Por Emilio Zola
Especial
Para El Litoral
El silencio es salud, reza el viejo refranero popular en alusión a los charlatanes innecesarios. Los vociferadores de la chismografía pueblerina de ayer se han reciclado en odiadores seriales entremezclados en el universo inmaterial de las redes sociales, donde todo transcurre sin filtros, con los frenos inhibitorios desactivados por la velocidad con que un internauta es capaz de denunciar, injuriar, escrachar y estigmatizar a quien tenga enfrente sin una sola prueba, sólo por el simple hecho de que le cae pesado.
Hay sin embargo otra connotación de la frase. En 1975, en pleno apogeo de la Triple A (la tristemente célebre Alianza Anticomunista Argentina capitaneada por el nefasto José López Rega), el Gobierno nacional instaló en la base del obelisco un cartel giratorio con aquellas palabras. “El silencio es salud”, pronunciaba el tótem identitario de la porteñidad, entre una marea de autos que con sus estruendos mecánicos contradecían el mensaje.
Se dijo oficialmente que la campaña publicitaria apuntaba a que los automovilistas redujeran el uso de las bocinas en las ya por entonces saturadas arterias metropolitanas, pero la verdad inconfesable musitaba otra cosa. En realidad era una advertencia del poder paramilitar lopezreguista a los que por entonces reclamaban un país políticamente libre, sin la violencia que en esos años recrudecía a medida que se abrían las puertas para el desembarco de la más sangrienta dictadura militar.
Queda claro que el silencio tiene un valor y un disvalor. Como todo en la vida, los extremos siempre son malos y la virtud reside en el punto de equilibrio, con lo cual surge sin máculas una ponderación absoluta que podemos resumir en la frase bíblica según la cual “hay un tiempo para hablar y otro para callar”. El secreto es encontrar esos momentos, comprender cuándo es inoportuno abrir la boca y, por el contrario, en qué circunstancia vale la pena gritar a los 4 vientos contra las injusticias del mundo.
Tanta introducción para descender al cuadrilátero de la actualidad política. Porque dados los ejemplos más recientes, se puede cavilar una vez más que el presidente Alberto Fernández habla cuando no debe y calla cuando la gente espera lo contrario. Carece de una cualidad indispensable, le falta ese termómetro social que los estadistas utilizan para medir la temperatura ambiente en situaciones difíciles. Como dijo el periodista Jairo Straccia, Alberto rebota como una pelota de rugby, para cualquier lado. Y en esta columna completamos: el jefe de Estado reacciona según los dictados de sus tripas, sin asesoramiento y sin preparación.
Cuando el país demandaba un pronunciamiento público urgente, en medio de la renuncia del exministro de Economía Martín Guzmán, el jefe de Estado se alejó de los micrófonos y dejó que el mercado hiciera de las suyas con una estampida del dólar que pudo haberse evitado desde la política. Y cuando el país espera que la Justicia se pronuncie sobre una de las causas de corrupción más icónicas de la historia, el que hace de las suyas es Alberto, al entrometerse con un discurso prescindible, imprudente, institucionalmente hereje por cuanto lesiona el principio constitucional de división de poderes.
“Nisman se suicidó y espero que el fiscal Luciani no haga lo mismo”. Esa oración simplona y descarada, dicha sin meditación previa, sin evaluar sus implicaciones, desnuda la psicología del hombre que –pese al debilitamiento de su autoridad- sigue gobernando la Argentina. Dar por sentado que el fiscal que investigó el atentado a la Amia se quitó la vida sin admitir las líneas investigativas que contemplan otras hipótesis (la muerte inducida por ejemplo), denota una irresponsabilidad supina, propia de un improvisado.
