Por Adalberto Balduino
Especial para El Litoral
Tal vez soy muy exigente, pero también lo soy conmigo mismo. Celebro la buena dicción, el tono, la interpretación de un texto, que se entienda y sintonice lo que se quiere decir, acentuar, situar con este hermoso idioma transfiriendo el clima que cada palabra desvela, pintando el ámbito que hemos elegido como paisaje.
Como gente de radio, donde la voz es primera, opino y destaco la labor de un gran profesional que tuvo todo de su parte: una voz inmejorable, inteligencia capaz de abordar temas cualesquiera fueran, simpatía y seriedad en sus parlamentos. Antonio Carrizo, un hombre de provincia, más bien de General Villegas, Buenos Aires, con tan solo sexto grado primario y con todas las ganas de que su voz, que animaba las viejas publicidades de autoparlantes callejeros para Mejoral, algún día sea pronunciada en una emisora de radio.
Cuando las ganas sobran y la vocación empuja a mejorarnos, la suerte no se hace esperar. Los propios directivos del popular analgésico lo contrataron para arribar a Buenos Aires, capital, donde fija su merecida evolución. Vio que la lectura era imprescindible para aquilatar cultura, se entregó a ella y llegó a constituir la biblioteca privada más importante del país, siendo uno de los biógrafos más importantes de Jorge Luis Borges. En 1941 accede a LR1 Radio El Mundo, alternando con voces populares y prestigiosas de la radiofonía argentina: “Cacho” Fontana, Agustín Viloria, Jaime Font Sarabia, Lucía Marcó, Rafael Díaz Gallardo, Jorge Paz, etc. Por Radio Rivadavia, Antonio Carrizo impuso por méritos propios el ciclo de “La vida y el canto”, como así en la Radio 2x4 el programa “Tangos y libros”. También la televisión argentina lo tuvo como conductor en “Polémica en el fútbol”, “Sábados continuados”, “Los grandes”, “La primera de la noche”, “Juntos”, “Semanario insólito”, y hasta “El contra”, con Juan Carlos Calabró.
Lo que se debe rescatar de Carrizo es su amor por la radio, su pasión por Boca Juniors, ya diciendo un texto, formalizando una charla amena muy parecida a esas de los cafés, y aprender de él toda su sapiencia, vehemencia, la perfecta formulación de las palabras, con un sonido cortante que rápidamente se ganaba la adhesión de todos. Si bien su tono se imponía por fuerte y rico en expresión, era increíblemente cálido y envolvía con su verborragia riquísima. Permitiendo así el aprendizaje de la conversación, con la enunciación de reflexiones plenas y enriqueciendo el conocimiento, para que así podamos amarlas como símbolo que identifica a un pueblo y su cultura. Un gran difusor de la inmensidad de la palabra, su trato y manejo. Gran conocimiento musical y sus protagonistas, melómano por excelencia. Buena presencia física, gran altura, partiendo de lo popular hacia lo profundo, era voz cantante que no se amilanaba, por el contrario, crecía llegando a la esencia misma de las comunicaciones, su cometido, la comprensión y el entendimiento.
En materia de voces, gracejo que el idioma original se permite, un formidable comunicador ha sido el español Jesús Quintero, nacido en San Juan del Puerto, Huelva. Una carrera dilatada formalizada por sus grandes logros, específicamente cuando se remite a una vía insoslayable con el oyente, en que su amplitud tocaba las sensaciones que hacen al yo personal, a lo íntimo, donde yacen todos los sueños y sentimientos.
Jesús Quintero hizo todo el recorrido que el mettier en sus orígenes persigue: periodista, director de radio y televisión, conductor y presentador, también representante artístico de Paco de Lucía y Soledad Bravo, ya sea en cualesquiera que le permitiesen hacer todo lo que siempre había soñado: “Vine para crear cosas, sugerir cosas y hacer feliz a la gente”. La suma de ellos da un curriculum envidiable de construcción de programas: “Qué sabe nadie”, “Trece noches en Canal sur”, “La boca del lobo”, “Cuerda de presos”, “Vagamundo”, “El hombre de la roulot”, etc.
Pero, sin embargo, sus grandes logros primeros le permitieron acceder al mundo de las comunicaciones, que si bien lo que vino después ha sido inmejorable para Jesús Quintero, lo primero es lo primero, como un sello definitorio. “El loco de la Colina” y el “Perro verde”, donde se permitía todo tipo de licencia, llegando siempre muy debajo de la piel, en carne propia y a toda humanidad. Él remarcaba permanentemente que lo que más pretendía era que su voz “llegara a la fila de los solitarios —los desobedientes— los perdedores, los rebeldes”.
El idioma utilizado, el tono, tenía que ser más bien de coloratura: “Original, bella y viva, comprometida en el hombre, la naturaleza y la vida, basada en la calidad de sonido y de la palabra, en la cuidada selección de temas musicales y textos, dichos por las mejores voces de la comunicación española”. Señalaba una búsqueda de calidad basada en el conocimiento, en la calidez de las personas, en los otros temas menos triviales, sino más comprometidos, el que toma carta y los asume desde la mirada humana hasta la conciencia de quienes lo captan, coincidan o no.
“El loco de la colina” llegó a ser tan importante en su carrera que se permitió el lujo de transmitirse en directo, amén de España, también para el Uruguay y Argentina, porque rompía con todo lo escuchado hasta esos días en un mundo convulsionado atravesando los 70, metamorfosis que también instalaba nuevos logros, caminos experimentales tecnológicos que iban a sostener medios audaces, que le permitirían a la palabra una voz en fusión para mejor.
Sostenía Jesús Quintero cuando referenciaba esos cambios que a él le tocó protagonizar por su incansable carácter de inconformista: “La fama aburre, la gloria pesa, el poder corrompe, el dinero esclaviza y perturba, el amor se muere, la pasión se acaba y termina en los juzgados. Los sueños, si algún día se alcanzan, decepcionan. La historia de una vida cualquiera que sea es la historia de un fracaso”. Los dos fueron adelantados en su oficio, Antonio Carrizo, el de General Villegas de Argentina, exaltando nuestra cultura pero reafirmando en el decir las convicciones del hombre de calle, como admirando la poética de Jorge Luis Borges, ejerciendo para ello siempre un nivel superlativo para comprender mejor el quehacer y los libros.
Jesús Quintero, sin embargo, siempre abalanzándose desde el desborde mismo para ir en busca de ese loco que todos tenemos, para cavilar mejor el segmento diario, pero sin temerle a lo oscuro o brillante que hay dentro de cada uno.
Antonio Carrizo, Jesús Quintero, para escucharlos toda la vida. “Voces que llegaron lejos”, pero ellos solo cumplían el rito breve y aquí, muy cerquita, en la profundidad misma de la vida, en la conciencia de cada uno. Muy pocos son capaces de semejante viaje, porque siempre nos devuelve palabras, solo palabras, que para los oyentes “adictos” eso es oro. Porque reflexionar es vernos, tal cual, y la verdad no siempre es grata. Fueron grandes, en serio.