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La aleación camaleónica

Por El Litoral

Domingo, 18 de diciembre de 2022 a las 01:00

Por Emilio Zola
Especial
Para El Litoral

El 13 de julio de 2018, en medio de un tembladeral derrotista y sin ostentar currículum, Lionel Scaloni asumía como director técnico interino de la Selección Nacional. Era un momento de vacío, de tragos amargos por la reciente eliminación en Rusia, pero también de urgencias. Se venían desafíos inminentes como el Torneo Internacional Sub 20 de La Alcudia (España), donde el equipo dirigido por el debutante DT sorprendió con un inesperado título de campeón apenas un mes después de la dramática batalla de Kazán, contra aquella Francia epicúrea y arrolladora.
Lo del Sub 20 fue una caricia balsámica para la desahuciada afición criolla, además de un pasaporte hacia la continuidad del pujatense. Sin alardes, el seleccionado comenzó a reconstruirse en amistosos y en una gira por Estados Unidos hasta que llegó la confirmación del presidente de la AFA. 
Claudio “Chiqui” Tapia decidió ratificar a Scaloni para las eliminatorias del Mundial 2022. No sin polémicas, se iniciaba un proceso de recuperación que llegaría a sepultar la etapa más errática del combinado nacional hasta catapultarlo a la final de hoy, en Qatar.
Con el perfil bajo y la paciencia analítica de Scaloni pasaron al olvido los desatinos de Jorge Sampaoli. Del técnico menos carismático que supo tener la albiceleste al más joven y más eficaz compositor de las partituras que las individualidades argentinas necesitaban interpretar para transformarse en equipo. Así llega este momento culminante en el estadio Lusail, con el mejor Messi de todos los tiempos rodeado por una pléyade joven capaz de dejar jirones de vida en el césped, cosa que harán en la revancha contra Francia, desde las 12, con medio mundo alentando a la escuadra sudamericana.
Claro que para llegar hasta aquí, nada menos que a las puertas de un nuevo campeonato mundial del deporte universal, hubo que remarla. De eso se trata este panegírico.
Después de La Alcudia afloró un devenir de crecimiento y renovación. Scaloni adquirió madurez progresiva como técnico a la vez que el equipo nacional inició un paulatino recambio generacional, con una mirada de largo plazo que, por suerte, habría de perdurar pese al viento en contra agitado por los sabelotodos que bajaban el pulgar desde un coliseo de escepticismo. 
¿Cuál fue el antídoto que bebió el novel entrenador al que hasta Maradona castigaba desde Dorados de Sinaloa? Apagó la radio, evitó la controversia y se concentró en el objetivo a pura perseverancia, con cualidades técnicas y humanas que hoy le son ampliamente reconocidas, pero por sobre todo con una infalible fuente de energía que le permitiría llegar hasta lo más alto: la confianza ciega de sus dirigidos.
Terminó de cerrar bocotas cuando Argentina ganó la Copa América en el Maracaná, en 2021. Fue el primer título de la Selección mayor después de 28 años y lo más importante: fue el primer campeonato para Lionel Messi con el combinado nacional, un premio que al mejor futbolista del mundo se le venía negando durante 16 años de sucesivas frustraciones que hasta lo llevaron a renunciar temporalmente a la albiceleste, allá por 2016.
¿Qué truco utilizó Scaloni para descubrir el oro escondido en las profundidades de una Selección anquilosada? ¿Qué conjuro secreto aplicó para que Messi volviera a ser el Messi explosivo que abre un partido en tres segundos? ¿Qué hizo para que, además de potenciar su magia, el 10 rosarino sacara a relucir una faz combativa desconocida, transfigurado en ese capitán justiciero capaz de cantarle las 40 a Van Gaal, al árbitro Lahoz y a la FIFA en un partido endiablado, con 10 minutos añadidos contra natura, al solo efecto de que los naranjas pudieran empatar con dos intervenciones del gigante Weghorst?
