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CORRIENTES:

Entre el ajuste y el default

En su periplo europeo, el presidente Fernández cosechó palmadas de apoyo para la reprogramación de la deuda, y repartió promesas de ajuste que le sonaron al FMI como música celestial. El debate en serio viene a partir de ahora, en un tiempo que será difícil para la caja pública, acosada por los vencimientos.

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Por Jorge Eduardo Simonetti
jorgesimonetti.com
Especial para El Litoral

 

“El Fondo Monetario está muy entusiasmado con la reforma previsional encarada por mi administración”
Presidente Fernández, 
en su gira europea

“La austeridad fiscal no es compatible con un país en recesión”
Ministro Guzmán, 
ante el Congreso

Los buenos resultados de la gira europea anunciados por el presidente Fernández y las posteriores declaraciones ante empresarios y el Congreso por parte del ministro Guzmán una semana después, parecieran demostrar la velocidad de cambio de las políticas públicas en la Argentina. ¿Es producto de la siempre presente improvisación criolla o de un doble discurso fríamente calculado?
En cualquier caso, estamos ante una disyuntiva disvaliosa para el pueblo argentino, porque ambos brazos de la bifurcación, cualquiera sea el que se elija, nos llevarán casi seguramente a la continuidad de las penurias económicas.
Achicar aún más el gasto público para tener capacidad de repago, que es siempre la opción que maneja el FMI por lógica, supondrá seguramente la continuidad de la situación recesiva de la economía por tercer año consecutivo y la pauperización de los sectores medios y medios bajos.
No hacer el ajuste requerido, en cambio,  nos transportará, casi sin estaciones intermedias, a un estado de default real, aislándonos del mundo y del crédito internacional, en un contexto absolutamente desfavorable para un país con malos antecedentes al respecto.
La prórroga unilateral del gobierno para el pago de capital del bono AF20 a personas jurídicas, que vencía el jueves pasado y que no pudo reconvertirse por falta de oferentes en la licitación convocada, es apenas la punta del iceberg que expone la duda que la Argentina genera en el mundo sobre su verdadera voluntad y capacidad de pago.
La pregunta surge manifiesta: ¿fue acting la gira europea que mostró un interés presidencial de ajuste fiscal y de pago en mejores condiciones, o es acting ahora que el ministro Guzmán declara ante el Congreso exactamente lo contrario?
En su raid por Europa, Fernández cosechó sonrisas y palmadas afectuosas desde Macron a Ángela Merkel y desde el Papa al rey de España. Francisco hasta se animó a organizar un simposio que contó con la presencia del ministro de Economía Martín Guzmán y de la nueva directora del Fondo, la búlgara Kristalina Georgieva. Parecía, desde la óptica vaticana, que el Fondo pasó de ser un organismo expoliador de los pobres a buenos amigos que nos apoyan en nuestras penurias.
¿Qué prometió Fernández al FMI para lograr un alivio en los próximos vencimientos? Equilibrio fiscal desde el segundo semestre, superávit desde 2021 hasta el final de su mandato, superávit comercial de entre USD 18.000 y 25.000 millones en toda su gestión, y, como carta ganadora, el desarrollo de Vaca Muerta para que desde 2024 comience a aportar USD 5.000 millones extras como garantía de pago.
Pareció creíble, más aún cuando su carta de presentación fue el duro ajuste de la “ley de solidaridad”, que condenó a jubilados, pequeños ahorristas, provincias y el campo, a ver sus ingresos absolutamente disminuidos.
Sin embargo, una vez en el país, pareció que las decisiones fueron en sentido contrario. No se pagó un bono y se decretó una prórroga unilateral hasta el 30 de setiembre.
