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CORRIENTES:

Coronavirus: regreso al Estado, pero ¿a cuál?

Hay un escenario nuevo que se extiende en un corto período de apenas dos meses a lo largo de un elevado número de países muy diferentes. El factor exógeno determinante es de sobra conocido. En el terreno, las acciones constituyen un elenco que configura un indudable denominador común que en ocasiones comporta medidas insólitas: las fronteras se cierran, la población es recluida en sus hogares, el transporte público se interviene, las fuerzas de seguridad ocupan la calle, los gobiernos decretan estados de emergencia o similares, dictan medidas de salud pública de obligado cumplimento, los hospitales llegan a su nivel máximo de saturación y ponen en marcha políticas fiscales excepcionales. Asegura Manuel Alcántara Sáez en Clarín; un politólogo español. Profesor de Ciencia Política de la Universidad. Pontificia Bolivariana de Medellín.
Una institución que se decía obsoleta desde hace al menos tres décadas para muchos teóricos y oficiantes de la política, asoma su quehacer y muestra lo imprescindible de la misma. En frente, una población asustada en mayor o menor medida da hálito al proyecto hobbesiano por excelencia. El miedo como principio necesario para justificar al Estado constituye el ingrediente imprescindible para cerrar el ciclo. 
Ni las graves secuelas de la crisis económico-financiera del 2008, ni los ensayos puestos en marcha en diferentes países de América Latina a partir del nuevo siglo parecieran haber afectado la pujanza con la que el neoliberalismo arribó a la arena pública a partir de la década del 70. El descalabro del sector financiero que desnudó la hipótesis de la eficiencia de los mercados y que supuso la intervención masiva de los bancos centrales con inyecciones de miles de millones de dólares del erario para aliviar el desaguisado no fue suficiente para torcer el designio neoliberal.
Ha bastado algo más de un trimestre de actividad explícita del Covid-19 para desempolvar los viejos manuales de Teoría del Estado arrinconados por el mantra neoliberal. Asuntos como el territorio, el poder soberano, el orden jurídico que regula la conducta de las personas, el bien común, entre otros, han resurgido con un empuje indeleble. A ellos se añade la peculiaridad de acciones específicas bajo el paraguas de las políticas públicas que fueron señeras bajo el marco establecido del Estado Social de Derecho o del Estado del Bienestar, figuras que se resisten a desaparecer.
Sólo una sanidad pública aupada sobre la lógica del asistencialismo universal que requiere de políticas públicas de largo alcance, con planificación y cobertura presupuestaria suficiente sabe dar una respuesta justa y adecuada a la pandemia suscitada. Sólo una coordinación desde un poder ejecutivo legítimo es capaz de atemperar el desconcierto y el desorden social inicial utilizando resortes de diversa naturaleza entre los que destacan la información y el conocimiento, las fuerzas de seguridad, así como la red de comunicaciones y de transporte. Sólo un orden político basado en la solidaridad y firme defensor de los principios de igualdad, libertad y justicia puede articular respuestas que mitiguen diferentes daños causados en el tejido productivo en distintos sectores de la economía al igual que en el ámbito laboral. Todo ello requiere de la presencia del Estado, sea cual sea su configuración: supranacional, nacional, regional o local. Si hace tres décadas se hizo famoso que era la economía quien tenía la última palabra hoy es el Estado el que tiene la respuesta.

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Coronavirus: regreso al Estado, pero ¿a cuál?

Hay un escenario nuevo que se extiende en un corto período de apenas dos meses a lo largo de un elevado número de países muy diferentes. El factor exógeno determinante es de sobra conocido. En el terreno, las acciones constituyen un elenco que configura un indudable denominador común que en ocasiones comporta medidas insólitas: las fronteras se cierran, la población es recluida en sus hogares, el transporte público se interviene, las fuerzas de seguridad ocupan la calle, los gobiernos decretan estados de emergencia o similares, dictan medidas de salud pública de obligado cumplimento, los hospitales llegan a su nivel máximo de saturación y ponen en marcha políticas fiscales excepcionales. Asegura Manuel Alcántara Sáez en Clarín; un politólogo español. Profesor de Ciencia Política de la Universidad. Pontificia Bolivariana de Medellín.
Una institución que se decía obsoleta desde hace al menos tres décadas para muchos teóricos y oficiantes de la política, asoma su quehacer y muestra lo imprescindible de la misma. En frente, una población asustada en mayor o menor medida da hálito al proyecto hobbesiano por excelencia. El miedo como principio necesario para justificar al Estado constituye el ingrediente imprescindible para cerrar el ciclo. 
Ni las graves secuelas de la crisis económico-financiera del 2008, ni los ensayos puestos en marcha en diferentes países de América Latina a partir del nuevo siglo parecieran haber afectado la pujanza con la que el neoliberalismo arribó a la arena pública a partir de la década del 70. El descalabro del sector financiero que desnudó la hipótesis de la eficiencia de los mercados y que supuso la intervención masiva de los bancos centrales con inyecciones de miles de millones de dólares del erario para aliviar el desaguisado no fue suficiente para torcer el designio neoliberal.
Ha bastado algo más de un trimestre de actividad explícita del Covid-19 para desempolvar los viejos manuales de Teoría del Estado arrinconados por el mantra neoliberal. Asuntos como el territorio, el poder soberano, el orden jurídico que regula la conducta de las personas, el bien común, entre otros, han resurgido con un empuje indeleble. A ellos se añade la peculiaridad de acciones específicas bajo el paraguas de las políticas públicas que fueron señeras bajo el marco establecido del Estado Social de Derecho o del Estado del Bienestar, figuras que se resisten a desaparecer.
Sólo una sanidad pública aupada sobre la lógica del asistencialismo universal que requiere de políticas públicas de largo alcance, con planificación y cobertura presupuestaria suficiente sabe dar una respuesta justa y adecuada a la pandemia suscitada. Sólo una coordinación desde un poder ejecutivo legítimo es capaz de atemperar el desconcierto y el desorden social inicial utilizando resortes de diversa naturaleza entre los que destacan la información y el conocimiento, las fuerzas de seguridad, así como la red de comunicaciones y de transporte. Sólo un orden político basado en la solidaridad y firme defensor de los principios de igualdad, libertad y justicia puede articular respuestas que mitiguen diferentes daños causados en el tejido productivo en distintos sectores de la economía al igual que en el ámbito laboral. Todo ello requiere de la presencia del Estado, sea cual sea su configuración: supranacional, nacional, regional o local. Si hace tres décadas se hizo famoso que era la economía quien tenía la última palabra hoy es el Estado el que tiene la respuesta.