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País que fue será

Ayer, aquí o mañana. Lo importante es adelante, porque hacia allá vamos.

Por Adalberto Balduino
Especial para El Litoral

Es el título que anticipa parte de la gran obra poética del escritor argentino, Juan Gelman, donde el país es la fuerza gravitacional, punto de partida y regreso. Sintetiza una cita de Guillaume de Poitiers que antecede el libro: “El Paraíso Perdido nunca estuvo atrás. Quedó adelante.” Eso basta para darnos cuenta de que siempre hacemos planes pensando en el futuro, tal vez algo honorable del pasado, sabiendo que el futuro alguna vez será presente. Un juego de tiempos, para entendernos, si verdaderamente es posible. Porque como dijo el ex presidente del Uruguay, Mujica: “A la Argentina sólo puede salvarle Mandrake”, ese mago que habitó junto con Lothar alguna vez las páginas de la mítica revista argentina, “El Tony”. Porque todo lo que tocamos, deshacemos. Lo malo de este país somos nosotros mismos, los argentinos. Hay crisis, pues sin embargo nunca tuvimos la vocación ni la capacidad de hacer un esfuerzo a la austeridad, porque si verdaderamente hay tanta urgencia, porque no reducimos los despilfarros que en época de crisis nos seguimos manejando como si nada: Tener dos coches. No dejar de lado recorrer países distantes, no perder la apariencia, la otra máscara argentina, no tener pero parecer. Portugal logró salir de pozo, del agobio económico, merced al sentido común de un plan de austeridad opuesto al desenfreno de tarjetas calientes y dinámicas, que no dejan de operar extenuadas y desvalida, pero los créditos brindan el suspiro salvador aunque nos metamos en cuentas interminables especialmente a quienes “tiran manteca al techo”. Y otro de los movimientos de la austeridad cuando la crisis se consume todo, es duplicar el trabajo, como lo hecho y lo hacen los países de oriente, crecientes y prometedores.
Recapacitar con lo que nos pasa, es erradicar los errores pasionales que hemos tenido, porque ese amor desmedido que el poder engendra nos ha llevado a todo lo que imaginemos, con muertos, con desaparecidos, con presos si tuvieron suerte de subsistir en una celda. Tenemos un enamoramiento sin límite hacia las consignas, a los colores, a los extremos tal vez porque al hombre le gusta jugar con el peligro, cuyos resultados no son ejemplares, sino la mayoría reprobables. Pero las huestes no son culpables, sino quienes las alientan hasta exacerbar los principios políticos, y cuando desbordan manejarlo resulta imposible, entonces la debacle ya está muy cerca.
Dejemos las patotas para las canchas, lo que también está mal, porque con el principio del poder omnímodo, la orden se desparrama generalmente descontrolada e imprevisible. Ese juego dejemos de lado si se quiere subsistir, leamos a los grandes hombres que dieron prueba cabal de respeto, disciplina y orden, en funciones tal vez ajenas pero realmente ejemplares.