A la par, Guzmán, el propio ministro que diseñó la ley del ajuste de diciembre, se despachó en el Congreso con declaraciones totalmente opuestas, expresando que no hay margen para establecer una austeridad fiscal y la consecuente reducción del déficit público para 2020, y que los bonistas no estarían contentos con las condiciones de renegociación de sus tenencias que el país propondría.
A los dichos del ministro, el mercado respondió automáticamente con una baja de los papeles argentinos y un aumento del riesgo país, incluyendo algunas calificadoras que ya están colocandonos en la categoría del “default”.
Allí viene el otro interrogante: ¿Diseñó el Gobierno un doble discurso, uno para afuera como alumno cumplidor de las tareas, y otro para su frente interno que destaca la posición contraria de alumno desacatado?
En este mundo interrelacionado, todo se sabe y tiene sus consecuencias: no se puede decir una cosa afuera y otra, puertas adentro, en uno y otro caso, las principales recaerán sobre las espaldas de la población.
La otra posibilidad es que no se haya tomado cabal dimensión del problema, se haya improvisado buscando simpatías externas, y, una vez en terreno propio, hayan sido impactados por el viento caliente de las realidades.
El siglo XX fue el escenario de la lucha entre dos teorías económicas para solucionar o paliar los problemas de los países en crisis agudas. La posición keynesiana sostiene, para enfrentar los momentos capitalistas de depresión, que el estado debe estimular la economía, pidiendo dinero prestado y creando empleo y obra pública. Esta teoría tuvo su momento de auge en el plano social con el New Deal estadounidense durante la gran depresión.
La otra, el monetarismo de Milton Friedman y la escuela de Chicago, que se abrió paso en la década del 70 ante la aparición del estancamiento con inflación (estanflación), que considera que la inflación es siempre un fenómeno monetario y que inyectando dinero a la economía sólo se consigue agravar el problema.
¿Es la Argentina un nuevo escenario de enfrentamiento de ambas posiciones: gasto o ajuste? Pareciera que el ajuste es imprescindible para ordenar un gasto desordenado e irracional, y que conseguir fondos frescos para reactivar la economía es, a esta altura, una quimera.
Para peor, ni Cristina ni Macri ayudan a Fernández; ella con sus declaraciones livianas y descontextuadas desde Cuba; él con su silencio culposo como corresponsable del descalabro que atravesamos en materia de deuda pública.
Hoy el dilema es de hierro: o verdaderamente ajustamos para pagar, o nos declaramos en default, nos aislamos y le damos a la maquinita. 
En uno y otro caso, las penurias recaerán, como no puede ser de otra manera, sobre los ciudadanos de a pie de la Argentina.
Pero los políticos no pueden mantener siempre el doble discurso ni el silencio culposo. Ni los de antes ni los de ahora. Habrá que hacerse cargo, pero con la precondición de la verdad.
Con la ley de diciembre, Fernández mostró la pata de la sota que indica que es una continuidad del gobierno de su vicepresidenta, la que reiteradamente apuntó los cañones del ajuste hacia los jubilados y las provincias. En los impuestos, el campo siempre fue la caja fácil del peronismo, agregados hoy los pequeños ahorristas y turistas.
Para colmo, no es la misma Argentina de la presidencia de Néstor Kirchner, ya no soplan los favorables vientos de un comercio internacional que nos suministró divisas de manera inédita.
Sólo nos queda rascar la olla e ilusionarnos que alguna vez, más adelante tal vez, comencemos a tener políticas públicas coherentes.

