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Ser inmigrantes o la vida entre dos aguas

El festival internacional de cine de autor Films Infest de Palma de Mallorca realizado a fines de enero incluyó en su programación de 2021 “Blasco Ibáñez, el gaucho”, dirigido por Juan Pablo Palladino Tyrrell. El audiovisual documenta la aventura migratoria del escritor y de 60 familias valencianas hacia la provincia argentina de Corrientes, que transcurrió entre 1911 y 1924.

Juan Pablo PT llegó a España con 24 años como tantos argentinos buscando otro horizonte, su lugar en el mundo. Cuando llegó a Valencia, encontró a su amigo y colega, Lucio Latorre, el coguionista del documental. Juntos empezaron a buscar trabajo como periodistas, pero aceptando otros para ganarse la vida como el típico trabajo de camarero. “Marily” Morales Segovia, correntina que vivía en Valencia, les dio techo y cobijo y les contó la historia de Blasco Ibáñez en Corrientes una noche durante la cena.

Después el tema desapareció más de 10 años de su vida, aunque quedó dando vueltas en el subconsciente aquella travesía del escritor y sus seguidores que retomó con la idea de contar la odisea de Blasco Ibáñez y sus colonos.

—¿Qué fue lo que te hizo retomar la idea de retratar la empresa de Blasco Ibáñez?

—En el 2013 me separo de la madre de mi hijo y regreso a Argentina de visita, para acomodar la cabeza. Este proceso personal tiene mucho que ver con el proyecto documental, porque me despertó una necesidad profunda de reconectar con mi tierra. Digamos que la odisea de Blasco Ibáñez reapareció en mi vida como un hermoso motivo para tejer un puente laboral, pero sobre todo emocional y vivencial, entre mis dos tierras: Corrientes y Valencia. En España venía desde hace tiempo trabajando en la comunicación corporativa, ofreciendo servicios multimedia, entre ellos, audiovisuales. Trabajo mucho para organizaciones del tercer sector, pues me siento sensibilizado con temas sociales. Esto me dio la oportunidad de viajar a diferentes países de Centroamérica y África a realizar documentales. 

—Tenías una experiencia ya…

—Sí. Cuando en 2013 regreso a Corrientes con esta necesidad imperiosa de reconectarme, de redescubrir mis orígenes, me encuentro con mi amigo Gustavo Ojeda, gran conocedor del viaje de Blasco Ibáñez, y él me reintroduce en la empresa del escritor y muchos entresijos del proyecto colonizador. Sinceramente, me había olvidado por completo del tema, estaba en mi subconsciente, pero no lo tenía conmigo. Me enganché con el relato de Ojeda y ya estaba algo experimentado en el mundo documental para saber que no hay que dejar pasar oportunidades, busqué la manera de registrar testimonios. Ahí me contacté con Fernando Cattáneo, quien se volcó a grabar las entrevistas con su equipo y me dio material que ya había grabado de campos de arroz y paisajes correntinos. Mi hermano Jorge Palladino, sonidista, se sumó al proyecto. Gustavo nos conectó con familiares de gente que viajó con Blasco y personas conocedoras de la historia y con Daniela Lombardi, otra periodista.

—¿Qué sentiste cuando te recordaron esta historia?

—Me sorprendió y emocionó el hecho de que 100 años atrás un centenar de personas hicieran con Blasco Ibáñez el trayecto inverso al mío con un objetivo similar: buscar un mejor futuro. Está claro que las formas y consecuencias para las personas de emigrar cambiaron mucho, al menos entre los países con cierto nivel económico. Pero la idea de emigrar para buscar un futuro mejor recorre toda la historia de la humanidad y atraviesa el sentir de toda persona que emigra, de la misma forma que el duelo de alejarte de tus afectos. Por otra parte, el proyecto de retratar este viaje entre dos orillas que dividen mi vida a la mitad (pasé tantos años en Valencia como en Corrientes), me reportó siempre una profunda sensación de reconexión con mis orígenes, como si fuera una historia que liga dos mitades de mi vida.

