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El yin y el yang de un año sin par

Por El Litoral

Domingo, 27 de junio de 2021 a las 01:03

Por Emilio Zola

Especial Para El Litoral

A dos meses de la hora señalada para el pronunciamiento democrático que ungirá autoridades provinciales y municipales, el cuadrilátero político de Corrientes se explica desde el oxímoron: certeza e intriga comparten las marquesinas en la previa de un match electoral que hace del contraste su ingrediente más almiscarado, en razón de las notables diferencias entre los frentes en pugna.

La reciente convención radical entregó elementos de análisis para comprender este minué de viceversas en que se ha transformado la que ya es, sin lugar a dudas, la campaña electoral más atípica de la historia provincial. Y no solo por las restricciones pandémicas (que por supuesto alteran las condiciones generales para las actividades proselitistas), sino como consecuencia del ritmo desparejo de las alianzas mayoritarias, que parecieran desenvolverse en dimensiones paralelas, como si nunca fueran a encontrarse.

Sin embargo, tal como reza un famoso axioma de la física, no existen las rectas paralelas. Es decir que en algún punto de sus respectivas trayectorias, aunque avancen a distinta velocidad y en apariencias muy lejos una de otra, las líneas trazadas por el oficialista Encuentro por Corrientes y el opositor Frente de Todos tendrán que cruzarse para someterse al veredicto de la gente.

Veamos esas diferencias, jamás tan abisales, en un 2021 más impar que nunca. En el bastión oficialista la estrategia de limar diferencias internas para cimentar el consenso que convalidó al gobernador Gustavo Valdés como candidato natural se activó desde los inicios del actual período, con la consigna básica de preservar códigos de convivencia societaria aprehendidos por todos los miembros de la alianza ECO después del cisma de 2005.

Aquella guerra fratricida entre colombroños partió en tres la torta electoral de 2009 y aumentó las chances del peronismo. La consecuencia más gravosa para la flota radical fue la sorpresiva victoria conquistada por Camau Espínola, quien se convertía en intendente de la capital y amenazaba con transformarse en cabeza de playa para una embestida que iría por el premio mayor en los siguientes turnos electorales.

Los aciertos estratégicos del oficialismo provincial impidieron al medallista coronar en 2013 y en 2017. En ECO habían asimilado errores propios y blindaron sus líneas defensivas con un esquema de coincidencias que se perfeccionó al punto de que Henry Fick, presidente de la Convención Provincial de la UCR, condujo el que quizás haya sido el cónclave político más apacible de los últimos lustros.

Los que alguna vez se frotaron las manos esperando una fractura expuesta en el tronco radical se toparon con una realidad opuesta a sus especulaciones. La arenga de Ricardo Colombi a través de la teleconferencia del miércoles, con frases como “les pido el máximo esfuerzo a todos para seguir siendo gobierno bajo la conducción de Gustavo Valdés”, selló el espíritu acuerdista de la nave nodriza de ECO.

Al gobernador no le restó más que recoger el apoyo monolítico que los correligionarios más influyentes del partido de Alem habían depositado a sus pies. Investido con la legitimidad que comenzó a cultivar en sus primeros años de mandato, cuando avanzó en la construcción de su propia base de sustentación sin herir susceptibilidades, el gobernador patentizó la esencia de su evolución política: mejor que romper es heredar.

En el otro frente, en tanto, las cosas no discurren con la misma calidad orgánica. Si en ECO la concertación interna se plasmó sobre la certeza de una figura indiscutida como el actual mandatario, en el Frente de Todos predomina la intriga. ¿Será Camau el candidato a gobernador? ¿Qué será de Pitín Aragón? ¿El aterrizaje de Gustavo Canteros suma o resta? Todas esas preguntas mantienen en ascuas a los militantes del peronismo vernáculo, que ni siquiera logra articular un eslogan para seducir a los votantes.

Valdés, por su parte, transmite un mensaje sin dobleces desde su nueva marca “Vamos Corrientes”, apoyada en una gestión que en el último año y medio tuvo que lidiar con el covid-19. Allí aparece la tranquilidad comunitaria infundida por el hospital de Campaña: cada correntino sabe que, aun cuando la peste acecha, un batallón de héroes con bata blanca defenderá sus vidas con la impronta grecorromana de Zenón de Citio, fundador del estoicismo.

Para que se entienda: cada médico y cada enfermero especializado en la lucha anticovid enfrentó mil veces a la muerte como Leónidas en las Termópilas. Pero a la épica del rey espartano supieron incorporarle el estoicismo filosófico que hace 2.300 años enseña a la humanidad a mentalizarse para sobrevivir al caos. Sólo así se entiende la persistencia con que el escuadrón sanitario del Campaña gana batallas imposibles en la unidad de cuidados intensivos.

Volvamos al asunto electoral. Queda claro que la cruzada contra el protozoo venido de Wuhan funge cual piedra angular de un palmarés que, sin estridencias, se exhibe como el resultado de una administración convalidada ampliamente en las encuestas. Suficiente para ganar pensaría más de uno, pero Valdés analiza desde la lógica del que es consciente de su ventaja, evalúa la psicología de un rival que, en teoría, no tiene nada para perder, y entonces exhorta: “A no dormirse en los laureles”.

Tiene razón, pero del otro lado parecieran empeñados en hacerle las cosas demasiado fáciles. Sin candidato formalizado y con una incorporación indigerible para no pocos históricos del peronismo capitalino, en el Frente de Todos han inscripto como un logro clave la borocotización de Gustavo Canteros, el vice en ejercicio que al asumir abiertamente su condición de candidato antagonista deviene en opositor a sí mismo.

Para colmo, su llegada elimina la posibilidad que los estrategas más refinados del PJ acariciaban como un ardid para jugar con más hándicap en capital: enviar a Pitín Aragón a una derrota segura como candidato a gobernador y reservar a Camau para la Intendencia, en la convicción de que su imagen rendiría más a nivel distrital que provincial. Con Canteros entremetido en el rompecabezas, esa idea se anula.

El interventor del Partido Justicialista, Juanchi Zabaleta, aplica la teoría bonaerense de sumar en lo heterogéneo, aunque la mezcla no cuaje, con el mismo criterio que en su momento entronizó a Daniel Scioli, lo que provocó el desencanto y la posterior partida de Florencio Randazzo, Daniel Urtubey y Sergio Massa. Desde su escritorio de Hurlingham, sin conocer ese paño de vanidades superpuestas que viene a ser el PJ en Corrientes, ficha a una individualidad cuyo valor intrínseco dependía del aparato ECO. Es como sacar a J. J. López de River para, en la postrimería de su carrera, implantarlo en Boca.

La Bombonera nunca aceptó al histórico goleador que se pasó de bando en 1983. El pobre J. J. pasó sin pena ni gloria y hubo de marcharse deplorado por la 12 con la misma gastroenteritis que la llegada de Canteros les causó a los acólitos de varios referentes aptos para competir con Eduardo Tassano: el silente Fabián Ríos, el combativo Agustín Payes y esa promesa joven llamada Germán Braillard, cuyas posibilidades se diluyeron en un abrir y cerrar de ojos.

La certeza y la intriga son el yin y el yang de esta campaña. Certeza de que Valdés lleva las de ganar. E intriga sobre cómo puede resultar un experimento opositor que conducirá al justicialismo a una situación paradojal: con todas sus tradiciones enraizadas en la liturgia participativa de las unidades básicas en tanto herramientas forjadoras de cuadros políticos de raza, llegará al 29 de agosto representado por dos candidatos sin kilometraje militante, productos de la cultura advenedicista.

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