El DT argentino mezcló dos sustancias fundamentales para forjar una aleación camaleónica: las habilidades particulares de una calidad de futbolistas que hace tiempo no se dejaba ver en el almácigo nacional y la cohesión que cada uno de los convocados contribuyó a conseguir en el seno de un grupo humano que pudo recuperar la mística hasta edificar una estructura de juego multifacética, desconcertante, inasible.
Esa aleación futbolística que es la Selección Argentina cambia su densidad según las necesidades del momento. De tan plástica puede volverse líquida para inundar el área con imbricados deslizamientos del zurdo más talentoso del planeta, pero al mismo tiempo, de tan sólida puede adquirir la forma de un estilete para abrir directrices desde el medio campo hasta apuñalar el arco rival.
¿Estaría Argentina hoy en la final de Qatar 2022 sin la Scaloneta? Probablemente no, porque una de las claves del éxito alcanzado por Argentina en este ciclo que hoy asciende a su cenit ha sido el perfil del director técnico, cuya condición de ex compañero de Lío Messi le significó una ventaja clave, pues pudo adaptarse rápidamente a la psicología del astro y de los demás jugadores, con lo cual su autoridad emanó del mismo grupo.
¿Qué convenció a Tapia para que se jugara por el de Pujato? El propio presidente de la AFA lo reconoció en su momento, al recordar los pormenores del intento fallido de la Copa América 2019, cuando la escuadra nacional fue eliminada por Brasil y se tuvo que conformar con un tercer puesto que, no obstante, alcanzó para encender una llama de entusiasmo en Messi: por primera vez en mucho tiempo la Pulga se había divertido, la había pasado bien en las concentraciones y se sentía entre amigos.
Hábil para construir poder, pillo para colonizar posiciones en las estructuras palaciegas de una organización que fue por décadas el imperio de un tal Julio Grondona, el “Chiqui” apostó con las tripas y aceptó el veredicto de los jugadores.
 En especial del 10, quien admitió haber disfrutado el clima de los vestuarios y que estaba dispuesto a colaborar con el proyecto. 
Para entonces el recambio de nombres era irreversible. Adiós Mascherano, adiós Marcos Rojo, adiós Biglia, adiós Banega. La vieja guardia era reemplazada por jóvenes con buen pie, desconocidos en la mayoría de los casos. Aparecieron De Paul, Paredes y Montiel, se reconfiguraron Otamendi, Tagliafico y Acuña; y el arco argentino encontró el dueño indiscutido que por tantos años había esperado. Apareció el Dibu Martínez con su “mirá que te como”; esa fe en sí mismo que lo hace valer por dos: el que neutraliza ataques con voladas épicas y el que ataja penales con mirada caníbal.
Antes del Mundial la convocatoria de Scaloni se completó con otros tapados que hoy son estrellas orbitales de la constelación Messi. Juegan para el 10 pero también perpetran sus propias travesuras para que el armador del PSG tome aire a la espera de la próxima estocada. Hablamos de la “Araña” Álvarez, de Enzo Fernández, de Cuti Romero y de Nahuel Molina, pibes que rompieron el concepto encasillado y los roles estáticos de las generaciones anteriores, que se proyectan, pero que también recuperan en toda la cancha, con una garra que Dios me libre.
En esas condiciones excepcionales entra a la historia esta Argentina modelo 2022, conducida por un cuerpo técnico sin lucha de egos, sin intrigas palaciegas y sin internas, en el que se cultiva la prudencia para conjurar pronósticos grandilocuentes o críticas tremendistas, en el que se dialoga a corazón abierto sin impostar actitudes. Estos cuatro mosqueteros que son Scaloni, Aimar, Samuel y el Ratón Ayala influyen en los jugadores desde la experiencia, con la palabra autorizada de lo que son: colegas con miles de horas de vuelo en los clubes más importantes del mundo.
¿Suficiente para que Messi y sus magníficos conquisten la tercera estrella? Suficiente.
 

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