—¿Cómo surgen los primeros guiones, las primeras ideas? 

—Hay al menos dos maneras para mí de hacer un documental. Una es partiendo de un gran conocimiento de una historia, de una fuerte documentación, estudiando mucho, consiguiendo los medios y empezando a grabar desde una base muy sólida a nivel de información y de guion tentativo (pues un documental siempre está abierto a vicisitudes de la historia). Y la otra, que es la que escogí, quizá porque lo sentí de esta forma, consiste en coger una cámara y salir a grabar lo que te encuentres a partir de algunos datos que te han dado. Salir a encontrarte con la historia, con lo que te cuentan, e ir trazando el viaje del documental a partir de allí, sin algo muy planificado o estructurado. Por el momento en que yo cogí esta idea y por los medios que tenía… elegí esto último. La verdad es que no sabía muy bien dónde iba a terminar.

—¿Cómo empezaste a descubrir la historia de Blasco Ibáñez?

—Ojeda me contactó con Stella Maris Folguerá, con Liliana Terraes, con Salvador González Nadal… descendientes de los colonos que viajaron con Blasco Ibáñez. Y luego me contacté con estudiosos en historia y conocedores de la travesía. Me fui enterando con lo que estas personas me narraban. Regresé a España con ese material, me junté con Lucio, y empezamos a atar cabos. Entonces nos acercamos con el proyecto a la casa museo Blasco Ibáñez de Valencia de la Fundación de Estudios que lleva el nombre del escritor. Allí nos abrieron las puertas y nos proporcionaron fotos, cartas y contactos para entrevistas, para conocer la historia de este lado.

—¿Qué es lo que más te impresionó de su historia? 

—Por un lado, como te decía, tomar consciencia (que no es lo mismo que saber) de cómo la emigración estuvo presente a lo largo de la historia de la humanidad. Y cómo nuestra noción de la historia se limita a lo que vivimos y a algunas anécdotas sociales y políticas que leemos, y nos hacen leer, en los libros. Pero perdemos la noción de que nuestros pueblos solo 100 años atrás eran muy diferentes, tenían otras necesidades: de España salía gente como podía para paliar el hambre, por ejemplo. Hoy desde este país se ve la inmigración como un problema. La memoria colectiva es frágil y corta. Por otra parte, me impactó tomar consciencia de la forma de emigrar: eso era irte para no volver. Esa posibilidad del no retorno hoy no existe, al menos para una parte de los migrantes, pues es cierto que otra cantidad ingente de personas emigran en condiciones terribles, pierden sus vidas en el camino y, si llegan, puede que ya no regresen. Esta emigración sigue existiendo, la vemos en los cuerpos flotando en el mediterráneo o en el desierto de Texas. Pero en el caso de países latinoamericanos, al menos, a diferencia de hace 50 años, hoy hay formas de comunicarte con los tuyos mucho más fluidas. En mi caso, he vuelto a Argentina un montón de veces y estoy en contacto con mi familia, con mi gente, por muchos canales. Todo esto no quita que el desarraigo sea un proceso doloroso, pero te alivia.

—La idea del no retorno de aquellas familias te impresionó…

—Claro, me impactó tomar consciencia de cómo se iban, cogían un barco, tardaban un mes y pico en llegar en circunstancias tremendas y no volvían. Era una despedida rotunda, una especie de muerte de una parte de tu vida. Muchas se rompieron y no volvieron a saber unas personas de las otras. No era “vamos a ir de turismo” o “si no nos va bien, nos tomamos el avión de vuelta”. Marchaban a una tierra totalmente inhóspita, a arrancar un mundo de nuevo, en unas condiciones muy desfavorables en medio de la nada. Eso me hizo reflexionar mucho también sobre lo frágiles que nos volvemos en la medida que tenemos mayor bienestar económico y material para hacer nuestra vida.

—Y de los testimonios de Corrientes, ¿qué te llamó la atención?