No me canso de repetir, el equilibrio, la simplicidad, el estilo campechano pero ilustrativo del Dr. René Favaloro, científico argentino de fama internacional: “Estoy convencido de que a esta sociedad consumista, cegada por el mercado, la sucederá otra que se caracterizará por el hecho trascendente de que no dejará de lado la justicia social y la solidaridad.” “Proceder con honestidad en aras de la dignidad es el compromiso más trascendente en nuestro corto paso por este mundo.”  Y esta última que devela el origen de todas las cosas: “Todos somos culpables, pero si hubiera que repartir responsabilidades las mayores caerían sobre las clases dirigentes.” Nos falta tanto muchos atributos que aunque lo sabemos los pasamos por alto, pero que son imprescindibles, porque no todo es despilfarro del orden. José Luis San Pedro ha sido un pensador español, cuyas palabras aleccionan y reprimen todo desorden del pensamiento, cuando parece ser que es el deporte de moda: no pensar. Remarcaba: “Hay que vivir, para vivir hay que ser libre, para ser libre hay que tener pensamiento libre y para tener el pensamiento libre hay que educarse." Y hay uno, que se ajusta pleno, perfectamente a nuestra desprolijidad ciudadana: “El déficit democrático es grande. Democracia quiere decir gobierno del pueblo y por el pueblo. En democracia la ciudadanía tiene voz y voto. Aquí sólo hay voto una vez cada cuatro años, un voto más condicionado por la manipulación mediática que por la educación.”
Uno cuando se familiariza con las palabras las consignas pierden peso, y eso es saludable porque cada cual tiene un pensamiento diferente con el cual abona el sentido común. 
“País que fue será” alguna vez, porque idealizamos supuestamente lo mejor de entonces, que muchas veces sabemos que no eran mejores, y las sumergimos en ese caldo donde se amasa ese futuro del cual será.
Juan Gelman naturalmente era triste, porque esos gobiernos que nacieron para pensar a conciencia “País que fue será”, se llevaron lo mejor de él, parte de su familia. Por eso en “País”, un poema que da fuerzas y escenario de lo porvenir tomando parte de lo supuestamente mejor de ayer, revalida conceptos claros y precisos: “Cuando el dolor se parece a un país  se parece a mi país. Los / sin nada se envuelven con / un pájaro humilde que / no tiene método. / Un niño raya con la uña / lluvias que no cesan. / Está desnudo en lo que va a venir. / Una ilusión canta a medias / un canto que hace mal.” Lo malo es que no pensamos así, es como lo expresa el Dr. Favaloro somos un país consumista, que no deja de especular ni aparentar, por eso curarnos nunca nos hace mella. Siempre tratamos de zafar con hechos vanos, saltar toda valla haciendo valer aquello de la maldita política, “…la ciencia de lo posible.” Todo es posible aunque no lo fuera porque al serlo nos compromete a principios básicos, como erradicar la ignorancia, fomentar la educación, dejar de naturalizar cualquier cosa porque es dar vigencia sin haber hecho mérito, reafirmar el respeto, ejercitarnos a consensuar, a que la Justicia debe ser justa, a comprender que lo importante no es el partido sino la República, por eso otros colores ajenos a la bandera para lo único que sirven es para ensañarnos, fabricar oponentes, identificar contras, actuar más como barras bravas que ciudadanos responsables, de mano con la paz y la solidaridad.
Ojalá que transpolar los tiempos que denota “País que fue será”, sea la suma de la sociedad soñada, armónica y feliz que alguna parte de la historia registró, pero extrayendo de ella a quienes fueron autocráticos, regímenes de fuerzas extralimitadas, poderes desorbitados, y cadenas oficiales para regañarnos todos los días. Vivos enraizados en la corrupción de todo tipo. Ojalá que el “País que fue será” sea una realidad, habida cuenta como dice la frase que da apertura a este libro: “El Paraíso Perdido nunca estuvo atrás. Quedó adelante.”