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Entre el ajuste y el default

En su periplo europeo, el presidente Fernández cosechó palmadas de apoyo para la reprogramación de la deuda, y repartió promesas de ajuste que le sonaron al FMI como música celestial. El debate en serio viene a partir de ahora, en un tiempo que será difícil para la caja pública, acosada por los vencimientos.

Por Jorge Eduardo Simonetti
jorgesimonetti.com
Especial para El Litoral

 

“El Fondo Monetario está muy entusiasmado con la reforma previsional encarada por mi administración”
Presidente Fernández, 
en su gira europea

“La austeridad fiscal no es compatible con un país en recesión”
Ministro Guzmán, 
ante el Congreso

Los buenos resultados de la gira europea anunciados por el presidente Fernández y las posteriores declaraciones ante empresarios y el Congreso por parte del ministro Guzmán una semana después, parecieran demostrar la velocidad de cambio de las políticas públicas en la Argentina. ¿Es producto de la siempre presente improvisación criolla o de un doble discurso fríamente calculado?
En cualquier caso, estamos ante una disyuntiva disvaliosa para el pueblo argentino, porque ambos brazos de la bifurcación, cualquiera sea el que se elija, nos llevarán casi seguramente a la continuidad de las penurias económicas.
Achicar aún más el gasto público para tener capacidad de repago, que es siempre la opción que maneja el FMI por lógica, supondrá seguramente la continuidad de la situación recesiva de la economía por tercer año consecutivo y la pauperización de los sectores medios y medios bajos.
No hacer el ajuste requerido, en cambio,  nos transportará, casi sin estaciones intermedias, a un estado de default real, aislándonos del mundo y del crédito internacional, en un contexto absolutamente desfavorable para un país con malos antecedentes al respecto.
La prórroga unilateral del gobierno para el pago de capital del bono AF20 a personas jurídicas, que vencía el jueves pasado y que no pudo reconvertirse por falta de oferentes en la licitación convocada, es apenas la punta del iceberg que expone la duda que la Argentina genera en el mundo sobre su verdadera voluntad y capacidad de pago.
La pregunta surge manifiesta: ¿fue acting la gira europea que mostró un interés presidencial de ajuste fiscal y de pago en mejores condiciones, o es acting ahora que el ministro Guzmán declara ante el Congreso exactamente lo contrario?
En su raid por Europa, Fernández cosechó sonrisas y palmadas afectuosas desde Macron a Ángela Merkel y desde el Papa al rey de España. Francisco hasta se animó a organizar un simposio que contó con la presencia del ministro de Economía Martín Guzmán y de la nueva directora del Fondo, la búlgara Kristalina Georgieva. Parecía, desde la óptica vaticana, que el Fondo pasó de ser un organismo expoliador de los pobres a buenos amigos que nos apoyan en nuestras penurias.
¿Qué prometió Fernández al FMI para lograr un alivio en los próximos vencimientos? Equilibrio fiscal desde el segundo semestre, superávit desde 2021 hasta el final de su mandato, superávit comercial de entre USD 18.000 y 25.000 millones en toda su gestión, y, como carta ganadora, el desarrollo de Vaca Muerta para que desde 2024 comience a aportar USD 5.000 millones extras como garantía de pago.
Pareció creíble, más aún cuando su carta de presentación fue el duro ajuste de la “ley de solidaridad”, que condenó a jubilados, pequeños ahorristas, provincias y el campo, a ver sus ingresos absolutamente disminuidos.
Sin embargo, una vez en el país, pareció que las decisiones fueron en sentido contrario. No se pagó un bono y se decretó una prórroga unilateral hasta el 30 de setiembre.
A la par, Guzmán, el propio ministro que diseñó la ley del ajuste de diciembre, se despachó en el Congreso con declaraciones totalmente opuestas, expresando que no hay margen para establecer una austeridad fiscal y la consecuente reducción del déficit público para 2020, y que los bonistas no estarían contentos con las condiciones de renegociación de sus tenencias que el país propondría.
A los dichos del ministro, el mercado respondió automáticamente con una baja de los papeles argentinos y un aumento del riesgo país, incluyendo algunas calificadoras que ya están colocandonos en la categoría del “default”.
Allí viene el otro interrogante: ¿Diseñó el Gobierno un doble discurso, uno para afuera como alumno cumplidor de las tareas, y otro para su frente interno que destaca la posición contraria de alumno desacatado?
En este mundo interrelacionado, todo se sabe y tiene sus consecuencias: no se puede decir una cosa afuera y otra, puertas adentro, en uno y otro caso, las principales recaerán sobre las espaldas de la población.
La otra posibilidad es que no se haya tomado cabal dimensión del problema, se haya improvisado buscando simpatías externas, y, una vez en terreno propio, hayan sido impactados por el viento caliente de las realidades.
El siglo XX fue el escenario de la lucha entre dos teorías económicas para solucionar o paliar los problemas de los países en crisis agudas. La posición keynesiana sostiene, para enfrentar los momentos capitalistas de depresión, que el estado debe estimular la economía, pidiendo dinero prestado y creando empleo y obra pública. Esta teoría tuvo su momento de auge en el plano social con el New Deal estadounidense durante la gran depresión.
La otra, el monetarismo de Milton Friedman y la escuela de Chicago, que se abrió paso en la década del 70 ante la aparición del estancamiento con inflación (estanflación), que considera que la inflación es siempre un fenómeno monetario y que inyectando dinero a la economía sólo se consigue agravar el problema.
¿Es la Argentina un nuevo escenario de enfrentamiento de ambas posiciones: gasto o ajuste? Pareciera que el ajuste es imprescindible para ordenar un gasto desordenado e irracional, y que conseguir fondos frescos para reactivar la economía es, a esta altura, una quimera.
Para peor, ni Cristina ni Macri ayudan a Fernández; ella con sus declaraciones livianas y descontextuadas desde Cuba; él con su silencio culposo como corresponsable del descalabro que atravesamos en materia de deuda pública.
Hoy el dilema es de hierro: o verdaderamente ajustamos para pagar, o nos declaramos en default, nos aislamos y le damos a la maquinita. 
En uno y otro caso, las penurias recaerán, como no puede ser de otra manera, sobre los ciudadanos de a pie de la Argentina.
Pero los políticos no pueden mantener siempre el doble discurso ni el silencio culposo. Ni los de antes ni los de ahora. Habrá que hacerse cargo, pero con la precondición de la verdad.
Con la ley de diciembre, Fernández mostró la pata de la sota que indica que es una continuidad del gobierno de su vicepresidenta, la que reiteradamente apuntó los cañones del ajuste hacia los jubilados y las provincias. En los impuestos, el campo siempre fue la caja fácil del peronismo, agregados hoy los pequeños ahorristas y turistas.
Para colmo, no es la misma Argentina de la presidencia de Néstor Kirchner, ya no soplan los favorables vientos de un comercio internacional que nos suministró divisas de manera inédita.
Sólo nos queda rascar la olla e ilusionarnos que alguna vez, más adelante tal vez, comencemos a tener políticas públicas coherentes.