—Además de las historias familiares de desarraigo, me sentí identificado con la figura del emigrante que se reconvierte. La persona recién llegada debe buscarse la vida como puede, y en eso echa mano de lo que sabe pero también de lo que puede, le dejan, se atreve, se le ocurre, le ofrecen… Y en ese camino te caés y te levantás, y vas reinventándote, vas construyendo tu vida de nuevo. Esto está bien reflejado en el docu con los colonos que vinieron con Blasco Ibáñez. Por otra parte, me impactó la figura tan polifacética de Blasco Ibáñez: escritor, político, movilizador de masas. Un tipo inquieto que no necesitaba buscar una vida mejor en lo material, y que de pronto rompa con su vida, que sea capaz en esas condiciones de poner un punto y aparte, tener ese valor de decir “bueno, me voy a emprender un sueño”… eso también es algo apasionante. Y también te hace pensar en que emigrar no tiene que ver solo con dejar atrás una situación económica crítica, sino también con cumplir sueños, necesidades emocionales, vivir aventuras…

—La aventura, la inmigración….

—Desde que llegué a España me atrajo el tema de la inmigración desde el punto de vista sociológico y periodístico. Es un fenómeno permanente en nuestra especie, si bien en las últimas décadas se ha potenciado mucho por las posibilidades de movilidad que existen, las comunicaciones, y también por los conflictos bélicos y las tremendas diferencias económicas. Y la idea de que la inmigración, la mezcla cultural, solo genera problemas es algo con lo que no estoy de acuerdo y he sentido la necesidad de cuestionar, de alguna manera, la historia que me contaban los correntinos, la sensación, el sentimiento que me transmitían respecto a lo que sus antepasados habían logrado en esta aventura, demostraba el potencial de la mezcla cultural, ese lado que nunca se cuenta, sobre todo en los países receptores. Es decir: todo lo que genera: los nuevos proyectos, la energía creadora que se da cuando se mezclan creencias y saberes.

—¿Cómo lo ven en España a Blasco Ibáñez? 

—La historia de Blasco Ibáñez en Argentina no es muy conocida, no fue muy explorada tampoco. Tampoco hay mucho sobre él de esta empresa, al menos que yo conozca, salvo los libros escritos por Stella Maris Folguerá y una tesis de una doctora en Historia de Córdoba. En Valencia la mayor parte de las personas, incluso intelectuales con quienes me he cruzado, no tenían idea de que Blasco Ibáñez había estado en Argentina y había pasado cuatro años de su vida allí. Aunque su nombre es muy conocido, porque fue un escritor muy importante y un intelectual de renombre, lo cierto es que la gente conoce poco de su vida. Y el porqué de esto lo abordamos en el documental: es una figura muy polémica y encaja de forma incómoda en todos los bandos ideológicos y políticos. Como republicano y anticlerical, se ganó el rechazo de la derecha. Pero también era un burgués al que le gustaba el dinero y, entre otras cosas, la izquierda tampoco se siente cómoda resaltando su figura. En fin, es un personaje con muchas aristas, que muchas personas en Valencia consideran abandonado.

—Es una figura a veces desconocida y a veces polémica. 

—Es una figura que no la quieren reivindicar del todo. O sea, vas a Valencia y te encontrás con una estatua en algún sitio, una gran avenida, hicieron algo para el centenario de su muerte…  pero luego, le preguntás a la gente y conoce poco de Blasco Ibáñez, en la educación no tengo conocimiento de que se lo trate, y al parecer no hay un interés político en rescatar la figura. No hace mucho tiempo la casa museo que lleva su nombre casi se va a Madrid con todos los recuerdos del autor por la falta de apoyo financiero de parte de las instituciones. Así que, como verás, conseguir financiación para una película de Blasco Ibáñez no es tan sencillo, no es fácil que un canal de televisión local o alguna institución pública se interese por un proyecto de este tipo. 

—¿Qué creés que va a pasar con el documental?  

