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El poder de la oración

Por Leticia Oraisón de Turpin
Orientadora Familiar

Si alguien duda sobre el poder de la oración, es porque todavía no tuvo la oportunidad de verificar con su propia experiencia el significado verdadero y magnificente de esta práctica piadosa.
Todos podemos pasar por momentos duros, tristes, desoladores y hasta dramáticos, momentos en que la compañía de las personas queridas pueden aliviar de alguna manera el dolor y calmar la angustia, pero los sentimientos y las sensaciones que están dentro nuestro no se evaporan ni se pierden, siguen allí intactos, estrujándonos el  corazón. Sólo hay un antídoto para ese veneno que contamina nuestro interior y es la oración, el llamado a Dios a socorrernos, a consolarnos, a apoyarnos en la búsqueda del desenredo de esa situación; solución que la mayoría de las veces no depende de nosotros, que no nos pertenece, que nos es ajena y lejana y sólo Dios puede encontrar la respuesta y acercarnos un resultado conforme y amable.
“Sólo Dios”, cuántas veces lo decimos, “sólo El puede ayudarnos” y sólo El porque además de Omnipotente, es Padre amoroso, confiable, amable, protector y generoso.
Sólo Dios calma el alma, da sosiego y paz duradera, sólo El nos enseña y lleva a los reencuentros, a las resoluciones, a los arreglos y desenlaces más satisfactorios y gratificantes.
El hombre puede ser pobre o rico, culto o ignorante, poderoso o desvalido, pero siempre será necesitado de Dios, porque el alma tiende a El, lo reclama, lo exige como necesario para calmar su sed de infinito, de trascendencia, de más allá. Hemos sido creados por Dios y a El debemos volver, y aunque nos resistamos, la tendencia existe y vive en nosotros y nuestro “yo” grita y reclama por Dios desde lo más profundo del ser.
Por eso no es raro ni extraño que en situaciones límites, todos nos acordemos de Dios e imploremos su ayuda, su protección y su sostén.
Y  ese Dios “manso y humilde de corazón” no olvidará nuestros ruegos, ni permanecerá indiferente, porque el mismo Jesucristo lo ha afirmado cuando dijo “pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá”.
Procuremos entonces no perder de vista el punto de mira sobrenatural, sabiendo que Dios está detrás de cada acontecimiento, (bueno o malo) buscándolo en el centro de nuestra alma, pues no es cosa de poca monta, tener un auténtico diálogo de amor. Como decía San Josemaría Escrivá, es “una práctica que no nos producirá ninguna deformación psicológica, porque para un cristiano, orar debiera ser tan natural como el latir del corazón”.
Lo que nos dice que la oración debe ser constante, íntima, entrañable, sin pausa, en todo momento, para pedir y mejor todavía, para agradecer, alabar y glorificar, así no se pierde la intensa y beneficiosa comunicación sobrenatural con el Creador.
Sabemos y si no lo sabemos, lo experimentaremos alguna vez, que sólo Dios es el consuelo y la paz, la alegría y la abundancia, la felicidad y la eternidad y junto a El nadie estará nunca solo, ni afligido, ni desprotegido, porque en El descansa nuestra alma y se regocija todo nuestro ser.

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El poder de la oración

Por Leticia Oraisón de Turpin
Orientadora Familiar

Si alguien duda sobre el poder de la oración, es porque todavía no tuvo la oportunidad de verificar con su propia experiencia el significado verdadero y magnificente de esta práctica piadosa.
Todos podemos pasar por momentos duros, tristes, desoladores y hasta dramáticos, momentos en que la compañía de las personas queridas pueden aliviar de alguna manera el dolor y calmar la angustia, pero los sentimientos y las sensaciones que están dentro nuestro no se evaporan ni se pierden, siguen allí intactos, estrujándonos el  corazón. Sólo hay un antídoto para ese veneno que contamina nuestro interior y es la oración, el llamado a Dios a socorrernos, a consolarnos, a apoyarnos en la búsqueda del desenredo de esa situación; solución que la mayoría de las veces no depende de nosotros, que no nos pertenece, que nos es ajena y lejana y sólo Dios puede encontrar la respuesta y acercarnos un resultado conforme y amable.
“Sólo Dios”, cuántas veces lo decimos, “sólo El puede ayudarnos” y sólo El porque además de Omnipotente, es Padre amoroso, confiable, amable, protector y generoso.
Sólo Dios calma el alma, da sosiego y paz duradera, sólo El nos enseña y lleva a los reencuentros, a las resoluciones, a los arreglos y desenlaces más satisfactorios y gratificantes.
El hombre puede ser pobre o rico, culto o ignorante, poderoso o desvalido, pero siempre será necesitado de Dios, porque el alma tiende a El, lo reclama, lo exige como necesario para calmar su sed de infinito, de trascendencia, de más allá. Hemos sido creados por Dios y a El debemos volver, y aunque nos resistamos, la tendencia existe y vive en nosotros y nuestro “yo” grita y reclama por Dios desde lo más profundo del ser.
Por eso no es raro ni extraño que en situaciones límites, todos nos acordemos de Dios e imploremos su ayuda, su protección y su sostén.
Y  ese Dios “manso y humilde de corazón” no olvidará nuestros ruegos, ni permanecerá indiferente, porque el mismo Jesucristo lo ha afirmado cuando dijo “pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá”.
Procuremos entonces no perder de vista el punto de mira sobrenatural, sabiendo que Dios está detrás de cada acontecimiento, (bueno o malo) buscándolo en el centro de nuestra alma, pues no es cosa de poca monta, tener un auténtico diálogo de amor. Como decía San Josemaría Escrivá, es “una práctica que no nos producirá ninguna deformación psicológica, porque para un cristiano, orar debiera ser tan natural como el latir del corazón”.
Lo que nos dice que la oración debe ser constante, íntima, entrañable, sin pausa, en todo momento, para pedir y mejor todavía, para agradecer, alabar y glorificar, así no se pierde la intensa y beneficiosa comunicación sobrenatural con el Creador.
Sabemos y si no lo sabemos, lo experimentaremos alguna vez, que sólo Dios es el consuelo y la paz, la alegría y la abundancia, la felicidad y la eternidad y junto a El nadie estará nunca solo, ni afligido, ni desprotegido, porque en El descansa nuestra alma y se regocija todo nuestro ser.