Por Emilio Zola
Especial
Para El Litoral
Corrientes recibía a la gente con la cárcel. Descender del puente por la curva del viaducto para tomar costanera o Tres de Abril, no dejaba alternativa: de uno u otro modo el turista se daba de bruces con esa Bastilla vernácula donde penaban centenares de condenados. Una primera impresión agridulce. De contraste entre la belleza natural del entorno y el lóbrego simbolismo de un antro de presidiarios.
Todo esto ocurría, además, en las inmediaciones del solar donde alguna vez el madero incombustible sobrevivió a la pira de una rebelión indígena, enclave estratégico de la colonización española elegido por Juan de Vera a partir de su privilegiada ubicación geográfica, bañada por el portentoso Paraná.
¿Por qué la cárcel allí, en un perímetro con tanta historia? A fines del siglo XIX, cuando las autoridades decidieron construir la ahora erradicada Unidad N° 1 en las márgenes del poniente, nadie pensaba que la ciudad se desarrollaría en dirección a la periferia que alguna vez fue la “cueva de negros”. El Cambá Cuá, hoy coqueto barrio céntrico, era sinónimo de lejanía y desdén. Por ende, es probable que a fin de profundizar el antiguo concepto de castigo terrenal, las mazmorras se erigieran sobre aquella tierra de nadie.
Pero la porfía correntina decidió mirar al río y hacia él extendió sus calles, sus viviendas e incluso sus instalaciones públicas como la antigua usina. En 1951 se estrenó la costanera y allá por 1973 el puente General Belgrano se convirtió en una hermosa realidad que posicionaba a la región en el epicentro de lo que luego dimos en llamar corredor bioceánico.
La mole de cemento que conectaba al norte de la Mesopotamia con el resto del país se convirtió en la más característica puerta de entrada al Taragüí. A pesar de la cárcel, que siguió estando allí.
Tuvo que transcurrir medio siglo para que alguien tomara la decisión política de liberar a Corrientes de aquella paradoja. La histórica Unidad Penal Nº 1, edificio cuyo estilo medieval adquirió el estatus de ícono de la ciudad, será transformado en un polo de desarrollo estratégico que conjugará la cultura, la innovación, el turismo, la gastronomía y el comercio.
Da la sensación de que el proceso fue como chasquear los dedos. Un día se construyó un nuevo penal en San Cayetano, al otro día se trasladaron los internos y ahora viene la refuncionalización de la vieja penitenciaría. Parece de cajón, pero no lo es. Para que una transformación de tamaña magnitud se plasmara en la realidad se necesitó de una mirada de largo plazo, un compromiso asumido con una década de anticipación y el cumplimiento consecuente de cada paso hacia una meta que el escepticismo tachaba de quimérica.
Gustavo Valdés es el gobernador que cumplió con estas etapas en toda su extensión, desde el momento germinal de la idea hasta la ocupación literal de la ex prisión, que ahora va camino a convertirse en un núcleo de esparcimiento y solaz. Un gran comienzo fue la fiesta multicultural de hace pocas horas, éxito de convocatoria que —si los había— exorcizó fantasmas y cambió el significado de la palabra “unidad”.
Lo que antes era una repartición coercitiva ahora es un espacio de encuentro, de unidad entre las personas.
Cinco años de gestión (el jefe del Ejecutivo cumplió ayer sábado, el primer año de su segundo mandato) no alcanzan para hacerlo todo. Valdés dio el puntapié inicial de este proyecto mucho antes de llegar al sillón de Ferré. Fue a principios de la década pasada, cuando era ministro de Gobierno y tuvo bajo su responsabilidad directa el sistema carcelario de la provincia.
Decía Foucault que el saber no implica ver ni tampoco demostrar. Para el más famoso filósofo francés del siglo XX, el saber consiste en interpretar, pues quien interpreta a su entorno actúa en consecuencia. Podría decirse que el gobernador siguió a pies juntillas esa máxima hasta transformarse en un intérprete de los afanes populares.
¿Qué quería la gente cada vez que pasaba por la vieja Unidad Nº 1? ¿Transitaba por sus alrededores con indiferencia o musitaba mentalmente qué lindo sería reconvertir este lugar? Sin dudas que lo segundo.
El problema es que de tanto soñar sin materializar el sueño afloran sentimientos anquilosantes que van de la decepción a la resignación.
Con el correr de las décadas, los transeúntes se acostumbraron a convivir con los muros, a saludar a los centinelas que oteaban desde las casamatas. Se naturalizó el temor subyacente como una hipótesis posible: el peligro de una fuga en pleno centro (varias veces consumado en los hechos) fue un componente más en la columna del debe.
Y así pasaron los años, mientras el entonces ministro Valdés trazaba en silencio sus planes. Para lograrlo, la perseverancia fue clave. Años antes la administración Colombi había dado un primer paso con la mudanza de la alcaidía de Jefatura a San Cayetano. Había que seguir ese norte por una razón de infraestructura, servicios y accesibilidad.
La nueva penitenciaría de condenados comenzó a construirse a pesar de las críticas. Había quienes corrían al gobernador por derecha con el argumento de que “para qué gastar en calabozos nuevos” si al final de cuentas los reos no son más que escoria social merecedora de todos los pesares. Y también había quienes atacaban por izquierda, con la cantinela del hacinamiento, las condiciones infrahumanas, etcétera.
Como Messi haciendo el Topo Gigio ante Van Gaal, las admoniciones fueron acalladas con los hechos. Los presos fueron trasladados a una cárcel de última generación, con la dignidad que toda persona humana merece por mandato constitucional, pero en condiciones de seguridad perimetral cercanas a la infalibilidad.
Corrientes cambia para bien porque cumple con los tratados internacionales en materia de política carcelaria a la vez que recupera patrimonio histórico que lleva en su seno el panóptico que antiguamente se utilizaba para infundir a los privados de libertad la percepción de una vigilancia eterna, constante, infinita.
El propio Foucault utilizó el ejemplo del panóptico para cuestionar los modelos autoritarios de la era contemporánea. En su obra “Vigilar y castigar” instauró el término “panoptismo” para definir a los gobiernos totalitarios que satisfacían necesidades desde la dominación, a través de mecanismos que, aun bajo la forma democrática, conservaban bacilos autocráticos.
El cambio que experimentó la provincia es, por ende, tan profundo como se pueda imaginar una revolución pacífica. De adentro hacia afuera, desde el seno de una alianza pluripartidaria que accedió al poder en 2001 pero se las ingenió para autodepurarse hasta reemplazar el antiguo panoptismo por una nueva forma de ejercer el poder que conjuga elementos de los liderazgos carismáticos en equilibrio con el componente esencial para toda legitimidad: el respeto a la Constitución.