¿Improvisación? ¿O algo más grave? Para muchos las expresiones del Presidente representan una amenaza velada. Decir “espero que Luciani no haga lo mismo” admite la posibilidad de que “a Luciani podría pasarle lo mismo”. La diferencia es muy sutil y deja habilitada la especulación sobre el tiro por elevación que habría ensayado el Presidente a partir de una realidad incontrastable: hasta el día de hoy nadie sabe si Nisman se suicidó, si fue inducido al suicidio o si fue asesinado.
Ergo, predestinar por analogía al actual acusador de Cristina al mismo cadalso que atravesó su colega muerto, convierte la desafortunada frase presidencial en una provocación que sedimenta en el imaginario colectivo cual premonición mafiosa. Tontamente mafiosa, puesto que quien la profiere lo hace a viva voz, por TV, sin advertir que el máximo encargado de velar por la integridad física no sólo del fiscal sino de todos los argentinos es él mismo, con lo cual su interjección “espero que…” deja en evidencia la inoperancia propia.
¿Qué ganó Alberto Fernández al presentarse en los estudios de TN para ser preguntado sobre la situación judicial de la vicepresidenta? ¿Para qué fue? Las teorías más benévolas indican que fue para cerrar filas con su compañera de fórmula, que además es la indiscutible líder del espacio partidario que lo condujo a la Casa Rosada. La oposición pragmatiza al atribuirle intenciones extorsivas a su incursión mediática. Pero puede que la motivación sea más simple. Puede que la asistencia del Presidente al canal TN se explique en su psiquis, dada su pérdida de gravitación en el concierto político y su necesidad de ser protagonista.
Desde el portazo de Guzmán que el jefe del Ejecutivo Nacional no hablaba. Y decidió volver al ruedo en un nuevo intento de congraciarse con su mentora. Se dice que con sus expresiones pensaba contribuir al clima de unidad que afloró en el peronismo a partir de la pena de 12 años que el ministerio público solicitó para CFK por su participación en el latrocinio de las obras viales. Pero la idea no funcionó.
Y no solamente porque tensó las relaciones con el Poder Judicial, sino porque echó a rodar una idea contradictoria con respecto al indulto, instituto que habilita al titular del Poder Ejecutivo a perdonar los delitos cometidos por personas condenadas. En su momento aplicado por Carlos Menem en beneficio de los jerarcas de los años de plomo, el indulto comenzó a manejarse como alternativa de salida para lo que, desde afuera del expediente, se percibe como un trance penalmente complicado para la actual titular del Senado.
Dijo Alberto que el indulto es una rémora de la monarquía, razón por la cual se podría pensar que no piensa aplicarlo. Pero también dijo que actualmente la Corte se comporta como una monarquía, disquisición según la cual podría colegirse que, al final del peregrinaje tribunalicio cristinista, lo aplicará de todos modos.
Sin embargo, cualquier persona que se considere inocente de las acusaciones que recibe en una investigación judicial tan resonante como la que enfrenta la vicepresidenta no aceptaría la idea de ser “perdonado”. Hacerse merecedora de la expiación presidencial equivale a reconocer la culpabilidad, el dolo y la voluntad de delinquir que el tribunal de segunda instancia evalúa en el transcurso del debate oral.
Cristina Fernández de Kirchner está lejos de admitir su responsabilidad en los hechos, con lo cual las manifestaciones del Presidente no son otra cosa que un desatino estratégico. Tanto que al día siguiente de sus declaraciones tuvo que salir a explicarse a sí mismo, en una exégesis diferida de sus propios jeroglíficos verbales esbozada para caer en otra tipificación de la jerga rioplatense que pontifica “no aclares, que oscurece”.
Por lo visto, el silencio como un valor enriquecedor del pensamiento no estuvo en el abanico de opciones para el presidente Alberto Fernández, a quien le hubiera venido bien repasar lo que otro jefe de Estado recomendó alguna vez, al calor de encendidas discusiones sobre la abolición de la esclavitud en Estados Unidos. Dijo Abraham Lincoln: “Más vale permanecer callado y que sospechen de tu necedad, que hablar y quitarles toda duda sobre ello”.