—Mi intención en parte está cumplida, la del viaje personal: realizar la película, unir dos lugares de mi vida, rescatar estas historias familiares y la del propio autor… Disfruté de este viaje y de quienes me acompañaron, pues tras el entusiasmo me echaron manos muchas personas, de Corrientes y de Valencia. Así que también conocí a muchas personas. Cuando arrancamos, con Lucio dijimos, “bueno, hagámoslo, a ver a dónde nos lleva”. En el trayecto nos presentamos dos veces a una ayuda al audiovisual que da el gobierno valenciano, pero nunca nos la dieron. Tampoco conseguimos apoyo económico en Corrientes ni en Riachuelo, lugares en el que hemos grabado obviamente gran parte del documental y se muestran mucho. Así que todo fue a pulmón y con nuestro bolsillo. Ahora la idea es moverlo en festivales y, claro, estar abiertos a posibles colaboraciones que se quieran sumar y ventas en canales de TV. Es cierto que elegimos hacer el camino inverso al que suelen hacer quienes quieren rentabilizar una idea: primero asegurarte la financiación y luego rodar. Pero no fue este el caso, por lo que comenté antes: queríamos aprovechar la oportunidad. La promoción y distribución es una tarea complicada. En el canal local valenciano sería clave esta pieza, al igual que en Corrientes, pero aún no hemos tenido respuestas. La selección en el festival de Palma es importante porque me dio pie para difundir la existencia del documental y para que varios medios se hiciesen eco de esta historia. 

—¿Cómo vivís esa situación de inmigrante y cómo ves a Corrientes desde allí? 

—Haciendo un paralelismo con el documental, recuerdo que una de las entrevistadas decía que con el tiempo sus abuelos se hicieron al lugar nuevo, echaron raíces y, al final, te reconviertes y tu identidad se nutre de una mixtura de lo que habías llegado a ser antes del viaje, con lo que vas adquiriendo en el nuevo entorno y con tu nueva gente. Me pasó lo mismo. Por otra parte, aunque casi la mitad de mis años los viví en Valencia, no me atrevería a decirte que dejé atrás la condición de inmigrante: es como si uno siempre viviera entre dos aguas. Lo cual no es malo si te lo tomás con filosofía, pues te aporta una mirada mucho más flexible de la vida, la cultura, los estereotipos, las creencias… Pero emigrar cuesta, creo que es una decisión muy difícil, por eso miro el fenómeno de las migraciones con mucho respeto. Creo que se habla de una manera muy fácil de lo que implica para quienes lo hacen. 

—¿Si te digo Corrientes, cuáles son esas imágenes o palabras que la definen?

—Cuando me hablan de Corrientes, me vienen el río y los afectos. Eso es lo primero que me viene a la cabeza. Lo primero, porque tuve un contacto muy fuerte con el río desde muy chico, un contacto mágico, siempre me transmitió sentimientos de aventura pero también de paz. Lo segundo es obvio, el hogar en el que creciste, la familia de la que te despides y ves envejecer a la distancia. Por otra parte, me viene la naturaleza, esa forma de vivir más en contacto con la tierra, lo natural, pero también lo espontáneo. Es decir, la posibilidad de resolver las cosas como puedas y con lo que tengas en el momento, me refiero a cosas materiales cotidianas pero también a una forma de relacionarte con la gente. Aquí eso se ha perdido, todo es tan accesible e inmediato que nos hemos vuelto intolerantes, tanto en lo material como en los tiempos de vivir y de relacionarnos. Así que también me viene la imagen del tiempo, de cómo se vive el tiempo, de la lentitud con la que se vive. Es algo que cuando yo estaba allí lo criticaba y estando aquí los reivindico: Corrientes me transmite el sentido de la pausa.

Luego están otras cosas que me quedan y que no son tan románticas: la imagen de la desigualdad, de la tremenda pobreza que hay solo a dos calles de donde viven mis padres, una pobreza que parece eterna, una sociedad anclada en una época cuasi feudal, con nombres que se repiten permanentemente en la política como si fuera una calesita permanente. Sobre todo esa pobreza que nunca comienza a irse, como algo que forma parte del paisaje.

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