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País que fue será

Ayer, aquí o mañana. Lo importante es adelante, porque hacia allá vamos.

Por Adalberto Balduino
Especial para El Litoral

Es el título que anticipa parte de la gran obra poética del escritor argentino, Juan Gelman, donde el país es la fuerza gravitacional, punto de partida y regreso. Sintetiza una cita de Guillaume de Poitiers que antecede el libro: “El Paraíso Perdido nunca estuvo atrás. Quedó adelante.” Eso basta para darnos cuenta de que siempre hacemos planes pensando en el futuro, tal vez algo honorable del pasado, sabiendo que el futuro alguna vez será presente. Un juego de tiempos, para entendernos, si verdaderamente es posible. Porque como dijo el ex presidente del Uruguay, Mujica: “A la Argentina sólo puede salvarle Mandrake”, ese mago que habitó junto con Lothar alguna vez las páginas de la mítica revista argentina, “El Tony”. Porque todo lo que tocamos, deshacemos. Lo malo de este país somos nosotros mismos, los argentinos. Hay crisis, pues sin embargo nunca tuvimos la vocación ni la capacidad de hacer un esfuerzo a la austeridad, porque si verdaderamente hay tanta urgencia, porque no reducimos los despilfarros que en época de crisis nos seguimos manejando como si nada: Tener dos coches. No dejar de lado recorrer países distantes, no perder la apariencia, la otra máscara argentina, no tener pero parecer. Portugal logró salir de pozo, del agobio económico, merced al sentido común de un plan de austeridad opuesto al desenfreno de tarjetas calientes y dinámicas, que no dejan de operar extenuadas y desvalida, pero los créditos brindan el suspiro salvador aunque nos metamos en cuentas interminables especialmente a quienes “tiran manteca al techo”. Y otro de los movimientos de la austeridad cuando la crisis se consume todo, es duplicar el trabajo, como lo hecho y lo hacen los países de oriente, crecientes y prometedores.
Recapacitar con lo que nos pasa, es erradicar los errores pasionales que hemos tenido, porque ese amor desmedido que el poder engendra nos ha llevado a todo lo que imaginemos, con muertos, con desaparecidos, con presos si tuvieron suerte de subsistir en una celda. Tenemos un enamoramiento sin límite hacia las consignas, a los colores, a los extremos tal vez porque al hombre le gusta jugar con el peligro, cuyos resultados no son ejemplares, sino la mayoría reprobables. Pero las huestes no son culpables, sino quienes las alientan hasta exacerbar los principios políticos, y cuando desbordan manejarlo resulta imposible, entonces la debacle ya está muy cerca.
Dejemos las patotas para las canchas, lo que también está mal, porque con el principio del poder omnímodo, la orden se desparrama generalmente descontrolada e imprevisible. Ese juego dejemos de lado si se quiere subsistir, leamos a los grandes hombres que dieron prueba cabal de respeto, disciplina y orden, en funciones tal vez ajenas pero realmente ejemplares.
No me canso de repetir, el equilibrio, la simplicidad, el estilo campechano pero ilustrativo del Dr. René Favaloro, científico argentino de fama internacional: “Estoy convencido de que a esta sociedad consumista, cegada por el mercado, la sucederá otra que se caracterizará por el hecho trascendente de que no dejará de lado la justicia social y la solidaridad.” “Proceder con honestidad en aras de la dignidad es el compromiso más trascendente en nuestro corto paso por este mundo.”  Y esta última que devela el origen de todas las cosas: “Todos somos culpables, pero si hubiera que repartir responsabilidades las mayores caerían sobre las clases dirigentes.” Nos falta tanto muchos atributos que aunque lo sabemos los pasamos por alto, pero que son imprescindibles, porque no todo es despilfarro del orden. José Luis San Pedro ha sido un pensador español, cuyas palabras aleccionan y reprimen todo desorden del pensamiento, cuando parece ser que es el deporte de moda: no pensar. Remarcaba: “Hay que vivir, para vivir hay que ser libre, para ser libre hay que tener pensamiento libre y para tener el pensamiento libre hay que educarse." Y hay uno, que se ajusta pleno, perfectamente a nuestra desprolijidad ciudadana: “El déficit democrático es grande. Democracia quiere decir gobierno del pueblo y por el pueblo. En democracia la ciudadanía tiene voz y voto. Aquí sólo hay voto una vez cada cuatro años, un voto más condicionado por la manipulación mediática que por la educación.”
Uno cuando se familiariza con las palabras las consignas pierden peso, y eso es saludable porque cada cual tiene un pensamiento diferente con el cual abona el sentido común. 
“País que fue será” alguna vez, porque idealizamos supuestamente lo mejor de entonces, que muchas veces sabemos que no eran mejores, y las sumergimos en ese caldo donde se amasa ese futuro del cual será.
Juan Gelman naturalmente era triste, porque esos gobiernos que nacieron para pensar a conciencia “País que fue será”, se llevaron lo mejor de él, parte de su familia. Por eso en “País”, un poema que da fuerzas y escenario de lo porvenir tomando parte de lo supuestamente mejor de ayer, revalida conceptos claros y precisos: “Cuando el dolor se parece a un país  se parece a mi país. Los / sin nada se envuelven con / un pájaro humilde que / no tiene método. / Un niño raya con la uña / lluvias que no cesan. / Está desnudo en lo que va a venir. / Una ilusión canta a medias / un canto que hace mal.” Lo malo es que no pensamos así, es como lo expresa el Dr. Favaloro somos un país consumista, que no deja de especular ni aparentar, por eso curarnos nunca nos hace mella. Siempre tratamos de zafar con hechos vanos, saltar toda valla haciendo valer aquello de la maldita política, “…la ciencia de lo posible.” Todo es posible aunque no lo fuera porque al serlo nos compromete a principios básicos, como erradicar la ignorancia, fomentar la educación, dejar de naturalizar cualquier cosa porque es dar vigencia sin haber hecho mérito, reafirmar el respeto, ejercitarnos a consensuar, a que la Justicia debe ser justa, a comprender que lo importante no es el partido sino la República, por eso otros colores ajenos a la bandera para lo único que sirven es para ensañarnos, fabricar oponentes, identificar contras, actuar más como barras bravas que ciudadanos responsables, de mano con la paz y la solidaridad.
Ojalá que transpolar los tiempos que denota “País que fue será”, sea la suma de la sociedad soñada, armónica y feliz que alguna parte de la historia registró, pero extrayendo de ella a quienes fueron autocráticos, regímenes de fuerzas extralimitadas, poderes desorbitados, y cadenas oficiales para regañarnos todos los días. Vivos enraizados en la corrupción de todo tipo. Ojalá que el “País que fue será” sea una realidad, habida cuenta como dice la frase que da apertura a este libro: “El Paraíso Perdido nunca estuvo atrás. Quedó adelante.”