deja que desear. Logrando una justicia floja justamente de papeles, donde la sed desmedida del poder económico hace que la corrupción sea el camino normal y fin de cada uno de ellos. No queremos la sonrisa, el beso empalagoso, las palabras en gritos transformando un discurso en arengas que apasiona militancias. Queremos inteligencia, capacidad de trabajo, mirada con visión donde entran todos, donde cada falta signifique la separación automática y el juicio correspondiente a quienes confunden política de por vida con vocación monárquica. Que la educación sea un baluarte insobornable en que la única actividad sea enseñar con real conocimiento, en que cada alumno pueda desarrollar su criterio propio con sentido común para no ser arrastrados por los “iluminados” de cada tiempo. Donde el respeto sea primordial en todos los órdenes. Por delante de todos estos hitos que más que simbolizar representan un país de paz. La paz verdadera. La de la armonía. La de poder soñar y hacer realidad el bienestar general.
Soñar para hacerlos realidad es loable. Como la vieja foto que en un beso consolida ese encuentro con la paz. La paz vuelve en realidad cuando los pueblos son libres de toda transgresión que afecte a sus habitantes. Transgresión cometida por sus propios dirigentes en desmedro del hombre, la mujer, el niño y el anciano. En desmedro del país jurado, por Dios y la Patria.

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