¿Quieres recibir notificaciones de alertas?

PUBLICIDAD

La bruja del barrio Cambá Cuá

Domingo, 24 de diciembre de 2023 a las 01:00

Por Enrique Eduardo Galiana
Moglia Ediciones
Del libro “Aparecidos, tesoros y leyendas”

Francisca Sánchez fue la séptima hija mujer dentro de la familia muy religiosa cristiana, su destino estaba marcado de antemano, bruja. 
Se decía que cuando ello ocurría la comadrona o partera se encargaba de matar al bebé, Francisca se resistió tanto a que le quitaran el aire como al descuido, que cuando creían haber terminado con ella sacaba fuerzas poderosas y chillaba de nuevo, ocurrió dos veces, la madre no resistió más, comenzó a gritar, el padre condolido se aferró a su hija y dispuso así que viviera. 
Inmediatamente se dirigió a la iglesia la Merced de los Milagros para bautizarla, el sacerdote entre azorado y asustado no entendía cómo habían permitido una séptima hija, si, dije bien, séptima hija, era seguro su destino como bruja. 
De niña se caracterizó por tener cualidades especiales, hablaba con las plantas y éstas florecían, los diversos pájaros de la zona se posaban sobre sus manos sin ningún temor, entre la naturaleza, los montes cercanos y el río Paraná no muy lejano se fue haciendo muchacha, en esa época era raro que una mujer fuera educada, estaba sentenciada a ser madre, atender a su marido, criar sus hijos y un día cualquiera morirse de tanta felicidad. 
Pues Francisca rompió el molde, sin más ayuda que la de un sacerdote franciscano que se encariñó con la niña, debido a su investigación sobre la brujería en Corrientes sin darse cuenta la dotó del peligroso instrumento de la lectura, cuando se dio cuenta, la niña era una señorita de buen porte y semblante, lo ayudaba en las investigaciones que realizaba en la iglesia la Merced, sin razón plausible alguna Francisca conocía todos los yuyos y elementos que la naturaleza brindaba a la medicina de la época, superando inclusive el conocimiento científico. Un ejemplo de ello es cuando elegía un hongo y otras hierbas para curar las infecciones. 
El sacerdote fue llamado al orden por sus superiores, atendiendo a las denuncias, comentarios y chismes que corrían en la aldea en pleno siglo XIX, ante lo milagroso, según creían, de las curaciones que realizaba la Francisca. 
La muchacha era mirada con buenos y malos ojos, como ocurre en los ambientes de ignorancia y oscurantismo, muy especialmente con malos por los presuntos médicos que vivían en la zona de oscuros y discutibles títulos de procedencia extranjera. 
Eso sí, debemos aclarar, no aceptaba el convite del sexo opuesto, cantaba una estrofilla que se la inventó: Soltera nací, así he de morí. 
Allá en su barrio Cambá Cuá se relacionó con los esclavos de los conventos, que le tenían adoración, mas enseñaban los secretos que trajeron en sus alforjas los antepasados, desde las tierras lejanas de su cautiverio. 
El sacerdote franciscano envejeció como es natural, en sus últimos días invitó a Francisca, la Pancha, a hablar con él sobre puntos específicos que él no comprendía, su protegida rondaba ya los treinta años y muchas veces tuvo que interceder para que no la castigaran o quemaran si fuera ello posible. 
-Pancha, llamó el sacerdote, -qué haces cuando vas al fondo de la iglesia, o cuando vas al cementerio de la Cruz, al de la Merced o al de la Matriz. La Pancha respondió: -No se va enojar padrecito querido, ¿no? Le cuento bajo secreto de confesión, júreme que no me delatará ni, aunque lo torturen. El clérigo la miró extrañado, pero pudo más la curiosidad, juró por la santa cruz y los santos que hay a millares. –Bueno, agregó Pancha, -yo hablo con los muertos, les pregunto muchas cosas, ellos me enseñan y me aconsejan, saben todo padrecito, solo tengo que sentarme cerca de una tumba y tengo mucha información, algunos hasta andan entre nosotros, pero son de otros tiempos, tan lejanos como la colonia de allí extraigo algunos conocimientos como el manejo de yuyos, o curar en secreto la mordedura de víboras, reconocer a los espíritus malignos que se apoderan de los cuerpos de la gente viva para hacer el mal. 
Continuó diciendo: Me dijeron que soy nigromante, que es el que tiene la facultad de hablar con las ánimas.
El franciscano casi cae desmayado, sin embargo él por sus lecturas sabía perfectamente que algunas personas tienen esa capacidad, así que le expresó: -no le digas a nadie por favor, te colgarán en la plaza mayor. Ella respondió:  -he hecho muchos favores, algunos mandaron decir sus parientes vivos donde dejaron una joya, o que remedio tomar para ciertas enfermedades, otros a pedir perdón por los males que ocasionaron, algunos me confesaron crímenes no resueltos y sigue la lista padrecito.
Con la muerte del franciscano en santidad, sus pares creyeron que no verían más a Pancha por el lugar, se equivocaron de cabo a rabo, la muchacha con varios años a cuestas concurría todos los días viernes y se sentaba frente a la tumba de quien en vida fuera su amigo, más que amigo su padre y se pasaba horas hasta el caer la tarde conversando con él y como en otras ocasiones frente a ella aparecía un espectro color lila, como las violetas, que juran los testigos era el franciscano. Esa conversación con los muertos repetía la imagen, ella sentada y frente a ella un fantasma color lila que luego se diluía dando una voltereta para introducirse en su lugar de sepultura. 
Pancha es recordada por muchos como una bruja buena, consuelo de los desesperados, paño de lágrimas en su duelo, cura de enfermedades que se decían incurables, sus pócimas se adelantaron en mucho a los medicamentos actuales, aprendía de los muertos sus enseñanzas milenarias. 
No había empacho, mal de amores, fuego de San Antonio, ataduras, sortilegios y tantas otras cosas que ella no atendiera. 
Pero su mayor logro y esto nunca se supo, hasta ahora al menos, decía un viejo habitante de la ciudad varias veces centenarias, es que ayudó a los sacerdotes en muchas ocasiones en los exorcismos cuando espíritus malignos se apoderaban de algunas buenas personas. 
En el Cambá Cuá no hay quien no recuerde a doña Pancha, nacida cerca del cementerio clandestino de San Luis y Moreno, donde se le veía rezar y hablar sola, sin saber que estaba con sus amigos los muertos olvidados. 
Nacida para bruja los dioses todos, si existieran, le salvaron la vida para convertirla en ángel, portadora de buenas nuevas. 
No hubo hospital que no requiriera sus servicios, especialmente durante pestes o guerras.
Esa fue Francisca. 

PUBLICIDAD

MÁS LEÍDAS

PUBLICIDAD

Últimas noticias

PUBLICIDAD